Espírito Santo, la apuesta serrana y costera que busca al turista argentino en cuatro horas y media de viaje
Entre Río de Janeiro y Bahía, el estado brasileño combina playas de oleaje moderado, una formación rocosa que cambia de color con la luz del día y una cocina con identidad propia. Desde la Argentina se llega con una conexión corta a Vitória, la capital, o por tierra en unas ocho horas desde Río.

Apoyado sobre una franja costera que mira al océano Atlántico y respaldado por un cordón serrano que se levanta a pocos kilómetros de la línea de marea, Espírito Santo aparece, en el mapa del Sudeste brasileño, como un Estado que se niega a quedar atrapado en la discusión permanente entre los enormes atractivos de Río de Janeiro, al sur, y Bahía, al norte, y que por estos días trabaja con decisión para instalar su nombre en la agenda del turista argentino, que suele decantarse por destinos más masivos y consolidados del litoral vecino.
La presentación oficial del destino recorre una superficie considerable y combina, en pocas decenas de kilómetros, playas de arena oscura y oleaje moderado en la franja litoral que va desde la capital Vitória hasta la vecina Vila Velha, y un paisaje de sierras verdes que sorprende por el contraste térmico respecto de la costa: la temperatura baja de manera perceptible, el aire se vuelve más húmedo y la geografía se vuelve rocosa, con valles angostos en los que se cultivan café, hortalizas, lavandas y se elaboran embutidos, quesos y palmitos de calidad reconocida en buena parte del país.
¿Qué tiene Espírito Santo que lo diferencia del resto del litoral brasileño?
La respuesta pasa por una combinación poco habitual en la región. En el tramo costero, el Estado ofrece playas amplias, sin la densidad de bañistas que caracteriza a buena parte del litoral carioca, y una infraestructura turística que incluye desde posadas familiares hasta resorts con campo de golf y vistas directas al mar. En el interior serrano, en cambio, el eje gira en torno a Pedra Azul, una formación rocosa de unos 1.822 metros de altura ubicada en el municipio de Domingos Martins que, según describen geógrafos y guías locales, modifica su coloración a lo largo del día: verde al amanecer, azul intenso en las horas centrales y tonalidades naranjas y rojizas cuando el sol comienza a descender, un fenómeno óptico que depende de la incidencia de la luz sobre los minerales presentes en la roca y que constituye, para los responsables de la promoción turística, una de las postales más fotografiables del país.
¿Qué se puede hacer en las sierras más allá de la postal de Pedra Azul?
- Recorridos por haciendas cafeteras con degustación y compra directa al productor, en lo que el sector llama agroturismo, una de las actividades más consolidadas de la región.
- Visitas a lavandarios, granjas de producción de embutidos artesanales, queserías familiares y plantaciones de palmito cultivado en altura.
- Paseos por parques estatales, senderos señalizados, cascadas y miradores, en un entorno con temperaturas varios grados por debajo de las que soporta el litoral durante el verano austral.
- Degustación de la gastronomía regional, con la moqueca capixaba como plato central: una preparación a base de pescado fresco, tomates, cebollas y hierbas naturales, cocinada en cazuela de barro y que se distingue de la versión bahiana por no incluir aceite de palma ni leche de coco, lo que, según Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico del Estado, la convierte en "una preparación ligera y saludable", de identidad claramente local.
Desde la Argentina, el acceso más cómodo es por vía aérea. La opción con menos escalas contempla un vuelo desde Buenos Aires hacia Río de Janeiro o hacia San Pablo y, desde allí, una conexión hacia el aeropuerto de Vitória, en una operación que ronda los 45 minutos desde la ciudad carioca y poco más de una hora desde la capital paulista, sin contar los tiempos de espera. Quienes opten por la ruta terrestre desde la ciudad de Río de Janeiro deben calcular unas ocho horas por la carretera costera, un trazado que bordea playas, atraviesa localidades pequeñas y permite, en el camino, una primera aproximación a la gastronomía capixaba antes de pisar suelo espiritosantense.
¿Qué está en juego para Espírito Santo en su intento por seducir al viajero argentino?
Está en juego el reposicionamiento de un Estado que, a pesar de compartir costa con destinos de fama mundial, apenas aparece en la conversación turística de los argentinos, que tienden a elegir San Pablo, Río de Janeiro o Florianópolis, y a dejar en manos del azar o de la recomendación de un allegado el descubrimiento de un destino que combina playas aptas para familias, sierras con clima fresco, una formación rocosa única en el país y una cocina de identidad fuerte, sostenida por productores familiares que año tras año renuevan su apuesta por la visibilidad internacional: si la promoción logra atravesar la barrera de la indiferencia y traducirse en reservas concretas, la temporada que se avecina puede convertirse en el punto de inflexión para una provincia brasileña que, hasta ahora, ha vivido más cerca del Atlántico que del imaginario del turista de la región.
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