A la huella del puma: tres días de rastreo en la estepa nevada que sale desde Perito Moreno
En el corazón de Santa Cruz, una ciudad sobre la ruta 40 se convirtió en punto de partida de safaris de fauna que buscan al felino más grande del sur argentino. Cómo se lee la nieve, qué señales siguen los guías y por qué el invierno patagónico, pese a su crudeza, abre una ventana única para encontrarlo.

Sobre la ruta nacional 40, en el departamento Lago Buenos Aires de la provincia de Santa Cruz, la ciudad de Perito Moreno se transformó en los últimos años en la base de operaciones de un producto turístico singular: las excursiones de varios días dedicadas al rastreo del puma en plena estepa patagónica, en una franja de paisaje que combina mesetas, cañadones, quebradas y campos privados lindantes con el Parque Patagonia Argentina. Lejos de las postales del glaciar homónimo, este turismo de observación se juega en el barro, en el hielo y en la nieve, con madrugones que parten antes del amanecer y binoculares que se apoyan sobre posiciones elevadas mientras los guías locales interpretan un lenguaje de cuatro señales que la estepa ofrece para orientar la búsqueda del felino más grande del sur del continente.
¿Por qué el invierno es la mejor temporada para encontrar al puma?
El invierno santacruceño impone condiciones que cualquier excursionista desprevenido subestima: nieve hasta las rodillas, hielo en el asfalto de la ruta, temperaturas sostenidamente bajo cero y un viento que corta la cara apenas se sale del vehículo. Ese mismo rigor climático, sin embargo, es el que vuelve a la estepa un territorio propicio para el rastreo, porque la nieve funciona como una hoja en blanco sobre la que cualquier huella queda escrita con una nitidez que el suelo seco jamás permite. La pisada del puma es redondeada, con una almohadilla que dibuja un pentágono casi perfecto y, sobre todo, sin marcas de uñas, ya que el animal retrae las garras al caminar como lo hacen los felinos, a diferencia de los cánidos. Los guías, además, saben que la pata delantera siempre es más grande que la trasera, un detalle anatómico que ayuda a diferenciar al puma del zorro o del guanaco cuando las huellas se cruzan en un mismo sector.
¿Qué señales siguen los guías para orientarse en la búsqueda?
Los rastreadores locales no se Internan en la estepa confiando en el azar: trabajan con un menú acotado de señales que aprendieron a leer en décadas de recorrida, y cuando alguna de esas pistas aparece, el grupo se detiene y se despliega con binoculares desde un punto alto. Son cuatro los indicios centrales que orientan la búsqueda:
- La agitación de guanacos y choiques, que delatan la presencia cercana del depredador con movimientos nerviosos y corridas en estampida.
- Las huellas frescas en la nieve, que los guías examinan para determinar dirección, tamaño y, cuando es posible, el sexo del animal.
- El vuelo convergente de caranchos o cóndores que bajan hacia un mismo punto, señal clásica de una carroña o de una presa reciente.
- Los restos de presas, generalmente guanacos o liebres, parcialmente cubiertos con tierra o vegetación por el propio puma para volver a alimentarse más tarde.
¿Qué se sabe del animal que se busca y de la fauna que lo rodea?
El puma adulto macho pesa entre 55 y 80 kilogramos en la Patagonia, mientras que la hembra oscila entre 30 y 60, una diferencia de tamaño que se refleja también en las huellas. A diferencia de los grandes felinos tropicales, no ruge: se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos que cortan el silencio de la meseta. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y superar los diez metros en horizontal, cifras que cobran sentido cuando se observan los paredones de basalto que recorre en los cañadones. Es de hábitos principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y territorial, y en el sur argentino su dieta se apoya casi por completo en guanacos, choiques y liebres, lo que lo convierte en el depredador tope que regula las poblaciones de herbívoros y, con ellas, el equilibrio del ecosistema de estepa.
El recorrido, más allá del puma, abre la puerta a un catálogo de fauna que los guías van señalando durante las jornadas: guanacos en manada, zorros colorado y gris, piche patagónico y zorrino recorren el mismo territorio, mientras en el cielo se cruzan cóndores andinos, choiques y, en ciertos humedales, flamencos. El área registra más de 120 especies de aves, un número que recuerda que la estepa, contra lo que sugiere su aspecto austero, esconde una biodiversidad mucho más rica de lo que el viajero imagina cuando mira por la ventanilla del vehículo.
Perito Moreno, además de funcionar como campamento base para estas travesías, abre la puerta a dos destinos cercanos que conviene tener en cuenta antes o después del safari: el pueblo de Los Antiguos, a pocos kilómetros, donde un microclima de valle permite la producción de cerezas y frutillas que sorprenden al visitante que viene del sur helado, y, hacia el sur, el Parque Provincial Cueva de las Manos, una de las expresiones de arte rupestre más relevantes de Sudamérica. Lo que está en juego en estas excursiones no es solo la posibilidad de cruzarse con el puma, que no está garantizada, sino la oportunidad de leer la estepa con otros ojos: entender que cada huella en la nieve, cada bandada de choiques que se levanta y cada cóndor que gira sobre un punto son piezas de un ecosistema que, visto desde arriba y con paciencia, recién empieza a contarse.
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