Yemas de Santa Teresa: el clásico español que se cocina con paciencia y solo cuatro ingredientes
Con yema, azúcar, agua y piel de limón se logran unas bolitas rebozadas en glasé que son pura tradición. Te cuento el paso a paso y dónde está la trampa para que te salgan bien.

Hay un porcentaje que me gusta repetir cada vez que hablo de repostería casera: casi el noventa por ciento de las recetas que se consideran difíciles en realidad son simples, pero piden mimo. Las yemas de Santa Teresa entran perfecto en esa categoría. Con apenas cuatro ingredientes -yema de huevo, agua, azúcar y piel de limón- se elabora uno de los dulces más antiguos y reconocibles de la repostería española, pero ojo: la magia no está en la lista de compras, sino en dos momentos clave: el almíbar a punto de hebra fina y la cocción lenta de la mezcla, que puede llevar hasta media hora. El resultado son unas bolitas tiernas, rebozadas en azúcar glasé, que invitan a servirse junto al café de sobremesa como petit four.
El almíbar, el primer truco
Todo arranca a fuego medio, en un cazo con el agua, el azúcar y la piel de limón. El punto exacto se alcanza cuando el termómetro marca 105 grados, lo que en la juera se conoce como punto de hebra fina. Si no tenés termómetro, retiralo antes de que tome color: en cuanto notes que la cuchara deja un hilo finito al caer, ya está. Ese es el momento justo, y te lo digo por experiencia: pasarte de cocción acá arruina todo después.
El encuentro con las yemas
Mientras tanto, batí las yemas y pásalas por un colador fino para eliminar cualquier grumo. El paso siguiente es el que más concentración pide: volcá el almíbar en hilo finito sobre las yemas sin dejar de batir con varillas metálicas, hasta que la mezcla quede bien integrada. Esa preparación vuelve al fuego, suave, y se cocina revolviendo de manera constante hasta que espese y se despegue de las paredes del recipiente. Calculale unos treinta minutos, pero no te duermas en los laureles: es el tramo donde la masa pasa de suave a firme, y si te distraés, se pega.
El armado, con las manos
Una vez fría, la masa se trabaja con las manos apenas engrasadas con aceite vegetal, así no se pega. Se forman bolitas con cuidado, porque la textura es delicada, se rebozan en azúcar glasé y se acomodan en cápsulas de papel. A la heladera hasta el momento de servir, que es donde mejor se lucen: bien fresquitas, con el café o con una infusión.
- La porción es chica: pensalas como bocado de cierre, no como postre principal.
- Si no tenés termómetro, el punto de hebra fina se nota cuando el almíbar, al caer de la cuchara, forma un hilo que se rompe casi de inmediato.
- El aceite en las manos es el truco casero para que la masa no se pegue mientras se bolea.
- Conservalas en la heladera y sacalas unos minutos antes de servir para que el glasé no quede duro.
¿Tenés alguna variante regional de este dulce, o un truco distinto para lograr la textura perfecta? Sumate a la conversación: me encantaría leer cómo lo preparás en tu casa.
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