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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Una capillita de madera escondida entre coihues y arrayanes, en el corazón del lago Lácar

A unos 250 metros de la costa rocosa del Parque Nacional Lanín, la isla Santa Teresita guarda una historia de hachas, sierras y fe que se construyó en 1933 con el esfuerzo de familias enteras.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 4 min de lectura
Una capillita de madera escondida entre coihues y arrayanes, en el corazón del lago Lácar

Uno se sube a la lancha en San Martín de los Andes con la imagen mental del sur de postal: montañas, agua fría y un cielo que cambia de color cada veinte minutos. Pero lo que aparece después, cuando la proa se acomoda en el espejo del lago Lácar y el motor baja a un ronroneo, es algo distinto: una franja verde y oscura que se recorta sobre el agua y que no se parece a nada de lo que queda en la costa. Es la isla Santa Teresita, y lo primero que pienso al verla es que parece un pedazo de bosque que alguien olvidó en el medio del lago.

De cerca, la cosa cambia otra vez. La isla mide unos 250 metros de ancho por 375 de largo, y el bosque nativo cubre cerca del 90 por ciento de su superficie: coihues, cipreses, maquis y arrayanes se acomodan como pueden sobre un terreno de costas rocosas y abruptas, sin una sola playa de arena donde sentarse. Para llegar hay que asumir una sola regla: solo se accede por agua, en excursiones en lancha o con embarcaciones autorizadas desde San Martín de los Andes. Quien quiera bajar, tiene que arreglarse con los prestadores locales, porque no hay muelle, no hay camino y no hay otra forma.

Una capillita con historia de aserradero

En el centro de esa masa verde aparece, casi sin aviso, el motivo por el que vale la pena el viaje: una capilla de madera levantada en 1933, pensada para un pueblo que ya no existe pero que dejó huellas por todas partes. La isla está sobre la margen norte del lago Lácar, al este de la península Quechuquina, y un canal de unos 112 metros la separa del continente. En esa zona funcionó durante años el aserradero de la estancia Quechuquina, y los hachadores, los carpinteros y sus familias necesitaban un lugar donde bautizarse, casarse o simplemente decir una misa sin tener que cruzar el lago cada vez.

La capilla se hizo con lo que había. La madera la donaron los Raguzzi, una de las familias ligadas al aserradero; el cierre de la obra lo tomó la familia Van Dorsser; y a la tarea se fueron sumando, voluntariamente, empleados del establecimiento y hasta un carpintero municipal que dejó la herramienta oficial y se puso a tallar con los vecinos. Cada tabla es, en ese sentido, un poco de cada uno: del patrón que puso los tirantes, del operario que lijó la puerta, del carpintero que calzó las ventanas.

Con los años, esa capillita dejó de ser solo un ámbito laboral y se convirtió en el corazón simbólico de la comunidad: allí se celebraron bautismos, misas y casamientos que, por la forma en que se cuentan en la zona, parecen haber marcado a varias generaciones. Hoy forma parte del Camino de la Fe neuquino, un recorrido religioso y turístico que empieza en Ailinco y termina en Villa La Angostura, y que invita a unir fe, paisaje y memoria en una sola caminata.

  • Acceso solo por agua: la isla está en el lago Lácar, dentro del Parque Nacional Lanín, y se llega únicamente en excursiones lacustres autorizadas desde San Martín de los Andes.
  • Geografía que sorprende: costas rocosas y abruptas, sin playas de arena, con un canal de unos 112 metros que la separa de la península Quechuquina.
  • Una capillita de 1933: fue levantada por los trabajadores del aserradero de la estancia Quechuquina, con madera donada por la familia Raguzzi y la obra finalizada por los Van Dorsser.
  • Memoria de una comunidad: se usaba para bautismos, misas y casamientos y hoy integra el Camino de la Fe neuquino, entre Ailinco y Villa La Angostura.

Antes de volver a la lancha, uno se queda unos minutos mirando la capilla en silencio. Es raro pensar que un templo tan chico, hecho con tablas de coihue y con las manos de gente que vivía del monte, haya aguantado el paso del tiempo en medio de un lago que cambia de color con el viento. Cuando la embarcación arranca y la isla vuelve a convertirse en una mancha verde sobre el agua, uno se da cuenta de que no vino solo a sacarse una foto: vino a ver de cerca una historia que sigue en pie, hecha con madera, con fe y con la gente que la construyó. Yo, Esteban Zapata, firmo esta nota para Sociedad y vida desde San Martín de los Andes, con la imagen de esa capillita todavía presente.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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