Una canción conocida en el momento justo: cómo la música favorita se volvió aliada contra el dolor de una aguja
Un estudio del Hospital Universitario de Zúrich con más de 200 pacientes comprobó que escuchar la canción o el artista preferido reduce de manera significativa el dolor de una punción intravenosa, mientras que la música de relajación no mostró diferencias con el silencio.

La escena se repite a diario en cualquier hospital o centro de diagnóstico del mundo: una enfermera o un técnico se acerca con una vía intravenosa, limpia la piel, busca la vena y, en cuestión de segundos, clava la aguja. Es un gesto rutinario, casi mecánico, pero para quien lo recibe no deja de ser un pinchazo, a veces molesto, a veces francamente doloroso. Lo que un equipo del Hospital Universitario de Zúrich acaba de publicar en la revista Frontiers in Pain Research sugiere que ese instante se puede atravesar de otra manera: con la canción que cada uno llevaría en el bolsillo si pudiera elegir qué escuchar antes de que lo pinchen.
Soy Esteban Zapata y lo que les quiero contar hoy es, precisamente, una de esas pequeñas historias que parecen menores pero que terminan diciendo mucho sobre cómo el dolor. La investigación, que reunió a más de doscientos pacientes que iban a recibir un agente de contraste por vía intravenosa antes de una resonancia magnética, los dividió en cuatro grupos bien definidos: uno sin música, otro que eligió su canción o artista favorito, un tercero que escuchó a Mozart y un cuarto al que se le puso música de relajación. A cada participante se le pidió que calificara su dolor en una escala del uno al diez antes de la punción, durante el procedimiento, a los treinta segundos y a los dos minutos de finalizado.
Lo que sintieron los pacientes, número a número
- El grupo que escuchó su música favorita reportó menos dolor tanto a los treinta segundos como a los dos minutos después de la inserción de la aguja, comparado con quienes no escucharon nada.
- La diferencia fue significativa incluso en personas que ya llegaban con algún nivel de dolor previo al procedimiento.
- Mozart también alivió, pero únicamente en los pacientes que tenían dolor basal; en los que llegaron sin dolor, su efecto fue parejo al del silencio.
- La música de relajación se comportó, en la práctica, como no escuchar nada: no generó diferencias apreciables.
Cuando uno lee estos resultados, lo primero que piensa es en algo bien humano: por qué algo tan sencillo como una canción conocida logra lo que no logra un disco especialmente diseñado para relajar. La doctora Meritxell Garcia Alzamora, consultora senior en radiología del hospital, lo dijo con una frase que me pareció definir el corazón del estudio: “La música favorita manifestó un efecto significativo de reducción del dolor tanto en pacientes con como sin dolor basal”. Para quienes estuvimos del otro lado de una vía intravenosa, esa conclusión tiene algo de reconfortante, porque pone en el centro lo que cada uno siente como propio y no una fórmula genérica.
Porque ahí parece estar la clave, y la propia Garcia Alzamora lo explica con un argumento que cierra cualquier debate apresurado. La música de relajación suele tener un ritmo lento, un volumen bajo y pocas variaciones dinámicas. Para el oído desprevenido puede sonar “linda”, pero para alguien que está por ser pinchado termina funcionando casi como un ruido de fondo que se ignora. En cambio, una canción que uno se sabe de memoria exige algo más: pide atención, despierta recuerdos, trae aparejada una emoción. Esa exigencia, dicen los investigadores, funciona como una distracción activa que compite con la señal de dolor y le roba espacio en el cerebro.
No se trata de magia ni de reemplazar la anestesia. El doctor Andrei-Cristinel Dragnea, residente en radiología diagnóstica e intervencionista del mismo hospital, fue claro al advertir que el estudio se limitó a punciones de corta duración, como las que se usan para colocar una vía antes de una resonancia. Quedan pendientes, dijo, las investigaciones sobre si el beneficio se sostiene en procedimientos más largos o más dolorosos. Y también se propuso comparar la música con algo tan sencillo como la presencia de una persona que hable con el paciente durante el procedimiento, porque la compañía en sí misma podría tener un efecto tranquilizador que todavía no fue medido con precisión.
Vuelvo a la sala de espera del hospital, a ese paciente que todavía no sabe que su canción favorita está a punto de volverse una pequeña herramienta clínica. La punción va a durar apenas unos segundos, pero los números de Zúrich dicen que, si en esos segundos suena en los auriculares lo que él elegiría poner un viernes a la noche, el pinchazo se va a sentir de otra forma. No mejorará la aguja, ni cambiará la vena difícil, ni reemplazará la mano entrenada de quien la coloca. Pero le va a doler menos. Y en un procedimiento médico, esa diferencia, que no cuesta dinero y depende de una elección muy personal, es de las que vale la pena anotar.
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