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Martes, 6 de octubre de 2026
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Más allá del contador de nutrientes: por qué dos comidas iguales pueden no reaccionar igual en el cuerpo

Un ensayo con 57 adultos detectó que una opción ultraprocesada elevó más la insulina que otra con calorías y nutrientes parecidos; qué midió, qué no midió y por qué todavía no alcanza para cambiar la lista del súper.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 4 min de lectura
Más allá del contador de nutrientes: por qué dos comidas iguales pueden no reaccionar igual en el cuerpo

Me lo imagino como una de esas escenas de laboratorio que parecen casi domésticas: un voluntario joven se sienta frente a una bandeja, recibe una comida, le colocan sensores, y durante las siguientes cuatro jornadas un equipo mide qué hace su páncreas, su cerebro y hasta su metabolismo de descanso. No es una exageración: así arrancó cada uno de los cincuenta y siete participantes de un estudio que pone sobre la mesa una pregunta que a mí, como alguien que mira la etiqueta de todo lo que lleva a la mesa, me resulta especialmente incómoda. ¿Y si los números de la etiqueta alcanzan cada vez menos para explicar lo que pasa cuando comemos?

Voy directo al hallazgo porque es lo que justifica toda esta historia. El ensayo, aleatorizado y cruzado, les dio a los voluntarios dos opciones de unas 300 calorías, con proteínas, azúcares, grasas y fibra parecidas. Una era ultraprocesada; la otra, no. Y aun así, el cuerpo las leyó distinto. La comida ultraprocesada provocó una liberación de insulina más alta y más prolongada después de comer, aunque la curva de glucosa en sangre fuera parecida. También se observó un gasto energético apenas mayor y un uso algo menor de los carbohidratos como combustible. Son diferencias modestas en lo numérico, pero lo suficientemente consistentes como para que los investigadores planteen que el grado de procesamiento industrial podría estar haciendo un trabajo silencioso que la composición nutricional no cuenta.

Qué se comparó y por qué importa

  • Dos comidas de aproximadamente 300 calorías cada una, con proteínas, grasas, carbohidratos, azúcar y fibra equivalentes.
  • Una opción ultraprocesada (incluye aditivos como saborizantes, colorantes o emulsionantes) frente a otra sin ese nivel de grado de procesamiento.
  • Cincuenta y siete adultos jóvenes con peso saludable, evaluados después de comer y no en su vida cotidiana.
  • Mediciones de insulina, glucosa, gasto energético, uso de carbohidratos y actividad en el cerebro mientras veían fotografías de comida.

Lo que más me interesa subrayar, porque creo que es donde este tipo de estudios suele malinterpretarse, es lo que el ensayo no midió. No se evaluaron enfermedades. No se midió qué pasa cuando alguien consume ultraprocesados durante semanas, meses o años. No se estudió a personas con diabetes, con obesidad o con antecedentes cardiovasculares. Tampoco se pudo aislar cuál de los tantos cambios que implica el procesamiento industrial fue el responsable: si fue la estructura del alimento, si fueron los aditivos, si fueron los métodos de elaboración. Los propios autores lo dejan planteado como hipótesis a futuro. Por eso, aunque el resultado es sugestivo, todavía no alcanza para mover un centímetro la lista del supermercado.

Lo que cambió en el cuerpo y lo que no cambió en la cabeza

Hay un detalle que a mí me parece el más interesante y, al mismo tiempo, el más fácil de leer mal. La opción ultraprocesada liberó más insulina y esa insulina circuló durante más tiempo, aun cuando la glucosa en sangre se comportó de manera similar. Para quien no convive con el tema, vale la pena explicarlo: la insulina es la hormona que ayuda a que las células tomen la glucosa de la sangre para usarla como energía o guardarla. Si el páncreas necesita fabricar más, durante más rato, para lograr el mismo resultado en la glucosa, algo en el alimento le está pidiendo un esfuerzo extra. Eso es lo que el ensayo está señalando, sin afirmarlo como causa de enfermedad.

Y acá viene el capítulo cerebral, con un límite que el propio estudio reconoce. Cuando los voluntarios miraban imágenes de comida, se detectaron diferencias en regiones asociadas con la valoración de los alimentos. Pero esa actividad no se tradujo en que prefirieran los ultraprocesados ni en que estuvieran dispuestos a pagar más por ellos. Es un recordatorio útil: el cerebro se activó distinto, sí, aunque esa diferencia no necesariamente equivale a un deseo consciente de elegir esa comida por encima de otra. Saberlo me parece importante porque en el debate público, y yo lo he visto en redes, este tipo de hallazgos suelen convertirse, sin querer, en la prueba de que los ultraprocesados son adictivos. El estudio no dice eso. Dice que la respuesta fisiológica y la respuesta cerebral fueron distintas, y deja la interpretación más profunda para próximas investigaciones.

Vuelvo a la escena del principio, al voluntario sentado frente a la bandeja, porque ahí me parece que está la mejor síntesis. Comió dos veces lo que en una etiqueta parece lo mismo y, sin embargo, su cuerpo y su cerebro lo trataron como si fuera distinto. El ensayo no prueba que comer ultraprocesados enferme. Lo que plantea, con cuidado y con datos, es que el grado de procesamiento podría ser una variable que las etiquetas actuales no están capturando. Para alguien que ya cocina bastante en casa y revisa lo que compra, el mensaje no es alarmista: es una invitación a leer un poco más allá del contador de calorías y las grasas. Para la comunidad científica, es una pregunta más para una mesa larga.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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