Lonquimay abre la convocatoria 2026 del Geoparque Kütralkura y ofrece casa y comida a voluntarios argentinos
A pocas horas de la frontera, la reserva chilena reconocida por la Unesco busca personas dispuestas a trabajar cinco días a la semana en conservación, ecoturismo y educación ambiental. No es un empleo pago: los pasajes, el seguro y los traslados corren por cuenta del voluntario.

Son las seis de la mañana en Lonquimay y el termómetro marca varios grados bajo cero. Mientras la escarcha todavía dibuja formas raras sobre los senderos del Geoparque Kütralkura, un grupo reducido de personas prepara el desayuno en una cocina comunitaria que huele a pan recién hecho. Algunos vienen de Europa, otros de distintas provincias de la Argentina, y todos comparten un mismo objetivo: pasar varias semanas en la Patagonia chilena trabajando en la conservación de un lugar que la propia Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, la Unesco, distinguió como geoparque mundial. Yo, Esteban Zapata, te cuento de qué se trata esta convocatoria que ya está abierta para 2026 y que vuelve a poner la mirada sobre un rincón muy particular de la cordillera, a pocos kilómetros de la frontera con Argentina.
El Geoparque Kütralkura y la Reserva de la Biosfera Las Araucarias forman, en conjunto, una reserva privada de unas 500 hectáreas ubicada en la zona cordillerana de Lonquimay, en la región de la Araucanía. No es un destino turístico cualquiera: el lugar está reconocido internacionalmente y combina actividades de ecoturismo, educación ambiental y proyectos de restauración de ecosistemas. Para el año que viene, el equipo del predio lanzó una convocatoria pública para sumar voluntarios a su rutina diaria, y lo que ofrece a cambio del trabajo es algo que para muchos resulta muy atractivo: alojamiento en habitación compartida, las tres comidas del día y la posibilidad de participar sin costo extra en tours y excursiones por el entorno.
Qué tareas se hacen y qué se ofrece a cambio
- Mantenimiento de senderos y de domos donde se alojan los visitantes.
- Cuidado de la huerta y de los espacios verdes del predio.
- Atención a turistas y apoyo en actividades de educación ambiental.
- Tareas de jardinería, cultivo, construcción y reparaciones generales.
- Colaboración en proyectos de reintroducción de especies y en el monitoreo de pumas.
Antes de avanzar con los requisitos, vale la pena detenerse en lo que la organización aclara bien desde el inicio, porque es la parte que suele generar confusiones: no se trata de un empleo remunerado. Quienes participan trabajan cinco días a la semana, completan treinta horas en total y, a cambio, reciben cama, desayuno, almuerzo y cena, acceso a cocina, lavandería y bicicletas, más tours y excursiones gratuitos. Al finalizar la estadía, el equipo entrega un certificado de participación. Las tareas concretas se definen semana a semana según las necesidades del lugar, de modo que no hay dos experiencias idénticas: a veces toca reparar un sendero y a veces acompañar a un grupo de visitantes por la reserva.
Ahora bien, lo que el programa no incluye también merece lectura detallada. Los pasajes hasta Chile, el seguro de viaje, el transporte interno y cualquier trámite migratorio corren por cuenta del voluntario. La conexión a internet, además, es básica, y la organización sugiere con franqueza que quienes necesiten una conexión estable para estudiar o trabajar de forma remota lo tengan en cuenta antes de postularse. Se trata, en definitiva, de una experiencia de vida en comunidad, con sacrificio real y con condiciones climáticas que en esta zona de la cordillera pueden ser muy duras, con nevadas que complican los desplazamientos incluso dentro del propio predio.
En ese punto es donde aparece la voz de quienes ya pasaron por allí. Una voluntaria argentina que participó del programa durante las últimas temporadas me confió, con una mezcla de cansancio y satisfacción que todavía se le nota en la voz, que definiría la experiencia como trabajo duro y gratificante, aunque reconoció que durante su estadía los días de descanso no habían quedado del todo acordados con anticipación. Otros participantes que yo mismo pude cruzar en notas y conversaciones anteriores resaltaron siempre lo mismo: los paisajes abiertos de la Araucanía, las caminatas por los bosques de araucarias, la convivencia con gente de países muy distintos y la sensación de estar haciendo algo útil en un lugar que parece sacado de otro siglo. Si te interesa, los requisitos formales son tres: tener entre dieciocho y sesenta años, manejar inglés fluido o, como mínimo, español en nivel principiante, y postularse de manera individual. Las parejas y los grupos de amigos no pueden anotarse juntos, una decisión que la organización toma para garantizar la dinámica del grupo de trabajo.
La permanencia mínima es de cuatro semanas y se puede extender hasta doce. Antes de mandar el formulario, entonces, conviene hacerse algunas preguntas muy concretas: si podés sostener económicamente el viaje hasta Chile, si tu salud te tolera temperaturas bajo cero y jornadas al aire libre, y si estás dispuesto a convivir con desconocidos en un lugar donde el celular no siempre tiene señal. Para los lectores y lectoras de entre 40 y 60 años que estén pensando en un proyecto distinto, que tengan cierta disponibilidad y que no necesiten conectividad permanente, esta convocatoria puede ser una oportunidad concreta de volver a sentirse útil en un escenario único. Yo, Esteban Zapata, te lo resumo como me gusta cerrar estas notas: volvé a imaginar a esa voluntaria argentina que me describió la experiencia como agotadora y hermosa al mismo tiempo, y pensá si vos también estás listo para sumarte al Kütralkura durante 2026.
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