Cuando el cielo se pone gris: la vitamina D que no se va con las nubes
Un especialista en medicina interna explica por qué unos días sin sol no agotan las reservas del organismo, qué personas sí deben controlar sus niveles y por qué automedicarse puede ser un error con consecuencias serias.

Me lo cruzo a Ramiro Heredia en una mañana de esas en las que Buenos Aires amanece tapada, con una llovizna finísima que no termina de decidirse. Antes de cruzar el primer saludo me deja una frase que me queda dando vueltas: las nubes filtran parte de la radiación, pero no la borran. Y el cuerpo, dice, tiene memoria: guarda reservas de vitamina D que amortiguan esos días sin sol que tanto nos preocupan cuando miramos por la ventana y vemos todo gris.
Heredia es médico especialista en medicina interna de la Universidad de Buenos Aires y conoce bien el tema. Lo aclaro de arranque porque lo que sigue no es opinión de pasillo: es lectura clínica. Lo primero que me explica es cómo se fabrica esa vitamina que tanto nos obsesiona en invierno. La fuente principal, me dice, es la piel. Cuando recibe radiación ultravioleta B, el cuerpo sintetiza vitamina D por sí solo. Los alimentos aportan, sí, sobre todo los huevos, los pescados grasos como el salmón o la caballa y los yogures fortificados, pero la síntesis cutánea sigue siendo la vía principal para la mayoría de las personas. Por eso, los días de lluvia seguidos o de cielo cubierto no implican, por sí mismos, una caída brusca en los niveles. Falta hace, pero no derrumbe.
Quiénes sí deben mirar sus niveles con lupa
- Adultos mayores
- Personas con obesidad
- Pacientes con enfermedad celíaca
- Quien atravesó una cirugía bariátrica
- Personas que pasaron internaciones o cuadros críticos
- Quienes tienen antecedentes de osteoporosis o fracturas
Le pregunto entonces quiénes tienen que prestar atención y Heredia me los enumera uno por uno, como recitando una lista que conoce de memoria. Son los adultos mayores, las personas con obesidad, los pacientes con enfermedad celíaca, quienes pasaron por una cirugía bariátrica, los que atravesaron internaciones o cuadros críticos y quienes cargan antecedentes de osteoporosis o fracturas. En todos esos casos, la decisión de pedir un análisis de sangre y eventualmente empezar un tratamiento la toma el médico, después de evaluar al paciente. No es automática, no es para todos por igual, no es de manual. Es una conversación clínica.
Fuera de esos grupos, el especialista es taxativo: no hay una recomendación general de suplementación para adultos sanos sin una deficiencia documentada. Y acá viene el punto que más me interesa, porque suele ser el que menos se cuenta. El exceso de vitamina D puede ser perjudicial. Consumirla en cantidades elevadas puede provocar toxicidad, elevar el calcio en sangre y dañar la función renal. O sea: tomar de más no es tomar mejor. Es tomar riesgo.
Por qué importa y qué pasa cuando falta
La vitamina D cumple un rol central en la absorción del calcio y el fósforo, dos minerales clave para que los huesos se mantengan firmes. Su deficiencia prolongada puede causar osteomalacia en adultos, una enfermedad que debilita el esqueleto y vuelve a los huesos más propensos a doblarse. También aumenta la fragilidad ósea y el riesgo de fracturas. En los chicos, una carencia marcada puede derivar en raquitismo, una palabra que parece de otra época pero que todavía aparece en los consultorios. La vitamina, además, participa en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario, así que no es un tema menor.
Vuelvo a pensar en Heredia mientras camino bajo la llovizna. Le pregunto qué hacer entonces con la dieta cuando ya hay deficiencia, y me lo aclara con una honestidad que agradezco: si la falta está instalada, comer más salmón o más huevos puede no alcanzar para corregirla. Ahí sí entra el suplemento, pero indicado, dosificado y controlado por un profesional. Lo que sobra, dice, son frascos comprados por impulso y ampollas que un vecino recomendó. Lo que falta, en cambio, es la consulta que casi nadie quiere sacar.
“No existe una recomendación general de suplementación para adultos sanos sin una deficiencia documentada, y el exceso puede provocar toxicidad, elevar el calcio en sangre y dañar la función renal.”Ramiro Heredia, médico especialista en medicina interna (UBA)
Antes de despedirnos, Heredia me deja una última idea que todavía estoy masticando. Me habla del vínculo entre la falta de luz natural y los cambios de ánimo, un tema que él conoce bien y que abre una puerta enorme. Pero eso, me dice con una sonrisa cansada, es otra conversación. Una nota aparte, otro café, otra mañana. Por ahora alcanza con esto: no todo gris es falta de vitamina, y no toda pastilla que compramos sin receta nos va a hacer bien. Cuidarse, también, es saber cuándo no hay que hacer nada.
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