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La dieta nórdica llega a la mesa criolla: qué dice el estudio sueco que la vincula con menor mortalidad y por qué no hay que tomarlo como receta sagrada

Un análisis sobre más de 64.000 adultos en Suecia encontró una asociación modesta entre una alimentación basada en vegetales, legumbres, cereales integrales y pescado y una reducción del riesgo de morir. Los propios autores aclaran que se trata de escenarios hipotéticos y que no se observó un efecto claro sobre complicaciones hepáticas graves.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 4 min de lectura
La dieta nórdica llega a la mesa criolla: qué dice el estudio sueco que la vincula con menor mortalidad y por qué no hay que tomarlo como receta sagrada

Me pregunto qué habrá en la heladera de Marta cuando termina una jornada larga en Avellaneda. Huevo, un resto de acelga, arroz, quizá una lata de atún. Y me lo pregunto porque la conversación de esta semana gira en torno a la llamada dieta nórdica, un patrón que nació mirando al norte de Europa y que, según un estudio reciente, podría asociarse con menor mortalidad en adultos suecos de mediana y avanzada edad. La pregunta que me hago, y que le hago a quien me lee, es cuánto de esa idea se puede traducir a una cocina de barrio, con presupuesto y con los productos que aparecen en la verdulería de la esquina.

La respuesta corta es: bastante más de lo que parece. La versión saludable de la dieta nórdica no exige centeno escandinavo ni bayas del Círculo Polar. Propone algo razonablemente cercano al sentido común que muchos ya intuyen, pero pocas veces aplican: dar más espacio a los alimentos de origen vegetal, a los cereales integrales y al pescado, y reducir carnes procesadas, ultraprocesados, azúcares y grasas saturadas. Es, en el fondo, una manera ordenada de poner en práctica viejas conocidas.

Qué comer, en qué insistir y qué dejar de lado

  • Sumar a diario avena, legumbres, verduras y frutas de estación; el centeno, las manzanas, las peras y las bayas forman parte del menú original, pero pueden reemplazarse con productos locales sin perder la idea de base.
  • Incorporar pescado cuando el bolsillo lo permita, en lugar de carnes rojas o procesadas; no hace falta que sea salmón: puede ser caballa, sardina, merluza o atún enlatado.
  • Usar grasas insaturadas, preferentemente aceite de canola o de oliva, y moderar manteca, embutidos, facturas, galletitas dulces y demás ultraprocesados.
  • Incluir nueces y semillas en cantidades pequeñas, como piscolabis o en ensaladas y yogur.
  • Bajar el consumo de bebidas azucaradas y de productos con etiquetas largas e incomprensibles.

Lo que se publicó estos días, bajo el liderazgo de investigadoras e investigadores de las universidades de Aarhus, en Dinamarca, y Upsala, en Suecia, fue un análisis sobre 64.406 adultos suecos relevados entre 1997 y 2019. El equipo comparó tres escenarios hipotéticos sostenidos a lo largo de 24 años: una adhesión estricta a la dieta nórdica saludable, el seguimiento de las Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023 y la ausencia de una intervención alimentaria específica. Bajo supuestos estadísticos, el riesgo estimado de muerte por cualquier causa fue alrededor de un 4 por ciento menor en el primer escenario respecto de las recomendaciones nórdicas, y cerca de un 6 por ciento menor respecto del escenario sin intervención.

Hay que leer esos números con cuidado y, si me apuran, con algo de desconfianza sana. No estamos frente a un ensayo clínico en el que a un grupo se le asignó una dieta y a otro no. Se trata de una modelización estadística que compara situaciones contrafácticas, es decir, qué habría pasado si los participantes hubieran comido de cierta manera. El resultado depende de supuestos fuertes, entre ellos que no existan variables no medidas que expliquen parte de la asociación. Además, el objetivo principal del trabajo era evaluar complicaciones hepáticas graves, y en ese punto, según lo que trascendió del resumen, no apareció una diferencia concluyente.

Qué dice el estudio y qué no dice

  • Vincula, de manera modesta, una alimentación tipo nórdica saludable con menor mortalidad estimada por cualquier causa en adultos suecos, en comparación con otros escenarios.
  • No prueba que esa dieta prolongue la vida de manera directa, porque se basa en modelos estadísticos, no en un experimento controlado.
  • No muestra un efecto claro sobre complicaciones hepáticas graves, que era el desenlace principal buscado.
  • Sugiere que los principios del patrón, vegetal, integral, con pescado y grasas insaturadas, pueden adaptarse a productos y culturas locales.

Vuelvo entonces a Marta, a su heladera de Avellaneda y a la de miles de lectores como ella. Si mañana reemplaza el pan blanco por el de salvado o por unas tostadas de avena, suma lentejas o arvejas dos veces por semana, y elige atún o sardina cuando puede en lugar de salchichas o milanesas rebozadas, ya estará caminando en esa dirección. No hace falta el rótulo nórdico. Lo que el estudio sueco sugiere, en el fondo, es lo que las abuelas suelen repetir desde siempre, pero con números que, aunque modestos y con sus advertencias, le dan un poco más de aire a esa intuición de toda la vida.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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