Sábado, 26 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Entre Ríos Informa

Portada — Turismo —

Viajar después del 11-S: el legado de seguridad que el pasajero argentino sigue pagando en tiempo, líquidos y zapatos

A un cuarto de siglo de los atentados en Estados Unidos, los controles que nacieron entonces siguen definiendo la experiencia en cualquier aeropuerto del mundo: escáneres corporales, tope de cien mililitros, calzado fuera de la mochila y cabinas blindadas. Un repaso de las reglas vigentes y de lo que cuesta cumplirlas.

DG
Darío GodoyAmbiente y río · 11 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

En la previa de cualquier embarque, el pasajero argentino se topa con un ritual que ya cumplió los veinticinco años y que, sin embargo, no siempre entiende de dónde viene: la cinta transportadora que se vacía, la mochila que se abre, los líquidos que se vuelven a contar y los zapatos que se sacan con la resignación de quien sabe que no hay discusión posible. Todo eso es herencia directa de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, un día que reorganizó la seguridad aérea mundial y que, en rigor, sigue definiendo cuántos minutos antes hay que llegar al aeropuerto, qué se puede llevar en el bolso de mano y hasta cómo están construidas las cabinas de los aviones comerciales.

¿Qué cambió después del 11-S y por qué?

La transformación más visible fue institucional: en noviembre de 2001, Estados Unidos creó la Administración de Seguridad del Transporte (TSA por sus siglas en inglés), un organismo federal que reemplazó a las empresas privadas que hasta entonces administraban los controles en los aeropuertos y que pasó a estar formado por inspectores federales. El modelo, con adaptaciones, se replicó en buena parte del mundo, incluida la Argentina, donde la Policía de Seguridad Aeroportuaria cumple un rol equivalente desde 2007. Pero el cambio no se limitó a quién controla: también redefinió qué se controla y cómo.

Dos episodios posteriores terminaron de moldear los procedimientos vigentes. El primero fue el intento de un pasajero de detonar explosivos ocultos en el calzado, en diciembre de 2001, lo que derivó en la obligatoriedad de sacar los zapatos en el control; el segundo fue el desmantelamiento, en 2006, de un plan para detonar explosivos líquidos en vuelos entre el Reino Unido y Estados Unidos, que instaló en todo el mundo el famoso tope de los cien mililitros para líquidos, geles y aerosoles en el equipaje de mano.

¿Qué reglas rigen hoy para el viajero?

  • Líquidos, geles y aerosoles: solo se permiten en el bolso de mano hasta un litro en total, repartido en envases individuales de no más de cien mililitros cada uno, todos dentro de una bolsa plástica transparente y resellable.
  • Calzado: en la mayoría de los aeropuertos se exige sacar los zapatos para pasarlos por el escáner; en algunos casos la obligatoriedad alcanza únicamente al calzado voluminoso, como botas o zapatillas con plataforma.
  • Electrónicos: computadoras, tablets y dispositivos de mayor tamaño deben retirarse de la mochila y colocarse en una bandeja aparte para su escaneado.
  • Objetos punzantes: tijeras, cortaplumas, cuchillos pequeños y cualquier elemento cortante quedaron prohibidos en cabina; la cabina de pilotos, además, fue reforzada y blindada, con acceso vedado a los pasajeros durante el vuelo.
  • Tripulaciones: el personal aéreo recibe entrenamiento específico para intervenir ante pasajeros conflictivos o intentos de intrusión en la cabina.

¿Cuánto cuesta en tiempo cumplir con todo esto?

Un dato que muchos viajeros subestiman y que termina definiendo si se llega o no al embarque es que los controles más exhaustivos alargan el paso por el aeropuerto. La recomendación general, hoy, es llegar con al menos tres horas de anticipación para vuelos internacionales y dos horas para vuelos domésticos, con un margen extra en temporada alta o cuando se viaja con equipaje para despachar. En aeropuertos de gran tráfico, la fila de seguridad puede sumar fácilmente entre treinta y noventa minutos, sobre todo en horarios pico, y ese tiempo se acumula al del check-in, el despacho de valijas y la caminata hasta la puerta de embarque.

Lo que está en juego, en definitiva, no es solo la comodidad del pasajero sino el precio de una seguridad que se pensó para responder al peor escenario imaginable. Cada botella que se descarta en el mostrador del aeropuerto, cada par de zapatos que vuelve a la mochila con la planta todavía caliente y cada minuto extra de fila son la huella, todavía vigente, de una mañana de septiembre que cambió para siempre la forma en que el mundo aborda un avión.

DG
Darío GodoyAmbiente y río

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo