Sábado, 26 de septiembre de 2026
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The Gentlemen vuelve a la cancha: Eddie Horniman ya no es el mismo y lo sabe

La segunda temporada de la serie de Guy Ritchie reubica al Duque de Halstead tres meses antes de una imagen que define toda la entrega: el hombre arrastrándose, malherido, por un campo embarrado. Mientras intenta expandirse hacia Europa, choca con el patriarca Bobby Glass y se cruza con una mafia italiana que promete sacarle los modales a patadas.

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Ludmila PintosCultura y carnaval · 10 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Volví a sentarme frente al televisor con la misma expectativa con la que se entra a un corsódromo cuando todavía no arrancó la primera pasada: con el presentimiento de que lo que viene puede ser enorme o un trueno sin lluvia. Y The Gentlemen, la serie de Guy Ritchie, vuelve con todo en su segunda temporada. La imagen que abre el juego es tremenda y ya lavan la previa: vemos al Duque de Halstead, Eddie Horniman, medio muerto, embarrado hasta las cejas, arrastrándose por un campo inglés como quien pide clemencia a un jurado que no va a dársela. Esa foto, que parece sacada del último tramo de la temporada, es en realidad el punto de llegada. Todo lo que veremos antes es la cuenta regresiva.

Un aristócrata que dejó de mirar el cielo

Theo James se calza otra vez el traje del Duque, pero el personaje que aparece en estos ocho capítulos poco tiene que ver con el gentleman de modales perfectos que heredó, casi sin querer, el imperio cannábico de los Glass en la primera entrega. Eddie ya no observa el negocio desde la terraza de la mansión familiar: ahora quiere estirar la frontera del negocio, recuperar tierras alrededor de la finca y llevar las operaciones más allá del Reino Unido. Y para eso necesita mover fichas en un tablero que mezcla el cannabis legal, la política británica y las alianzas con el crimen internacional. No es un capricho de millonario excéntrico: es la decisión de un hombre que entendió que, si no crece, lo fagocitan.

Yo lo siento así, y se lo digo a los que me leen cada semana: la serie se vuelve más oscura y ambiciosa porque Eddie ya no se banca ser el espectador educado de su propio destino. Ritchie le corre el comodín de la ironía amable y lo obliga a ensuciarse las manos. La pregunta de fondo, la que sobrevuela cada capítulo, es cuánto de uno mismo se puede dejar en el camino antes de que el camino sea el único lugar donde uno se reconoce.

Bobby Glass, el patriarca que se fue a meditar

Uno de los ejes de la temporada es la pulseada entre Eddie y Bobby Glass, el jefe máximo del negocio. Bobby está más preocupado por su despertar espiritual y sus prácticas de bienestar que por readecuar la empresa al nuevo mapa criminal que se le viene encima. Eddie, en cambio, quiereExpandir, sumar, internacionalizar. Esa diferencia de prioridades es la mecha que enciende varios capítulos. Eddie empieza a comprender algo que a los lectores de cuarenta para arriba nos suena familiar: los buenos modales, en un mundo de tiburones, a menudo se leen como debilidad. Y acumular poder, aun con las mejores intenciones, significa dejar de permitir que otros decidan por uno.

  • Marco Moretti, mafioso italiano interpretado por Sergio Castellitto: trae consigo un modo de hacer las cosas que no responde a las reglas inglesas.
  • Cico Maldini, su colaborador, a cargo de Michele Morrone: imprevisible, con una lealtad que se mide en intereses y no en palabras.
  • Bobby Glass, cada vez más lejos del trono que dice conservar.
  • Susie Glass, cada vez más cerca de un Eddie que ya no pide permiso.
  • El propio Eddie Horniman, que descubre que mandar también es un trabajo solitario.

La incorporación de la mafia italiana no es un adorno exótico. Ritchie entiende que la serie necesita aire nuevo para no repetirse, y el ingreso de Moretti y Cico le abre la puerta a un juego de alianzas, traiciones y presiones donde Eddie ya no cuenta con la ventaja del anfitrión. Lo europeo le aporta una cuota de imprevisibilidad que la primera temporada, más concentrada en los Glass y en los caprichos aristocráticos del pueblo, no tenía.

Ritchie, entre la estilización y la pregunta de fondo

El director mantiene la firma de la primera entrega: espectáculo visual, violencia con coreografía, humor negro que a veces roza el grotesco. Pero esta vez esos recursos no están al servicio del divertimento puro: están puestos para construir una historia sobre el poder y sus consecuencias. La transformación de Eddie Horniman recuerda, en clave contemporánea, a esos personajes clásicos del género que empiezan siendo convidados de piedra y terminan siendo la piedra que cae sobre el tablero. Cuanto más control gana sobre su entorno, más difícil parece la salida. Y la serie lo dice sin moralinas baratas: lo muestra en cada decisión que Eddie toma con cara de circunstancias.

Si me preguntan a mí, lo más interesante de esta segunda temporada no es el despliegue de producción, que es impecable, ni las incorporaciones internacionales, que le dan otro color al relato. Lo más interesante es ver a un protagonista al que le creímos el papel de buen muchacho descubrir, escena a escena, que ser bueno no alcanza para sobrevivir en el barro. Esa incomodidad, esa que el personaje atraviesa a la fuerza, es la que termina enganchando al espectador del otro lado de la pantalla.

Mi recomendación, como cada vez que aparece un título así en la grilla, es simple: si les gustó la primera temporada, van a encontrar un Ritchie más maduro narrativamente, con un Theo James que se anima a ir a lugares incómodos y con un reparto que aprovecha cada minuto en cuadro para robarse la escena. Y si no la vieron, esta segunda entrega funciona como puerta de entrada igual: arranca con una imagen que es una declaración de intenciones y no suelta al espectador hasta el último plano. La pregunta que la serie deja flotando es de las que merece una noche entera para contestarla en la sobremesa: hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval

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