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Teresita, la maestra que dejó el aula y se hizo cosechera de almendras a orillas del Limay

Una profesora de Biología jubilada transformó un lote invadido de malezas en Plottier en un emprendimiento artesanal de almendras que la acompañó incluso durante un tratamiento oncológico en pandemia. Detrás de Almendras del Limay hay una historia de paciencia, oficio y amor por los árboles.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 31 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura

Estoy en Plottier, Neuquén, a metros del río Limay, y la primera imagen que tengo delante es la de Teresita Peláez caminando entre almendros con la calma de quien lleva décadas explicando cómo funciona la vida. Tiene 62 años, fue profesora de Biología durante años y hoy, jubilada, se define con una sonrisa como la cosechera de una hectárea que alguna vez estuvo cubierta de yuyos. Me mira y me dice, casi como pidiendo disculpas, que lo suyo es un proyecto artesanal, chiquito, hecho a mano. Pero cuando uno se queda un rato y escucha, entiende que detrás de esa modestia hay una historia enorme, de esas que a mí, como periodista, me gusta contar despacio.

La historia arranca hace casi veinte años, cuando Teresita compró este terreno en el barrio Piscicultura. El lote era poco más que un pajonal; la primera decisión fue levantar la casa y, una vez resuelto lo urgente, quedó flotando la pregunta del millón: qué hacer con el resto. La respuesta llegó casi de casualidad, cuando un agujero en el alambrado la obligó a intervenir ese sector. Dejar la tierra sin trabajar significaba volver a las malezas; dedicar el riego solo al césped le parecía un disparate. Entonces se acordó de un almendro que había plantado años atrás en otro rincón y se preguntó, por qué no, por qué no sumar más.

Del aula al almendro: una pasión que se encendió en el Centro PyME

Con esa idea en la cabeza, Teresita cruzó la puerta del Centro PyME de la zona y se topó con la ingeniera Silvana Moschini, una técnica que, según me cuenta, es fanática de los almendros. Lejos de desanimarla, Moschini la empujó a animarse. Ahí, en esas charlas, se encendió algo. En 2013 plantó los primeros árboles justo en el lugar donde había estado roto el alambrado; dos años después sumó un segundo cuadro. Todavía daba clases en la escuela y el proyecto era, en sus palabras textuales, un hobby que a veces me ha resultado un poco caro. La gran ventaja, y esto lo aprendí conversando con ella, es que la almendra no apura: se puede guardar, tostar, salar o garrapiñar cuando uno quiera, sin la presión de tener que venderla al día siguiente. Eso, para una maestra con horario completo, fue decisivo.

“Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara.”Teresita Peláez, sobre la ingeniera Silvana Moschini

Con el paso de los años, el hobby fue tomando cuerpo. Hoy Almendras del Limay ofrece cinco productos bien concretos: almendras naturales, tostadas, saladas, garrapiñadas y harina de almendras. Teresita participa de cada etapa, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y el empaquetado. La acompañan, de manera estable, José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto. Es muy artesanal, repite ella cada vez que le pregunto por los volúmenes. Le creo: se nota en el modo en que revisa cada bolsa antes de cerrarla.

El invernadero que la sostuvo en pandemia

Pero la historia tiene un capítulo que a mí me golpea especialmente, y que es el que le da a esta nota su densidad humana. En paralelo a los almendros, el terreno fue abriendo otros frentes: apicultura, plantas aromáticas, huerta, y durante la pandemia, la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra cambió de signo. Teresita atravesó un cáncer mientras seguía el tratamiento médico y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una forma de sostenerse día a día. Mientras me lo cuenta, la voz se le quebra apenas, y a mí se me hace un nudo en la garganta, porque uno entiende que a veces los proyectos más pequeños son los que terminan cargando las mochilas más pesadas. La tierra, me dice, fue su cable a tierra.

Antes de irme le pido que me describa Almendras del Limay con una sola idea y ella piensa, mira los almendros, mira el río Limay que pasa a pocos metros, y me responde con una mezcla de modestia y orgullo que a mí me parece la mejor definición posible: es un emprendimiento chiquito, sí, pero hecho con las manos y con el corazón, que es exactamente lo que uno espera encontrar cuando se cruza con alguien que tomó un lote con yuyos y lo convirtió, árbol por árbol, en un lugar para vivir y para sostenerse. Me despido de Teresita con la sensación de haber conocido a una mujer que aprendió, tarde y bien, que la jubilación no es un punto final sino un punto y aparte, y que a veces las historias más potentes se escriben a la sombra de un almendro, en silencio, con una pala en la mano.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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