Sergio se queda: una historia cubana que se cuenta a los pedazos y con la Revolución de fondo
La película de Tomás Gutiérrez Alea mezcla la vida de un escritor que decide no exiliarse con imágenes de archivo de la Cuba de los años sesenta. Un retrato íntimo que también es un mapa político.

Lo primero que aparece en la pantalla es un pasillo ancho, una valija y una mujer que se va. La familia de Sergio está empaquetando la vida que construyó durante años y él, de brazos cruzados, mira cómo cierran las puertas. Después se escucha un motor, un portazo, y queda él solo en el living de un departamento que de pronto parece enorme. Esa imagen, esa decisión de quedarse cuando todos se marchan a Miami, es el corazón palpitante de Memorias del subdesarrollo, la película que el cubano Tomás Gutiérrez Alea escribió y dirigió en 1968, en pleno fragor de la Revolución, y que todavía sigue interpelando a quien se anime a sentarse frente a ella con paciencia y mate en mano.
Porque esta no es una película de respuestas fáciles ni de slogans. Es, más bien, la radiografía íntima de un hombre que se autodefine como escritor, que está acostumbrado a la buena mesa y a las conversaciones de café, y que de pronto se encuentra en un país que se transforma a una velocidad que a él lo supera. No hay una convicción política militante que explique su permanencia en la isla. Lo que lo ata, según uno va entrando en la película, es algo más opaco: una mezcla de hastío, de soberbia intelectual y, por qué no decirlo, de esa pereza existencial que a veces disfrazamos de profundidad.
Un personaje que quiere moldear a las mujeres que ama
Sergio no solo se relaciona con la Revolución desde la terraza de su departamento. También se relaciona, y mucho, con las mujeres que van cruzando su vida mientras el mundo cambia allá afuera. La película lo muestra intentando adaptar a sus parejas a sus propios gustos, dictándoles qué leer, cómo vestirse, qué pensar. Es un hombre que quiere formar a la mujer que tiene al lado como si fuera un proyecto editorial, y ahí, en ese detalle, aparece uno de los retratos más incómodos y lúcidos de la película: el de un intelectual que se cree por encima del cambio social, pero que en su vida íntima reproduce las mismas lógicas de poder que dice cuestionar.
A mí, que soy de las que miran películas con el cuaderno al lado, esa secuencia donde Sergio le corrige la forma de hablar a su novia me dejó pensando largo rato. Es un gesto chiquito, casi doméstico, pero dice muchísimo de cómo funcionan las relaciones cuando uno cree que sabe más que el otro. Y Alea lo muestra sin juzgarlo con el dedo, que es lo que hace a esta película tan especial: deja que el espectador saque sus propias conclusiones, aunque a veces esas conclusiones duelan.
El noticiero como personaje
Acá viene uno de los hallazgos más potentes de Memorias del subdesarrollo: la estructura. Alea no cuenta la historia de manera lineal, sino que va y viene entre el presente de Sergio y sus recuerdos, y entre el presente de Sergio y los noticiarios de la época. De pronto la ficción se corta y aparecen imágenes de archivo de la Crisis de los Misiles, de discursos de Fidel Castro, de las calles de La Habana tomadas por milicianos. Es como si la película te dijera: esta historia íntima no se puede entender sin el ruido de fondo de la historia grande.
- El relato alterna entre la vida privada de Sergio y los noticiarios de la época, con la Crisis de los Misiles como uno de los hitos más recordados.
- Esa mezcla le da a la película una dimensión colectiva: lo personal se inscribe en lo político sin que uno reemplace al otro.
- La estructura de recuerdos, con saltos constantes al pasado, amplía la perspectiva del protagonista y lo muestra más contradictorio de lo que él se cree.
El Tercer Cine como horizonte
Toda esa búsqueda formal y política no surgió de la nada. Memorias del subdesarrollo se inscribe en lo que se conoce como el Tercer Cine, una corriente con mucha presencia en América Latina que desde fines de los años cincuenta y durante toda la década del sesenta propuso otra forma de hacer películas, lejos del modelo comercial de Hollywood y también del cine de autor europeo, que solía mirar los conflictos sociales por la ventana. Los realizadores del Tercer Cine querían cámaras en la mano, ideas en la cabeza y los problemas del barrio, del pueblo, del país, en la pantalla.
El acceso a cámaras y a celuloide más baratos fue clave para que esos cineastas pudieran trabajar con mayor libertad, tanto económica como creativa. Y dentro de ese mapa, el cine cubano tuvo un lugar de lujo, con el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos como usina de obras que todavía hoy se estudian en las escuelas de cine del mundo entero. En la película de Alea, las diferencias de clase no aparecen solo en el vínculo de Sergio con los cambios del país, sino también en sus relaciones más íntimas, en cómo mira a la chica del pueblo que se cruza en su camino, en cómo se mira a sí mismo frente al espejo.
Si nunca la vieron, dense el gusto. Memorias del subdesarrollo es de esas películas que se ven dos veces: la primera para entender la historia, la segunda para entender todo lo que no se había entendido. Y si ya la vieron hace años, vuelvan a darle play. Verla en estos tiempos, con un mundo que otra vez se sacude entre exilios, revoluciones y promesas de cambio, es una experiencia que deja marcas.
Les dejo, como hago siempre, una pregunta para que se lleven puesta de camino al colectivo o al café: qué les aportan a las películas de ficción las imágenes de hechos reales, esos noticiarios viejos, esas filmaciones granulosas que de pronto interrumpen la trama. Yo tengo mi respuesta, pero me interesa leer las suyas.
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