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Picarones: la rosquilla de calabaza y boniato que cuenta la historia de dos cocinas en un solo bocado

Crujientes, anaranjados y bañados en miel de chancaca con canela y clavo: así se prepara el postre peruano que resume, en una fritura, el encuentro entre la tradición andina y la repostería llegada con los colonizadores españoles.

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Darío GodoyAmbiente y río · 4 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Hay comidas que nacen en un cruce de caminos y lo llevan grabado, no en la etiqueta ni en la carta de un restaurant, sino en la propia composición de la masa. Los picarones peruanos son uno de esos casos: unas rosquillas fritas, de color anaranjado intenso y textura casi etérea por dentro, que encierran en un mismo bocado la herencia de la cocina andina y la repostería que los españoles trajeron consigo durante la colonia, una fusión que explica tanto su sabor como la lógica de cada paso de su preparación.

Por qué la calabaza y el boniato no son un detalle decorativo

Lo que distingue a los picarones de cualquier buñuelo o rosquilla de harina de trigo es precisamente su masa: en lugar de sostenerse casi por completo en la harina, la base es un puré de calabaza y boniato cocidos, lo que les da ese color naturalmente anaranjado y, sobre todo, una textura aireada y suave que los hace livianos aun después de pasar por el aceite caliente. Esa elección, que hoy asociamos con la cocina de autor, en realidad remite a ingredientes andinos de raíz profunda, anteriores a la llegada de los colonizadores.

  • La calabaza y el boniato se pelan, se cortan en trozos y se cuecen unos quince minutos en agua hirviendo hasta que están tiernos.
  • Una vez escurridos, se chafan con varillas y se pasan por un colador fino hasta obtener un puré liso, sin grumos.
  • A ese puré se le suman azúcar moreno disuelto en agua, levadura, anís en grano y, recién entonces, la harina, que oficia de estructura pero no de protagonista.

La masa se trabaja unos diez minutos y necesita después alrededor de dos horas de reposo, tapada, a temperatura ambiente. Ese tiempo es el que permite que la levadura cumpla su tarea y que la fritura posterior entregue una rosquilla que cruja por fuera y conserve, adentro, una miga casi esponjosa.

El paso clave: fritura en aceite bien caliente y un truco con palillos

La cocción se hace directamente en aceite bien caliente, ayudándose con una manga pastelera para ir formando los aros a medida que se trabaja la masa. Es habitual que, al entrar en contacto con el aceite, el centro de cada rosquilla tienda a cerrarse; la solución que repiten las cocineras peruanas es simple y eficaz: clavar dos palillos en el centro y, con movimientos circulares, mantener la abertura mientras la masa se dora de manera pareja. Cuando los picarones están bien dorados por todos lados, se retiran y se dejan escurrir sobre papel absorbente para que no queden empapados de grasa.

Pero un picaron sin su miel no termina de ser picaron. El acompañamiento clásico es la miel de chancaca, que se prepara calentando miel con una rama de canela, cuatro clavos de olor y piel de naranja durante unos cinco minutos; cumplido ese tiempo se retiran las especias y queda una cobertura oscura, aromática, que se vierte generosamente sobre las rosquillas en el momento de servir. Para quienes prefieran algo más austero, alcanza con una buena miel de flores, sin más elaboración: el contraste con la masa sigue funcionando.

En la mesa, el resto se resuelve con fruta fresca de temporada, que es la opción más habitual para acompañar el postre: no compite con el dulzor de la miel ni con las especias, y aporta una nota de frescura que equilibra el plato sin sumar pesadez. La elección no es casual, responde a la misma lógica de fondo de toda la receta: sumar sin sobrecargar, dejar que cada ingrediente hable por sí mismo dentro de un conjunto que ya viene cruzado por tradiciones muy distintas pero, en el plato, perfectamente reconciliadas.

¿Qué está en juego cuando un postre resume dos historias en una sola fritura

Más allá del dato gastronómico, los picarones son una pequeña lección de cómo se construyen las cocinas latinoamericanas: no por la suma forzada de influencias, sino por la superposición paciente de técnicas, productos y memorias que, con el tiempo, se vuelven indistinguibles. Cuando se muerde un picaron bien hecho se come calabaza y boniato andinos, pero también una forma de fritura y una idea de miel especiada que llegó desde España; reconocerlo es entender que buena parte de lo que identificamos como propio nació, en realidad, de un cruce. Esa es, en definitiva, la verdadera cocina regional: la que no reniega de ninguna de sus raíces porque sabe que todas terminaron, literalmente, dentro de la misma masa.

DG
Darío GodoyAmbiente y río

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