La propuesta de sumar la mesa al consultorio: una psicóloga británica reclama que se evalúe también la nutrición cuando el ánimo no levanta
Kimberley Wilson sostiene que el cansancio crónico, la apatía y la falta de concentración pueden tener raíces nutricionales, y que conviene preguntar qué se come y cómo se descansa antes de decidir un mecanismo. Su planteo no reemplaza la terapia ni la medicación, pero las integra en una mirada más amplia.

A veces uno llega a una consulta con una mezcla confusa de síntomas que no terminan de cerrarse. Hay un cansancio que se pega al sillón, una apatía que no se va con un buen café y una nubosidad mental que hace cuesta arriba cualquier decisión. La psicóloga Kimberley Wilson, formada en el Reino Unido, sostiene que en esos casos la pregunta obligada no debería ser solo qué le pasa a alguien por la cabeza, sino también qué le llega al cuerpo por la boca. La propuesta que difundió en las últimas semanas apunta a incorporar la evaluación nutricional a la primera escucha clínica de los síntomas emocionales, sin sustituir ni a la psicoterapia ni a la medicación, pero sí abriendo el foco hacia variables que suelen quedar afuera del consultorio.
De la prisión de Holloway al debate público
Yo la escuché explicar que fue trabajando con mujeres privadas de la libertad en la cárcel de Holloway, en Londres, donde empezó a atar cabos. Cuenta que allí observó de cerca cómo la mala alimentación y las carencias específicas se mezclaban con estallidos emocionales que no siempre respondían a la palabra. A partir de esa experiencia, Wilson empezó a indagar en literatura científica y asegura que existen ensayos clínicos aleatorizados en contextos carcelarios en los que la administración de micronutrientes se asoció con una reducción de los episodios de violencia. Es un dato que a ella le sirve como punto de partida, aunque aclara que esa asociación no permite reducir toda la conducta de una persona a lo que come.
Qué nutrientes miraría y por qué
En el centro de la propuesta aparecen las vitaminas B3 y B12, junto con el zinc, el selenio y los omega-3. Son nutrientes que la especialista considera relevantes para el funcionamiento cerebral y cuyo déficit puede alimentar la fatiga, la irritabilidad o un estado de ánimo persistentemente bajo. La aclaración es clave: que falte alguno de estos compuestos no significa que la persona tenga un trastorno mental, pero sí puede estar sumando peso a un cuadro que ya venía complicado. Por eso sugiere, ante síntomas que se reiteran en el tiempo, investigar posibles déficits antes de descartar esa vía.
Alimentación, descanso y movimiento: la revisión que propone
Wilson no se queda solo en el plato. Plantea que la evaluación tendría que revisar, además, cómo se duerme, cuánto se permanece sentado durante el día, si hay consumo de sustancias, qué conflictos personales pesan y cuánto estrés laboral se acumula. La idea es identificar qué factores están interviniendo en cada caso y, a partir de ese mapa, orientar las intervenciones. En su esquema, una persona con experiencias traumáticas puede necesitar una terapia especializada, mientras que alguien con anemia o una alimentación muy restrictiva podría ver parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta. La psicoterapia y los medicamentos siguen formando parte del abordaje cuando resultan necesarios.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, al menos una porción por semana, por su aporte de omega-3.
- Vitamina B12, presente en carnes, lácteos y huevos, clave para el sistema nervioso.
- Zinc y selenio, que se encuentran en carnes magras, frutos secos, semillas y cereales integrales.
- Para quienes siguen dietas vegetarianas o veganas, consulta con un especialista para evaluar suplementación.
- Sueño regular, movimiento cotidiano y revisión del consumo de sustancias como parte del mismo chequeo.
También hay un llamado a la prudencia que vale la pena subrayar. La propia Wilson advierte que los cambios de hábitos, incluso cuando se sostienen, pueden tardar meses en hacerse sentir. No se trata de un atajo mágico ni de una promesa de resultados inmediatos, sino de sumar piezas que suelen quedar dispersas. Cuando uno termina de leer su planteo se lleva una idea concreta: antes de decidir si lo que falla es la química del cerebro o la química del plato, conviene mirar las dos. La propuesta no viene a reemplazar a quienes escuchan en los consultorios, pero sí a recordarles que el cuerpo entero entra en la consulta, no solo la cabeza.
Fuente: Kimberley Wilson, psicóloga especializada en salud mental y nutrición, autora de obras sobre la relación entre alimentación y funcionamiento emocional.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

¿Ocho horas de sueño? La ciencia apunta a diferencias culturales en las necesidades de descanso


Efecto Miguel Ángel: qué es y por qué puede beneficiar la vida en pareja
