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La extraordinaria playlist de Zoey: cuando las canciones se animan a decir lo que nadie se atreve

La serie de dos temporadas combina comedia romántica, fantasía y música para mostrar los afectos que quedan sin palabras y le da a The Beatles, Queen y Taylor Swift un papel central en la historia.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval · 25 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Me acuerdo perfectamente de la primera vez que vi a Zoey Clarke quedarse quieta en medio de la oficina, con los ojos abiertos como si recién aterrizara en el mundo, mientras a su alrededor sonaba una canción que solo ella podía escuchar. Esa imagen me parece la mejor manera de entrar a La extraordinaria playlist de Zoey, la serie de dos temporadas que convirtió las emociones silenciadas en números musicales y que, en mi opinión, merece una revisitada en serio, sobre todo para quienes crecimos con los discos de Queen, los cassette de The Beatles y el primer cassette de Cyndi Lauper sonando hasta gastarse.

La propuesta es tan original como arriesgada: la protagonista, una programadora informática con una vida más o menos ordenada, empieza a escuchar los sentimientos más profundos de las personas que la rodean en forma de canciones. No se trata de un delirio ni de una alucinación: es el punto de partida de una historia que cruza comedia romántica, fantasía y vínculos familiares, y que usa el repertorio musical como una especie de lenguaje paralelo, el idioma que aparece cuando las palabras comunes no alcanzan.

Un repertorio que cruza generaciones

Lo más atractivo, al menos para mí, es la selección de temas. La serie no se conforma con lo obvio: apela a un arco que va de The Beatles a Taylor Swift, pasando por Queen, Cyndi Lauper, Billy Joel y David Bowie. Esa mezcla no es caprichosa, porque la idea es que cada canción ilustre un estado afectivo que el personaje no sabe o no puede poner en palabras: un enamoramiento tímido, una bronca que se quiere disimular, el miedo a perder a alguien cercano, la ternura por un hermano que atraviesa un mal momento. A mí, que escuché decenas de esos temas en la adolescencia, me resultó una invitación a revisitar mi propia banda sonora y, a la vez, a prestarles más atención dentro del relato.

Esa elección no es decorativa: las canciones se interpretan dentro de la propia ficción, muchas veces en escenarios oníricos o en coreografías que irrumpen en medio de una escena cotidiana, y funcionan como confesiones involuntarias. Un café con una amiga puede terminar con un número musical al estilo de un musical de Broadway; una discusión de pareja puede resolverse, o complicarse más, con una balada de fondo que dice en estrofas lo que ninguno de los dos se anima a pronunciar en voz alta. Esa repetición, lejos de cansar, se vuelve adictiva, porque uno como espectador empieza a anticipar qué emoción se va a desplegar en la próxima escena.

El costo de saber qué siente el otro

Lo que más me gusta de la serie, y lo que la separa de otras comedias románticas con números musicales, es que la habilidad de Zoey no es un superpoder gratuito. Saber qué siente alguien no viene con un instructivo: implica hacerse cargo de información que uno no pidió, descubrir verdades que duelen y tener que decidir si las dice, cuándo y cómo. Hay escenas muy potentes en las que la protagonista se entera de algo sobre un ser querido que cambia su manera de mirarlo para siempre, y la serie no le regala soluciones fáciles. Esa zona más humana, más cercana a lo que cualquiera de nosotros vive en los vínculos de carne y hueso, es la que le da densidad al relato y la que, a mi entender, justifica las dos temporadas.

El arco familiar también tiene su peso. A medida que avanzan los capítulos, los romances y las amistades conviven con el temor a perder a alguien y con la dificultad de acompañar a quien atraviesa una situación dolorosa. La serie no esquiva esos temas: los pone sobre la mesa y deja que las canciones hagan el trabajo emocional, sin reemplazar el conflicto, sino más bien amplificándolo. Es ahí donde La extraordinaria playlist de Zoey deja de ser un pasatiempo liviano y se vuelve una propuesta con capas, ideal para maratonear un fin de semana.

Si todavía no la vieron y les gusta la idea de que una buena canción pueda decir lo que una conversación no puede, mi recomendación es simple: pónganla en la lista, busquen un buen sillón y déjense llevar por el ruido emocional de los demás. Y si ya la vieron, como me pasó a mí, vuelvan a darle play: las canciones siguen diciendo cosas distintas cuando uno cambia, y eso, en el fondo, es lo que mejor sabe contar esta serie.

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Ludmila PintosCultura y carnaval

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