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La batalla de Chile: tres películas para entender un país a punto de quebrarse

El documental de Patricio Guzmán reconstruye, en tres partes, las tensiones del gobierno de Salvador Allende y el camino que llevó al golpe que instaló a Pinochet. Un registro político y obrero que dialoga con el Tercer Cine.

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Ludmila PintosCultura y carnaval · 16 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Imaginen una sala a oscuras, el silencio expectante de quienes se acercan a una pantalla porque saben que lo que van a ver no es un relato de ficción sino la memoria viva de un país que se parte en dos. Eso es lo que vuelve cada vez que uno se sienta frente al proyecto que el documentalista chileno Patricio Guzmán emprendió para registrar, cámara al hombro, los días en que Chile dejó de ser uno. Me refiero a La batalla de Chile, una obra que no se agota en un solo filme sino que se extiende a lo largo de tres partes y que, aún hoy, sigue siendo una de las piezas fundamentales para entender cómo se cocinó el golpe de Estado que instaló a Augusto Pinochet en el poder.

Para quien no la conozca, la primera cosa que conviene aclarar es que no estamos ante un documental convencional ni ante una biografía de Salvador Allende. Guzmán, que ya venía trabajando con el material rodado durante el gobierno de la Unidad Popular, decidió ordenar ese archivo en una trilogía que lleva por títulos La insurrección de la burguesía, El golpe de estado y El poder popular. Las tres partes funcionan como una escalada: la primera muestra cómo los sectores dominantes comienzan a organizarse contra el gobierno; la segunda se detiene en la jornada misma del golpe de Estado de 1973; y la tercera recoge las experiencias de organización popular que se desarrollaron en paralelo a esos dos procesos.

Parlamento y fábrica, dos escenas de un mismo conflicto

Lo que a mí, como espectadora, siempre me maravilló de esta obra es el modo en que Guzmán decide mirar la política. No se queda en los pasillos del Congreso ni en las declaraciones de los presidentes de partido. La cámara se cuela también en las asambleas obreras, en las reuniones de trabajadores donde se discute, con argumentos y con pasiones, qué hacer frente al avance de la oposición y la crisis económica. Esa decisión le da a La batalla de Chile una textura que pocas veces se vio en el cine documental de la época, porque pone en un mismo plano el debate institucional y la deliberación de base, como si fueran dos caras de una misma moneda.

El registro, además, es directo: Guzmán y su equipo filmaron mientras los acontecimientos sucedían, sin reconstruir nada a posteriori. Eso le otorga al material una cercanía casi periodística, con la diferencia de que no se trata de un noticiero sino de un trabajo de observación que busca mostrar el conflicto desde múltiples ángulos, incluyendo las diferencias internas de la propia izquierda, que también están presentes en el montaje final.

Un documental hijo del Tercer Cine

Hay otro dato que me parece clave para entender por qué esta película se ve y se siente como se ve y se siente. La batalla de Chile se inscribe en la corriente que los cineastas latinoamericanos bautizaron como Tercer Cine, una manera de hacer películas que buscaba escapar de los mandatos comerciales de Hollywood y de los compromisos ideológicos que g impone a la cultura. En ese marco, el documental deja de ser un simple registro y se convierte en una herramienta para pensar la historia, para acompañar procesos sociales y para construir, con imágenes y sonidos, una memoria colectiva.

Es esa búsqueda la que explica decisiones formales como la presencia de voces en off que contextualizan lo que vemos en pantalla, o la manera en que el montaje alterna escenas de violencia callejera con debates parlamentarios y reuniones sindicales. Guzmán combina recursos cinematográficos, periodísticos y pedagógicos, y lo hace sin perder de vista que su destinatario no es únicamente el especialista sino cualquier persona que quiera entender cómo un país puede llegar a romperse.

Una recomendación para volver a mirarla

Si nunca la vieron, les sugiero tomarse el tiempo de recorrer las tres partes seguidas, como si fuera una sola película larga. Hay versiones accesibles en plataformas de video y también en bibliotecas públicas y cineclubes, donde suelen programarse ciclos de cine político latinoamericano. Y si ya la conocen, quizá valga la pena volver a ponerla play con la distancia de los años: uno descubre matices que en su momento pasaron desapercibidos, sobre todo si se la mira pensando en los debates actuales sobre democracia, participación y crisis de representación.

Como lectora y como alguien que cree que el cine todavía puede enseñarnos cosas que los libros a veces no logran, les digo que esta es una de esas obras que permanecen. No es un documental para ver de a ratos ni para consumir de fondo mientras se hace otra cosa. Es una película que pide atención, que devuelve preguntas y que, sobre todo, recuerda que las sociedades no se quiebran de un día para el otro: se quiebran mientras se discute en un Parlamento, mientras se delibera en una fábrica, mientras se vota en una asamblea. Y eso, mirado desde hoy, sigue dando bastante que pensar.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval

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