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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El precio invisible de ser siempre el pilar: soledad a los 60 cuando los demás ya no necesitan lo que uno daba

Un perfil cada vez más visible en los consultorios: personas que dedicaron décadas a sostener a su entorno y descubren, al llegar a la madurez, que casi nadie está dispuesto a sostenerlas a ellas. La psicología clínica advierte que no se trata de mala suerte, sino de un patrón que se construye durante años y que, si no se revisa a tiempo, deja a quienes lo padecieron en una soledad inesperada. Cómo reconocerlo y qué se puede empezar a hacer hoy.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 6 min de lectura
El precio invisible de ser siempre el pilar: soledad a los 60 cuando los demás ya no necesitan lo que uno daba

Lo veo cada vez más seguido en las consultas, y también lo escucho en la calle, en las sobremesas familiares, en las redacciones donde me toca cubrir estas historias: personas que llegan a los sesenta con la sensación extraña de que el teléfono suena menos, de que las cenas se espacian, de que ya nadie les pide consejo como antes. No son retraídos ni huraños. Todo lo contrario. Son —fueron— el tipo de persona a la que todo el mundo llama cuando hay un problema. La que organiza, la que contiene, la que resuelve. Y sin embargo, cuando ellas necesitan algo, descubren que el listón que tenían guardado en la cabeza —el de los contactos entrañables, el de los amigos del alma— estaba más vacío de lo que creían.

Un patrón con nombre clínico, no con culpa personal

Antes de seguir, una aclaración que me parece importante para no caer en el tono alarmista: llegar a los 60 con un círculo íntimo de apoyo debilitado no es señal de torpeza social ni de mala suerte. Muy por el contrario. La psicología clínica viene describiendo desde hace tiempo un perfil paradójico, compuesto justamente por personas competentes, activas, con buen pasar profesional y vínculos sociales amplios. Lo que ocurre es que la mayoría de esos vínculos fueron funcionales: estaban sostenidos por lo que esa persona podía aportar, no por lo que la relación en sí misma significaba para ambas partes. Cuando ese aporte deja de existir —por una jubilación, por un cambio de etapa, por una pérdida personal—, la red se afina hasta quedar en su mínima expresión.

Los especialistas suelen llamar a esta dinámica cuidado compulsivo, y conviene entenderla bien antes de juzgarla. No es egoísmo a la inversa: es una persona que construyó su identidad alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Escucha, aconseja, media, sostiene. Lo hace bien, lo hace seguido, y a cambio recibe reconocimiento, afecto, un lugar en el mundo. El problema es que el entorno interioriza esa asimetría con tanta naturalidad que, con el paso de los años, ya nadie se acuerda de preguntarle cómo está ella. No por maldad: por costumbre. Ella siempre está bien. Ella siempre puede. Ella siempre tiene una respuesta.

La trampa de la reciprocidad ausente

Ahí aparece la trampa, y es una trampa silenciosa, que se nota recién cuando el contexto cambia. Piensen en alguien cercano —un hermano mayor, una colega, una amiga de toda la vida— que durante décadas fue el recurso al que todos recurrían: el contacto para conseguir trabajo, el hombro para llorar un desamor, la cabeza que ordenaba los problemas fiscales, la persona que cocinaba para veinte en las fiestas porque, claro, ella era la anfitriona. Imaginemos ahora que esa persona se jubila, o atraviesa un duelo, o simplemente se enferma. ¿A quién llama? ¿A quién le pide ayuda sin sentir que está molestando? Si la respuesta es "a nadie", estamos ante el cuadro clásico.

Hay un dato que me parece revelador y que vale la pena traer a colación: investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las realizadas por el Massachusetts Institute of Technology, coinciden en que los vínculos construidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto cambia. Los lazos que sobreviven a jubilaciones, mudanzas, crisis y cambios de etapa son, por lo general, los que tienen reciprocidad real: los que se sostienen en el ida y vuelta, en el placer de estar juntos, no solo en lo que uno puede resolverle al otro. Quienes quedaron toda la vida del lado del dar suelen encontrarse, de golpe, del lado del vacío.

Por qué pedir ayuda les resulta casi insoportable

Hay un segundo obstáculo, más íntimo, que la psicología clínica describe con bastante precisión: la dificultad concreta de pedir ayuda. Para alguien que construyó durante décadas una imagen pública de fortaleza, mostrar vulnerabilidad no es un gesto menor: es una amenaza a la identidad. Pedir un favor, admitir que uno no puede solo, reconocer que necesita a alguien: todo eso pone en cuestión el personaje. Y la incomodidad es tanta que, antes que exponerse a ese costo emocional, muchos prefieren atravesar sus propias crisis en soledad, aun teniendo personas físicamente cerca. Es como si dijeran, sin querer: si pido, dejo de ser yo.

Esto se ve a diario en los consultorios, pero también en las mesas de café donde, si uno escucha con atención, se escuchan frases del estilo "no quiero molestar", "total, es algo mío", "no hace falta que venga nadie". Frases que en realidad son corazas. Porque detrás de cada una de ellas lo que hay es alguien que aprendió muy temprano que el cariño se gana siendo útil, y que todavía no se autorizó a recibirlo sin condiciones.

Qué se puede hacer antes de que sea tarde

La salida que propone la psicología clínica no es dramática ni radical: no se trata de dejar de cuidar a los demás, sino de habilitar la reciprocidad. Y eso, en la práctica, se traduce en dos movimientos que parecen simples pero que en realidad cuestan muchísimo. El primero: comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, porque la cultura del fuerte no formó lectores de mente: formó adivinos frustrados. El segundo: revisar con honestidad qué vínculos se sostienen hoy solo por la utilidad que uno sigue aportando y cuáles —si es que quedan algunos— se sostienen por afecto puro. Esa revisión duele, pero es indispensable para entender dónde se está parado.

La recomendación de los especialistas es trabajarlo cuanto antes, idealmente mucho antes de los 60, porque la red social suele reorganizarse en bloque a partir de la jubilación, de la crianza de los nietos, de los cambios de ritmo. Si uno llega a esa etapa con vínculos de reciprocidad real, el tránsito es infinitamente más llevadero. Si llega con un círculo compuesto únicamente por hijos que viven lejos, por colegas que ya no comparten el día a día y por un par de primos a los que ve en las fiestas, el riesgo de soledad no deseada es real, y suele ser proporcional a las décadas invertidas en sostener a los demás.

A mí, como periodista, lo que más me mueve de este tema es que no estamos hablando de un grupo minoritario. Estamos hablando de un patrón cultural entero, sobre todo en esta Argentina donde el valor de "hacerse cargo" está tan instalado que pedir ayuda todavía se vive como una debilidad. Reconocerlo es el primer paso, dicen los psicólogos, y también es el más humano. Porque nadie debería llegar a los sesenta —ni a los cincuenta, ni a los cuarenta— con la sensación de haber dado todo y haber recibido, en el mejor de los casos, un gracias a secas. Si algo nos enseña esta lectura, es que el cuidado también se construye en dos direcciones. Y que nunca es tarde —aunque sí conviene empezar temprano— para sentarse a conversar con los propios afectos y preguntar, con la mayor honestidad posible, qué lugar ocupa uno en la vida de los demás cuando ya no puede resolverles nada.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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