Dublín, 1868: cuando una jarra de cerveza se convirtió en cuestión de Estado
Netflix se sube al lomo de la dinastía más famosa de Irlanda y rescata los trapos sucios de los Guinness, los herederos de la cerveza negra que se bebieron el mundo.

Me los imagino cruzando las puertas de la fábrica, el humo todavía colgando bajo de los techos de ladrillo, los caballos esperando en el barro de Dublín con los cascos empapados de esa llovizna finita y pertinaz que parece hecha a medida del siglo XIX irlandés. La nueva serie de Netflix arranca exactamente ahí, en ese ambiente espeso donde el olor a malta se mezcla con el olor a poder, y de entrada uno entiende que no está frente a una publicidad disfrazada de cerveza sino frente a un drama familiar de los que dejan huella.
La muerte que desordenó todo
La historia empieza en 1868, con la muerte de Benjamín Lee Guinness, el patriarca que había convertido el negocio cervecero fundado por su padre en una de las marcas más reconocidas del planeta. Detrás del velorio, lo que asoma es un gallinero de herederos con apetitos enormes: los hijos del fundador, Arthur y Edward, quedan en el centro de la rosca, pero el resto de los Guinness aparece con intereses propios, rencores guardados y proyectos que se chocan de frente. La sucesión, que en cualquier familia de clase media sería un trámite entre abogados, acá se vuelve una pulseada por el control de un imperio que, conviene recordarlo, en esa época daba trabajo a buena parte de la ciudad y financiaba obras, iglesias y barrios enteros.
- Anthony Boyle, como uno de los herederos centrales, carga con el peso de sostener la continuidad del apellido en la pantalla.
- Luis Partride, en tanto, se mete en la piel del miembro de la familia que parece llevar la rebeldía debajo del saco.
- Emily Fairn completa el triángulo principal y le pone a la historia el ojo femenino que la dinastía probablemente no quiso ver en su momento.
- Fionn O'Shea, Jack Gleeson, Niamh McCormack, Danielle Galligan y Ann Skelly completan un elenco que se nota cuidado hasta en los papeles más chicos.
Steven Knight y la fábrica de dramas de época
Detrás de cámara está Steven Knight, el mismo creador de Peaky Blinders, que ya nos tiene acostumbrados a meternos en universos donde la corbata, la pistola y el rencor familiar van de la mano. Acá cambia el acento inglés por el irlandés, pero la lógica es la misma: usar el nacimiento o la expansión de un imperio económico como excusa para asomarnos a lo que pasa puertas adentro cuando hay mucho dinero, mucho apellido y muy poca tolerancia al fracaso. La serie no se queda en la sala de estar de los Guinness: sale a la calle, muestra una Irlanda del siglo XIX con sus desigualdades profundas, sus tensiones políticas y una sociedad que se estaba reconfigurando mientras la familia se repartía las escrituras.
Son ocho episodios, un número razonable para no estirar la cosa como chicle, y por lo que se ve del material promocional prometen un ritmo sostenido, con esos climas densos que a Knight le salen tan bien. Mi recomendación, si se animan, es verla con la pantalla grande y, si son de los que disfrutan una pinta bien negra mientras miran tele, mejor todavía: la inmersión es otra. Total, para eso están los domingos de lluvia, que en Buenos Aires también los tenemos, aunque acá no vengan con malta irlandesa.
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