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Caminar por las entrañas del Malacara: una invitación a meterse dentro de un volcán mendocino

En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada administra un recorrido que atraviesa dos de las tres cárcavas del Malacara, con paredes amarillas y negras formadas por el encuentro del magma con el agua. La geóloga Corina Risso explica cómo se abrió este paseo que cambió la vida de los dueños del campo.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 19 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Me subo a la camioneta en el paraje La Batra, a pocos kilómetros de Malargüe, con la sensación de que voy a conocer un lugar que no se parece a nada de lo que uno imagina cuando piensa en la cordillera. Del lado de afuera no se ve casi nada: un campo grande, algo de viento, el cielo bien abierto del sur mendocino. Pero debajo de esa superficie tranquila se esconde el Malacara, un volcán al que se entra caminando, como quien se mete en la panza de una montaña.

La recorrida arranca en un predio que administra la familia Quezada, donde antes criaban animales y hoy reciben visitantes atraídos por la posibilidad de caminar entre depósitos volcánicos y paredes de distintos colores. La propuesta combina trekking liviano, observación geológica y una parada final en un mirador que, según me cuentan, deja ver a lo lejos la laguna de Llancanelo.

Un recorrido entre colores y pasadizos

El camino atraviesa dos de las tres cárcavas que tiene el volcán en su parte alta. Por dentro, el paisaje sorprende: paredes onduladas, trechos de roca amarilla intensa y, por encima, depósitos negros que se fueron acumulando con el tiempo. La luz entra filtrada por aberturas superiores y el aire frío circula entre las grietas, lo que vuelve la caminata mucho más llevadera de lo que uno espera para estar metido en un cráter.

Los tres cráteres que tiene el Malacara en lo alto quedan prácticamente ocultos para quien lo recorre desde abajo, tapados por la forma del terreno y por la vegetación. Es justamente esa morfología la que permite caminar por adentro sin necesidad de equipo técnico ni experiencia en alta montaña.

  • Pasaje entre paredes onduladas con sectores amarillos y negros.
  • Circulación de aire frío y luz filtrada desde arriba.
  • Subida a un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo.

Cómo se formó este volcán y por qué tiene esos colores

“El Malacara se formó por la interacción del magma con el agua, posiblemente de una antigua laguna. Ese contacto fragmentó la lava y la alteración de los materiales produjo buena parte de las superficies amarillas.”Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires

Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió su curso y se acumularon los materiales oscuros que hoy se ven por encima de los anteriores. Mucho después, la erosión provocada por el agua y el viento fue abriendo los corredores que hoy se recorren a pie. La advertencia es concreta: los depósitos son frágiles y pueden desgranarse con sólo tocarlos, así que la visita pide ojos bien abiertos y manos en los bolsillos.

De campo ganadero a paseo geológico: la historia de los Quezada

Lo que más me queda dando vueltas, mientras vuelvo por el camino de ripio, es la historia de la familia que recibe a los visitantes. Alberto “Beto” Quezada les abrió las tranqueras a los investigadores en 2000, cuando la geóloga Corina Risso llegó al lugar para estudiar la zona. Dos años después, en 2002, ella presentó sus investigaciones en Malargüe, y la familia empezó a pensar que aquello podía ser mucho más que un hallazgo académico.

Las primeras salidas turísticas se hacían a caballo, por senderos internos del campo. En 2006, una antigua huella petrolera permitió entrar con una camioneta y después llegar con maquinaria para acondicionar el camino. Así, de a poco, un pedazo de campo ganadero se fue convirtiendo en un paseo donde hoy se cruzan turistas, geólogos y guías locales. Es, me parece, una de esas historias que vale la pena contar: la de una familia que supo leer lo que tenía adelante y decidió compartirlo con quien tuviera ganas de caminarlo.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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