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Cuatro continentes a cuestas: la vuelta al mundo de Fletcher y Lachie en una silla de ruedas

Un joven parapléjico y su amigo, terapeuta en un centro de rehabilitación, recorrieron Europa, Asia, África y América del Sur durante tres meses. Subieron 268 escalones, bucearon con tiburones y durmieron en una capilla del siglo X. Una historia de amistad que se convirtió en lema: “El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”

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Esteban ZapataSociedad y vida · 3 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Estoy viendo a Fletcher Crowley parado frente a la ventana de su departamento, en algún lugar de Australia, con una sonrisa que todavía no termina de entender lo que le pasó en los últimos meses. Tiene la misma edad que yo cuando empecé a escribir notas como esta, y acaba de bajar de un avión con la mochila llena de imágenes que cuesta ordenar. Lo que acaba de hacer no es un viaje cualquiera: son tres meses, cuatro continentes, una silla de ruedas y un amigo que, cada vez que la ruta se corta, lo carga al hombro y sigue caminando. Eso es lo que les quiero contar.

Fletcher tenía 17 años y andaba en bicicleta de montaña cuando una caída le fracturó dos vértebras. A partir de ahí, la vida le cambió de eje, literalmente. Puede ponerse de pie y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo agota rápido, así que la silla es su modo habitual de moverse. Lo que sigue es la parte que interesa: ni él ni Lachie Bennett, su amigo de la primaria, pensaron que eso fuera motivo suficiente como para quedarse quieto.

Una amistad que se cocinó en un turno noche

Lachie trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares. Es el mismo lugar donde, ya de adultos, los dos terminaron coincidiendo después de años sin verse. Se reencontraron en una cena del turno noche y ahí, charlando entre platos, se dieron cuenta de algo que suele ser invisible para los demás: los dos habían tenido episodios de ansiedad y habían aprendido a manejar esa mochila invisible.

Esa coincidencia los acercó más rápido que cualquier gusto compartido. Después vinieron las listas de afinidades: música, moda, conocer gente nueva, probar cosas que a la mayoría le da fiaca siquiera imaginar. A partir de ahí, la amistad creció a una velocidad que ellos mismos describen como “surrealista”, que es justamente la palabra que eligieron para definir la subida al Gran Buda en Hong Kong.

Tres meses, nueve países y un itinerario que se armó solo

  • Hong Kong: 268 escalones hasta el Gran Buda, con Fletcher a upa de Lachie.
  • Suiza: una familia que los seguía por redes los invitó a dormir en su casa.
  • Francia: una granja de ovejas y una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • Brasil: cuatriciclo por la selva.
  • Sudáfrica: safari, buceo con tiburones y parapente.
  • Además: Italia, Austria, Países Bajos y España como escalas intermedias del recorrido.

El viaje arrancó casi por casualidad. Iban a comprar una escapada de dos semanas cuando apareció una oferta de vuelta al mundo con varias escalas. La compraron sin pensarlo demasiado, así, con esa mezcla de intuición y locura que después termina dando las mejores historias. El itinerario terminó cubriendo Europa, Asia, África y América del Sur en tres meses, con escalas en Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica.

En Hong Kong, el momento más alto –en todos los sentidos– fue la subida al Gran Buda. Son 268 escalones, que Lachie hizo cargando a Fletcher en la espalda. Llegar arriba les pareció “un momento surrealista”, según contaron después. La imagen se repite en cada nota que dieron: la silla no frena, lo que frena es la arquitectura del lugar.

La logística, el dinero y la gente que se fue sumando

Porque no todo fue épico. Algunos lugares directamente no estaban adaptados, y la salida fue siempre la misma: buscar un camino alternativo o recurrir a la espalda de Lachie. “Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione”, resumieron, con ese tono de quien ya masticó cada frustración y la convirtió en anécdota.

Al principio lo financiaron con ahorros propios. Cuando empezaron a subir videos a redes, la respuesta fue tan grande que armaron una campaña de micromecenazgo que les dio margen para ser más espontáneos. Gran parte del alojamiento se resolvió por el boca a boca digital: desconocidos que los contactaban para ofrecerles una pieza, una casa, una finca. La familia suiza que los albergó, por ejemplo, los había seguido por redes y los invitó directamente a quedarse en su casa.

Vuelvo a la imagen del principio, a Fletcher parado frente a la ventana con la mochila todavía a los pies. Lo que más le pesa ahora, dice, no es el cuerpo, es la cantidad de gente que se fue sumando a este viaje sin haber subido a un avión. Gente que les abrió la puerta, que los esperó con la comida servida, que los ayudó cuando la rampa no existía. Eso es lo que, según los propios protagonistas, transformó un itinerario personal en algo colectivo.

“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett
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Esteban ZapataSociedad y vida

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