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Amaru en el Picadero: la chica que llegó y desarmó la familia que solo sabía hablar de palabras

Andrea Garrote escribe y actúa una comedia de 80 minutos sobre los modos en que una pareja ilustrada se escuda en discusiones semánticas para no decirse lo que de verdad importa. Una invitada inesperada corre el eje de todo.

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Ludmila PintosCultura y carnaval · 14 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Te confieso algo antes de arrancar: pocas veces una sala chica del centro me dejó con la sensación de estar mirando la mesa de mi propia casa. Pero el domingo, a las seis de la tarde, en el Teatro Picadero, pasó algo de eso. La obra se llama Amaru, la firma Andrea Garrote como autora y la comparte con Carolina Stegmayer en la dirección. Son apenas cuatro actores y ochenta minutos, y sin embargo la sensación es la de una familia entera respirándote en la nuca. Porque Amaru, me animo a decirte, es esa clase de comedia que parece ligera y te revuelve la bebida mientras te hace reír.

La historia arranca con un clásico bien reconocible: una madre, un padre y un hijo de clase media ilustrada, verborrágicos hasta el hartazgo, que se pasaron la vida discutiendo si un adjetivo está bien usado o si un verbo conjugó mal, mientras alrededor se les desmorona todo lo que de verdad cuenta. Hasta que una noche el hijo trae a cenar a su novia. Y la novia se llama Amaru, que en quechua significa serpiente sagrada, y trae consigo algo más que un nombre exótico: trae otra lógica, otra relación con el tiempo, otro modo de querer.

Una invitada que no viene a provocar pero lo provoca todo

Lo que más me gustó, te soy honesta, es que Amaru no es una chica conflictiva ni una de esas que llegan a romper parejas en una serie de streaming. Es una piba que simplemente es de otro modo. La madre desconfía de entrada, claro, como desconfiamos todas cuando suena el timbre un domingo y del otro lado no está la nuera que imaginábamos. El padre, en plena crisis de mediana edad, se le entrega como quien se tira a la pileta en enero. Y el hijo observa, un poco azorado, un poco encantado, cómo su universo doméstico se le transforma delante de los ojos. Amaru propone pactos sobre el uso de las pantallas, habla del tiempo como si fuera un bien común y, sobre todo, trae el contacto físico, el abrazo, la caricia, que en esa casa nunca había tenido lugar.

Cuatro intérpretes que se la bancan entera

Garrote compone a la madre, Mariel, con una precisión cómica admirable: exagerada en la forma, dolorosamente real en el fondo. Marcos Ferrante se anima al padre con todas las luces de un señor que no sabe qué hacer con su vida y decide entregarse a lo que tenga ganas. Julián Cnochaert, como el hijo Lucas, transita del humor a la ternura sin que se note el cambio de marcha. Y Fiamma Carranza Macchi le pone el cuerpo a Amaru con una presencia que genera, a la vez, encanto genuino e inquietud. La escenografía minimalista de Santiago Badillo trabaja con desniveles que cuentan, sin decir nada, quién manda y quién es mandado en cada escena.

La obra no se cae en ningún momento al pozo del drama familiar. Es comedia sostenida, con varias capas, y en el tramo final se permite un elemento fantástico que no desentona ni un milímetro con el tono. Lo que más me resonó, ya en la butaca, fue eso: que la incomodidad que genera la familia en escena no es ajena. Cuántas veces discutimos durante horas por una coma en un chat y somos incapaces de decir te extrañé, te necesito, me equivoqué. Amaru viene a poner el dedo ahí, pero sin solemnidad, con humor, con cariño y con la inteligencia de alguien que sabe que reírse de uno mismo también es una manera de salvarse.

La recomendación, como siempre, a la salida

Amaru se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1857. Son ochenta minutos que se pasan volando y que te dejan pensando un rato largo cuando prendés el celular para pedir un remís. Si te copa la idea de mirar de cerca una familia que se dice todo menos lo que importa, y de paso reírte un rato con muy buenos actores, andate. Después me contás. Y si te animás, dejame en los comentarios tu propia teoría sobre esa dinámica familiar donde las palabras tapan lo que no se puede decir: yo ya tengo la mía, y la voy a guardar como oro.

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Ludmila PintosCultura y carnaval

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