Sábado, 26 de septiembre de 2026
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Un viaje a Filipinas que se mira con los ojos de la adolescencia

La nueva apuesta animada de DreamWorks pone el foco en la amistad entre dos chicas que deben aprender a soltar, atravesando mundos fantásticos que beben de la cultura filipina. Crónica desde la butaca, con el pulso de una cronista que también se dejó llevar por la nostalgia.

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Ludmila PintosCultura y carnaval · 23 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

El corsódromo, en este caso, es la pantalla grande: una de esas salas en penumbras donde uno entra como quien pisa el sambódromo expecting que lo arrastren los pasistas. Y la pasista, acá, es Raissa, una adolescente filipina que arranca la película como quien arranca un bloque de comparsa, con el corazón latiendo fuerte y los ojos llenos de una magia que todavía no sabe que es magia. Sueña con una vida más allá de su isla, quiere ser una gran cantante, y el mundo le ofrece, en cambio, una separación. Su mejor amiga, Jo, está a punto de irse a otra ciudad para estudiar, y eso, para cualquiera que haya tenido quince años y un compañero de banco inseparable, es un terremoto emocional con epicentro en el pecho.

Una amistad que sostiene la aventura

Lo que sigue es un recorrido por mundos fantásticos que funcionan como una excusa —hermosa, vale decirlo— para hablar de lo que de verdad importa: lo que se construye con otra persona cuando todavía no se sabe bien quién es uno. Los directores Joel Crawford y Januel Mercado, este último además co-director y voz clave en el equipo creativo por su vínculo directo con la cultura filipina, le meten al relato el colorido, las texturas y los sonidos de un país que el cine mainstream pocas veces se anima a mostrar con este nivel de detalle. Hay mangos, hay jeepneys, hay playas que parecen pintadas a mano, hay fiestas que contagian desde la butaca.

Durante el viaje, Raissa y Jo —acompañadas por un personaje tan simpático como algo irritante, ese tipo de compañero de ruta que todos tuvimos— se cruzan con una galería de secundarios entrañables, incluida una villana que tiene más capas de las que parece. Los gags visuales se suceden a un ritmo que no da respiro: hay humor físico del bueno, guiños a los años ochenta para los espectadores que ya peinamos alguna cana, y secuencias de acción que justifican la butaca grande y las pochoclos bien cargados.

Lo que se queda cuando la pantalla se apaga

Y acá viene lo que a mí, que entré a la sala con la libreta profesional debajo del brazo, me terminó de ganar: la película no esquiva el tema de la separación, del trauma chiquito —pero enorme a esa edad— que significa ver a alguien partir. Lo trata con una sensibilidad que no cae en lo cursi ni en lo solemne. Los personajes tienen imperfecciones, dudan, se equivocan, y por eso se vuelven queribles. Raissa no es la heroína de manual; es una chica que quiere cantar, que tiene miedo de perder a su amiga, y que en el camino descubre que soltar no es perder.

  • Toy Story (la saga completa, especialmente la tercera): porque sigue siendo la mejor clase sobre cómo despedirse sin dejar de amar.
  • Inside Out 2: para entender que las emociones adolescentes son un quilombo que se ordena cuando se las nombra.
  • Luca: por esa mirada sobre la amistad de verano que parece eterna hasta que el verano termina.
  • Coco: para recordar que los que se fueron siguen vivos mientras alguien los nombre con cariño.
  • Intensa-mente: otro viaje al interior de una cabeza que se parece mucho a la nuestra.

Mi recomendación, si me dejan opinar entre pasistas: llévenla a ver con alguien que haya compartido con ustedes una infancia, un viaje, una mesa larga. La película está pensada para público preadolescente y adolescente, pero les prometo que los que ya pasamos los cuarenta vamos a salir de la sala con los ojos húmedos y con ganas de mandar un mensaje a ese amigo o esa amiga con la que crecimos. A veces las películas animadas son las que mejor le ponen palabras a eso que nos cuesta decir en persona. Y esta, créanme, lo hace con el corazón filipino latiendo a toda máquina.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval

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