Un parásito que se pasea entre los gatos y que a veces también elige a las personas
Un estudio sobre más de 157 mil muestras en Estados Unidos y Canadá encontró presencia de Giardia en uno de cada dieciséis gatos y detectó variantes potencialmente transmisibles a humanos, sobre todo en los más jóvenes.

La escena se repite en muchas casas de Buenos Aires, Rosario o Mar del Plata, aunque todavía no lo sepamos con nombre científico: una gata joven entra a la cocina, se acomoda en el piso de baldosa, maúlla pidiendo comida, y en algún momento del día anterior dejó su huella en la bandeja de arena, esa que alguien limpia con la palita y tira al cestito sin demasiadas precauciones. Lo que la mayoría de los dueños ignora es que ese animal puede ser portador, sin síntomas visibles, de un protozoo intestinal llamado Giardia duodenalis, un organismo microscópico con una capacidad bastante notable: la de saltar de un intestino a otro, incluyendo, en algunos casos, el de las personas que conviven con él.
Un relevamiento enorme y un número que se repite cada dieciséis gatos
Yo me topé con esta historia leyendo un trabajo recién publicado en la revista PLOS One, que revisó 157.616 muestras fecales de gatos domésticos enviadas a un laboratorio comercial de referencia entre marzo de 2022 y agosto de 2023, en 49 estados de Estados Unidos y cinco provincias de Canadá. En el 6,3 por ciento de esas muestras se detectó Giardia. Es, traducido a lenguaje llano, uno de cada dieciséis gatos analizados. La cifra no es alarmista, pero tampoco es menor: estamos hablando de casi diez mil animales positivos sobre un universo enorme.
Lo más interesante aparece cuando se baja a los genotipos. De esos 9.962 gatos infectados, 1.840 portaban los llamados ensamblajes A y B, los mismos que pueden infectar a seres humanos y a otros mamíferos. Representan el 18,5 por ciento de los positivos, y son los que concentran la atención de los investigadores porque, como me dijo una vez un veterinario de barrio mientras le acariciaba la cabeza a su propio gato, son los que tienen “la puerta abierta” para circular entre especies. La mayoría de los gatos positivos, vale aclararlo, llevaba el ensamblaje F, que es el más asociado a los felinos y, en principio, el de menor riesgo zoonótico.
La edad como factor central y los síntomas que a veces no se ven
Hay un dato del estudio que me parece especialmente elocuente por su simpleza. Los gatos menores de un año tuvieron una prevalencia del 10,7 por ciento, casi diez veces más que los adultos, que apenas llegaron al 1,3 por ciento. Y dentro de los jóvenes positivos, casi uno de cada cinco llevaba los ensamblajes A o B. La explicación es bastante intuitiva: los cachorros suelen criarse en camadas, compartir bandeja sanitaria, lamer objetos en común, y su sistema inmune todavía no terminó de madurar. Es, en definitiva, la edad donde el riesgo se cruza con la inocencia del animal.
Quiero volver, antes de cerrar, a la gata del primer párrafo, a la de la cocina y la bandeja, porque en ese animal está el nudo del asunto. Si tiene menos de un año, vive con chicos, sale al patio, comparte su caja con otro felino o, simplemente, fue recogido de la calle, las chances de ser portadora no son menores. Eso no quiere decir que vaya a contagiar a nadie, ni mucho menos que haya que tomar medidas drásticas. Quiere decir que ese gato, como todos los que conviven con personas, necesita una visita al veterinario que incluya, eventualmente, un análisis de materia fecal. Y que en lo posible, después de limpiar la bandeja, la persona se lave bien las manos, que es una recomendación tan vieja como la convivencia entre humanos y animales y, sin embargo, todavía la más difícil de cumplir.
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