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Un museo de adobe en la Quebrada: la fotografía que se descubre sin que nadie la convoque

En Huichaira, frente a Tilcara y sin un solo cartel en la ruta, Lucio Boschi levantó de a poco un museo dedicado entero a la fotografía argentina y latinoamericana. Hoy convoca visitantes de todo el país, dicta talleres y forma jóvenes de las provincias, sin haber invertido un peso en publicidad.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura
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Llegué a la Quebrada de Huichaira una mañana de julio con el sol todavía bajo y el aire tan seco que corta la garganta. Venía siguiendo la ruta 9 de Jujuy, esa cinta de asfalto que bordea los cerros y va dejando atrás Purmamarca, Maimará, Tilcara. En algún punto entre el pueblo y el río, un paredón de adobe aparece de golpe, pegado al cerro, sin rejas, sin portón, sin un solo cartel a la vera del camino. Es el Museo Entre los Cerros, y uno lo encuentra más de lo que lo busca: alguien tiene que decirle dónde doblar, o simplemente animarse a perderse unos metros por la huella que se abre entre las cardoneras.

Lo fundó Lucio Boschi, un fotógrafo porteño de sesenta años que un día dejó Buenos Aires, subió hacia el norte y se quedó. Primero se compró un terreno siguiendo el cauce del río Huichaira. Después levantó su propia casa de barro con sus manos. Y un tiempo más tarde, cuando la casa le quedó chica para todo lo que quería hacer con la fotografía, empezó a construir alrededor el museo. Todo es adobe, todo se mimetiza con la montaña, y las aberturas están pensadas para que la luz del norte entre y se vaya moviendo por las salas a lo largo del día, como si el edificio respirara.

Una colección armada a fuerza de cartas y de confianza

La colección permanente reúne obras donadas por fotógrafos argentinos y latinoamericanos de primer nivel: Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, entre otros. Lo notable es cómo se consiguió cada una de esas piezas: no hubo compra, no hubo mecenazgo empresario, no hubo gestión institucional al estilo clásico. Hubo cartas. Boschi les escribió a colegas, a galeristas, a coleccionistas con los que había cruzado caminos en años de trabajo internacional, les contó qué estaba haciendo en medio de la Puna y les pidió una foto para empezar. Todos, uno por uno, le dijeron que sí.

Al principio, claro, no iba nadie. Lucio tomó una decisión que a cualquier responsable de marketing le parecería un disparate: eligió no promocionar el museo. No quería carteles en la ruta, no quería folletos en las oficinas de turismo, no quería publicar la dirección en los mapas. Su idea, me cuenta, era que el público lo fuera descubriendo por cuenta propia, como uno descubre una buena lectura o una esquina que vale la pena. Y así pasó. Primero fueron los chicos de la escuela de Huichaira, los del pueblo de al lado. Después se acercaron los guías locales, que empezaron a llevar viajeros. Después llegaron grupos de fotógrafos, y más tarde curadores y directores de museos internacionales que se de encontrar ese tipo de acervo en ese rincón del mapa.

  • Una colección de fotografía argentina y latinoamericana reunida por donaciones de artistas como Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd.
  • Una biblioteca y salas con luz natural, pensadas para recorrerse despacio, con bancos para sentarse a mirar.
  • Talleres, residencias artísticas y un programa gratuito de formación para jóvenes fotógrafos de las provincias del norte.
  • Un funcionamiento como punto de encuentro para la comunidad de Huichaira y los pueblos cercanos.
  • Una arquitectura de adobe integrada al paisaje, a 2.700 metros de altura, sobre la ruta 9 frente a Tilcara.

Formar, no solo exhibir

Con los años, el museo dejó de ser solamente una sala de fotos para convertirse en un espacio de trabajo. Hoy tiene biblioteca, recibe artistas en residencia y, sobre todo, sostiene un programa gratuito de formación para jóvenes fotógrafos de las provincias, muchos de ellos chicos y chicas que nunca habían tenido acceso a un laboratorio ni a una revisión de portfolio con un referente. Esa pata educativa es, a mi entender, la que le da al proyecto una profundidad que trasciende lo que se cuelga en las paredes: no se trata solo de conservar imágenes, sino de construir comunidad alrededor de la imagen.

Antes de irme me quedo un rato más en la sala principal, la que mira al cerro. La luz entra oblicua, se posa sobre una foto de Marcos López que reconozco de alguna muestra en Buenos Aires, y ahí, en ese pueblo que no figura en las guías, en esa sala sin rejas, todo parece tener una calma distinta. Pienso en Lucio, en las cartas que mandó durante años para juntar obra, en los chicos de la escuela que fueron los primeros visitantes, en los pibes del norte que hoy se están formando ahí adentro. Y vuelvo a la ruta con la sensación de que en este país todavía existen lugares que se construyen de espaldas al marketing y que, justamente por eso, terminan convocando a la gente correcta.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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