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Un ginkgo testigo mudo: tres vidas, tres décadas y la misma raíz

La realizadora húngara Ildikó Enyedi vuelve a confiar en los silencios para contar, en casi dos horas y media, cómo un árbol en un jardín botánico alemán hilvana las historias de una pionera de la fotografía, un joven que aprende a cuidar geranios y un neurocientífico de Hong Kong. Tony Leung, Léa Seydoux y Luna Wedler encabezan el elenco.

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Ludmila PintosCultura y carnaval · 18 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Me pasó mientras acomodaba el anotador: miré hacia la pantalla y casi pude oler el pasto recién cortado del jardín botánico. Esa es la primera sensación que regala «El amigo silencioso», la nueva película de Ildikó Enyedi, y se queda con uno durante los minutos que dura el recorrido por sus tres historias. No es una epifanía ruidosa: es un rumor verde que se filtra entre las imágenes, como si el cine mismo estuviera haciendo fotosíntesis.

El árbol que oficia de nexo es un ginkgo plantado en el jardín botánico de una universidad alemana. Lo atraviesa el tiempo sin inmutarse y, según el año que toque, le toca ser compañero de ruta de personajes muy distintos. La película se apoya en tres momentos puntuales: 1908, 1972 y 2020. En cada uno de esos cortes temporales, la realizadora húngara —que firma a la vez el guion y la dirección— se detiene en alguien que, por motivos diferentes, se vincula con el mundo vegetal.

Las tres historias que crecen alrededor del ginkgo

  • 1908: una joven se convierte en la primera estudiante universitaria y, mientras aprende a observar la naturaleza, cruza los patrones de plantas antiguas con el lenguaje de la fotografía. La cámara de Enyedi la sigue como si también ella estuviera revelando una imagen nueva.
  • 1972: un estudiante atraviesa cambios personales a partir del cuidado de los geranios. No hay grandes golpes de efecto: la transformación llega de a poco, como cuando uno descubre que una planta responde a la atención que le dan.
  • 2020: un neurocientífico de Hong Kong lleva adelante experimentos con bebés y con el ginkgo. La película suma así la investigación científica a las otras dos formas de acercamiento —la imagen y el cultivo— y completa un tríptico sobre cómo miramos lo que nos rodea.

Enyedi ya había demostrado que sabe habitar los tiempos lentos: en «En cuerpo y alma», su película anterior, había sido nominada al Oscar precisamente por dejar que el amor entre dos personas tan peculiares como opacas madurara al ritmo de los propios personajes. Acá vuelve a apostar por una narración que pide paciencia, con una duración cercana a las dos horas y media, y otra vez esa elección le sale bien. La película no tiene apuro: se permite planos largos, deja que las hojas se muevan, escucha los silencios.

El elenco está a la altura de ese registro. Tony Leung —que el público argentino conoce por filmes como «Deseo, peligro» o «El Gran Maestro»— se pone en la piel del neurocientífico y trae consigo esa calma suya que parece hecha de capas y capas de vida interior. Léa Seydoux, con su presencia tan particular, acompaña la trama contemporánea con esa mezcla de fragilidad y firmeza que la volvió una de las actrices más requeridas del cine europeo. La joven Luna Wedler, una de las caras nuevas más interesantes del cine suizo y alemán de los últimos años, completa el triángulo actoral con una sensibilidad que le calza justo al tono general del filme.

“La contemplación y las conexiones entre las personas y la naturaleza ocupan un lugar central en su recorrido por las tres épocas.”Enyedi sobre su película

Lo que a mí, como espectadora, más me atrapó de «El amigo silencioso» es que no convierte al árbol en un símbolo forzado. El ginkgo está ahí, crece, envejece, y los personajes lo miran o lo cuidan según la época. Esa modestia es, paradójicamente, lo que vuelve enorme a la película. Terminé la función con la sensación de haber caminado despacio por un jardín ajeno y, sin embargo, conocido: el de las preguntas que uno se hace cada tanto sobre cómo nos vinculamos con lo que nos sostiene sin pedirnos nada a cambio.

Si me preguntan a quién se la recomiendo, les digo: a quien tenga ganas de sentarse frente a una pantalla con la misma predisposición con la que uno se sienta en un banco de plaza. No es una película para mirar de reojo mientras se scrollea el teléfono. Es para dejarse llevar por sus silencios, para permitirse sentir que el tiempo pasa más lento, y para salir un poco más amigados —nunca mejor usado el adjetivo— con la idea de que las plantas también nos miran. Yo volvería a verla. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval

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