Un galpón de Chacarita donde la música se escucha entera y el celular se queda en el bolsillo
Artlab lleva casi una década proponiendo algo que parece de otro siglo: escuchar álbumes completos en vinilo sobre parlantes de los años cincuenta, bailar house entre desconocidos y, este domingo, cerrar el festival MUTEK. Una recorrida por el lugar y por la historia de su fundador, Gonzalo Solimano.

Llego a Roseti 93, en Chacarita, con el teléfono todavía en la mano y la costumbre de chequearlo cada dos minutos. Me cruzo con la puerta de Artlab, un galpón de unos 540 metros cuadrados que desde 2015 funciona como refugio de melómanos y curiosos, y la primera sensación es de estar entrando a un sitio que se obstina en pedirme algo que cada vez hago menos: que me quede quieto y que escuche. La entrada es a la calle, sin rejas ni fanfare, y adentro lo que hay es un gesto casi político: un sistema de parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954, de los que están colgados del techo como trofeos de otra época. Son ocho en total, y son el corazón de todo lo que pasa ahí adentro.
Quien armó esto es Gonzalo Solimano, un DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, que me cuenta su historia personal antes de entrar en los datos. Creció escuchando música en formatos físicos, se formó como pinchadiscos y un día se preguntó qué pasaba si en lugar de perseguir la última tecnología, iba para atrás y volvía al sonido cálido de los equipos de los años cincuenta. Juntó los Altec, buscó un galpón, y abrió Artlab. Sobre el origen exacto de los parlantes, Solimano me dice que hay indicios de que vienen de un cine porteño emblemático, aunque todavía no pudo confirmarlo del todo. Esa pequeña duda le da al lugar un aroma a leyenda urbana, y a mí, mientras miro los conos amarillentos bajo la luz tenue, me hace pensar en la cantidad de bandas de sonido que habrán salido de esos mismos equipos.
Dos ciclos, una sola idea: prestar atención
En Artlab funcionan con dos propuestas estables, y las dos van a contrapelo de lo que ofrece cualquier plataforma de streaming. La primera se llama Audiófilos, y la idea es tan sencilla como exigente: se elige un álbum, se lo escucha entero, sin pausas, sin, sin la tentación de mirar la pantalla. El programa puede ir de Miles Davis a Pink Floyd, de Invisible a Massive Attack, y el formato se elige en función de la obra: hay discos que se reproducen en vinilo, otros en CD y otros en archivos sin compresión, siempre pensando en cuál les rinde mejor. La segunda es Círculo de Sonido, una sesión de house donde Solimano y otros DJs se ponen detrás de las bandejas y sostienen la tradición bailable, esa que en Buenos Aires nunca terminó de irse del todo.
“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, fundador de Artlab
Lo que me llama la atención, mientras charlamos, es el entusiasmo con el que Solimano describe a los pibes que se acercan al lugar. Le pregunto si no es una contradicción que los mismos jóvenes que viven con el celular pegado a la mano busquen un espacio donde se los invita a dejarlo en el bolsillo, y me responde que justamente por eso vienen. También me cuenta que nota un interés renovado por el CD, ese formato que muchos dieron por muerto hace años y que en su galpón vuelve a tener público. Mientras lo escucho, pienso que la escena inicial que describí al entrar, la mía, con el teléfono todavía en la mano, se parece bastante a la de cualquiera que llega por primera vez, y que ese gesto de guardarlo en el bolsillo termina siendo, sin que nadie lo pida, la primera regla no escrita del lugar.
MUTEK cierra su octava edición en el galpón
Este domingo, Artlab se transforma otra vez en sede del festival MUTEK, que en Argentina conduce el propio Solimano desde 2018, cuando trajo la marca que había nacido en Canadá en el año 2000. La propuesta del festival es la música electrónica experimental, el arte audiovisual y la exploración de nuevas tecnologías, con una escala y un perfil muy distintos a los de los festivales masivos que llenan estadios. MUTEK trabaja con artistas que hacen del silencio, del ruido y de la imagen una misma cosa, y Artlab, con su acústica particular y su público dispuesto a quedarse quieto, resulta un marco ideal para cerrar la octava edición porteña.
Antes de irme, le pregunto a Solimano qué piensa sobre la irrupción de la inteligencia artificial en la música, y su respuesta me deja la idea dando vueltas. Me dice que la ve como un recurso potente, pero que la clave es que asista al artista en su investigación y le simplifique procesos, no que le haga la obra. La frase me suena a una manera de pensar que también se aplica a lo que pasa en su galpón: la tecnología, la del presente o la de hace setenta años, está al servicio de quien se toma el trabajo de escucharla. Salgo a la calle, saco el teléfono del bolsillo y, por un rato, me quedo con el ruido de Chacarita y con la sensación de que, en algún lugar de Roseti 93, un álbum sigue sonando de principio a fin para alguien que aceptó no mirar la pantalla.
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