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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Roblox, la plaza digital: por qué prohibir sin entender deja a los chicos más expuestos

La plataforma cumplió veinte años y concentra a millones de chicos que la usan como punto de encuentro. La divulgadora Julieta Schulkin advierte que el camino no pasa por sacarlos, sino por configurar, conversar y mirar qué hacen ahí adentro.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 5 min de lectura
Roblox, la plaza digital: por qué prohibir sin entender deja a los chicos más expuestos

Lo primero que hay que decir, y que a mí me costó aceptar cuando empecé a mirar este tema con detenimiento, es que Roblox no es un juego en el sentido clásico de la palabra. Es una plataforma enorme, una suerte de barrio digital con más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y por empresas, donde los chicos no van solamente a jugar sino, sobre todo, a encontrarse con otros. Lo usan para pasar el rato, para charlar, para reemplazar ese rato en la plaza o en la vereda que muchas veces ya no existe como antes, y eso, como advierte la periodista y divulgadora Julieta Schulkin, cambia por completo la manera en que los adultos deberíamos pensarlo.

Schulkin, que viene investigando hace rato qué pasa adentro de estas plataformas, me contaba que en los últimos años hubo una ola de familias que directamente prohibieron el acceso a Roblox, muchas veces empujadas por noticias alarmantes o por el miedo lógico de cualquier madre o padre. La sensación que le quedó a ella, y que a mí también me parece razonable, es que terminamos prohibiendo algo que no terminamos de entender. Y eso tiene un costado poco discutido: si un chico no puede entrar a Roblox, lo más probable es que termine migrando a otra plataforma de diseño parecido, con controles parecidos y con riesgos parecidos, pero con la diferencia de que ya no habrá ningún adulto cerca mirando qué hace.

La economía que los chicos ya aprendieron a leer

Una de las cosas que más me llamó la atención de la investigación de Schulkin, y que creo que a muchos padres los toma por sorpresa, es la economía interna que funciona dentro de la plataforma. Existe una moneda virtual, los Robux, que se compran con dinero real y que sirven para acceder a cosas que dentro del mundo del juego tienen valor: ropa para el avatar, mascotas, servidores privados, ventajas varias. Se puede jugar perfectamente sin gastar un peso, eso es cierto, pero también es cierto que quienes tienen Robux, o quienes pasan muchísimas horas acumulando recompensas, acceden a beneficios que los demás no tienen. Schulkin lo describe con una frase que me pareció muy lúcida: adentro de Roblox se reproduce la estructura de clases sociales del mundo físico, igual que en la vida real se nota quién tiene más recursos y quién no.

Y eso, mirado con detenimiento, no es un detalle menor. Los chicos, incluso los más chicos, aprenden rapidísimo a leer quién invirtió dinero y quién no, quién tiene un avatar con accesorios pagos y quién no, y eso introduce jerarquías, comparaciones y hasta pequeñas tensiones que los adultos no llegamos a ver porque en una pantalla. No se trata de satanizar la plataforma, sino de entender que esa lógica existe y de conversar con los chicos al respecto, en lugar de que la descubran solos.

Red social encubierta y el riesgo que más preocupa

Hay otro costado que las familias suelen pasar por alto, y que a mí me parece clave: la dimensión social. Los usuarios pueden seguirse entre sí, tener seguidores, armar grupos de amigos, y la plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos. Eso convierte a Roblox en un ecosistema con lógicas muy parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla. En la práctica, un chico puede terminar interactuando con personas que sus padres no conocen, de la misma manera que ocurre en cualquier otra red.

El riesgo más serio, y acá no hay manera de esquivarlo, es el grooming, es decir la posibilidad de que un adulto contacte a un menor con intenciones de abuso. La existencia de este riesgo está documentada y es real, y Schulkin no propone, me parece bien señalarlo, el rechazo automático de la plataforma. Lo que propone es algo más trabajoso pero más efectivo: configurar de manera activa la cuenta, ajustar los controles de privacidad, revisar quién puede chatear con el menor, habilitar las restricciones de contacto y, sobre todo, mantener una conversación abierta en la casa.

  • Entender que Roblox es una plataforma social, no un juego tradicional, y que los chicos la usan como punto de encuentro con pares.
  • Conversar con los chicos sobre la economía interna de los Robux y sobre las diferencias que aparecen entre quienes gastan y quienes no.
  • Configurar de manera activa la cuenta: restringir el chat, limitar quién puede contactar al menor y revisar periódicamente los ajustes de privacidad.
  • Acompañar sin invadir: interesarse por lo que hacen adentro, preguntar con quién juegan y qué juegos les gustan, en lugar de controlar de manera punitiva.
  • Si se decide no permitir el uso, tener en cuenta que probablemente migrarán a otra plataforma similar, por lo que la charla y la educación digital siguen siendo indispensables.
“Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien.”Julieta Schulkin, periodista y divulgadora

Vuelvo a la idea con la que arranqué esta nota, porque me parece que condensa todo lo demás. Prohibir sin entender es la respuesta más rápida, y probablemente la más cómoda, pero no es la más efectiva. Lo que Schulkin propone, y lo que a mí me suena más razonable después de escucharla con detenimiento, es un punto medio que exige más tiempo y más paciencia: sentarse con los chicos, mirar qué hacen en la plataforma, entender por qué les gusta, configurar juntos las opciones de seguridad y, sobre todo, no dejarlos solos en un mundo que, les guste o no a los adultos, ya forma parte de su vida cotidiana.

EZ
Esteban ZapataSociedad y vida

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