Poner límites no es autoritarismo: por qué los hijos necesitan un adulto que diga «no» sin perder la ternura
Especialistas en crianza advierten que la ausencia de normas claras puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en la infancia. La clave está en ejercer autoridad con presencia y sin violencia, diferenciando entre el abuso de poder y una crianza que combina reglas con contención afectiva.

Me lo cruzo en la verdulería del barrio, con las bolsas de naranjas en una mano y el celular en la otra. Le pregunto cómo viene la mano con el nene de cuatro años y se queda mirándome un rato largo antes de contestarme. "Bárbaro, pero agotado", me dice. "Le pongo un límite y me sale con un berrinche que me parte la cabeza. Mi mujer me dice que no tengo que ser tan duro. Yo les pregunto: ¿hay algo en el medio entre gritar y dejarlo hacer lo que quiere?" La escena se repite en miles de familias argentinas, y no es casual: cada vez más hogares apuestan por reemplazar las órdenes y los castigos por el diálogo, pero cuando esa conversación se vuelve una negociación permanente y el adulto deja de sostener su posición, algo empieza a fallar.
La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo resume con una frase que a mí me quedó resonando todo el día: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso".
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
Y acá viene la distinción central que me parece que cualquier padre o madre tiene que llevarse puesta. La especialista separa muy bien las dos cosas: el autoritarismo es un abuso de poder, mientras que la autoridad es presencia adulta con reglas claras. Respetar a los chicos no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto, dice Raschkovan, está en el buen trato, no en la ausencia de normas.
La psicóloga Deborah Bellota coincide en el diagnóstico. "Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos", apunta. Y esa dinámica, aclara, puede convivir con una buena autoestima, pero también suele dejar como saldo dificultades para autorregularse, una baja tolerancia a la frustración y una resistencia marcada a las figuras de autoridad.
Tres estilos de crianza que siguen vigentes
- Autoritario: reglas rígidas y poca escucha del chico.
- Permisivo: mucho afecto pero escasez de límites.
- Democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva.
Esos tres estilos fueron descritos por la psicóloga Diana Baumrind en los años sesenta, y siguen siendo la brújula que usan los especialistas para orientarnos. El tercero es el que más recomiendan como punto de equilibrio, y no es casualidad: integra lo mejor de los otros dos sin caer en los extremos.
Para Raschkovan, los límites son una forma concreta de cuidado, y la explicación me parece de las más contundentes que escuché en mucho tiempo: "Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración". Esa capacidad, insiste, no aparece de forma espontánea: se aprende. Y si un chico no experimenta el "no" dentro de un entorno seguro, es probable que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles afuera.
Bellota, por su parte, recuerda que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": el paso siguiente es sostener esa palabra con palabras, con explicación, con abrazo si hace falta. Es el famoso "límite con vínculo", esa idea que suena a slogan pero que en la práctica es lo que marca la diferencia entre una crianza que cuida y una que aplasta.
A mi amigo de la verdulería le voy a mandar esta nota por WhatsApp, con la tranquilidad de que el mensaje final no es "sé más duro" ni "sé más permisivo", sino algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: sé un adulto presente, que dice lo que dice y sostiene lo que sostiene, sin gritar y sin retroceder. Porque en el fondo, y esto me parece lo más humano de toda la conversación, los chicos no necesitan padres perfectos sino padres que estén ahí, en su lugar, cuando la cosa se pone difícil.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Abrió la inscripción para adoptar niños y niñas en Neuquén, la última del año


Día Mundial del Glaucoma: qué es, cómo afecta la visión y sus síntomas invisibles
