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Mate caliente en plena ola de calor: cuando la tradición se encuentra con la ciencia del sudor

Un especialista explica por qué una infusión bien caliente puede ser aliada en jornadas sofocantes, siempre que el aire corra y la piel pueda transpirar. La hidratación manda más que la temperatura del termo.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 17 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Soy de los que en pleno enero, con el termómetro trepando por encima de los treinta y cinco grados, se sienta en la galería de casa y se sirve un mate bien caliente, casi hirviendo, como si fuera un acto de pura rebeldía contra el sentido común. Cada sorbo me hace transpirar la frente, empañar los anteojos, pegar la remera al respaldo de la silla. Y sin embargo, terminado el termo, uno termina encontrándose más liviano, con esa sensación extraña de haberse sacado un peso de encima que no era físico sino térmico. Esa experiencia cotidiana, repetida por generaciones de argentinos y por miles de millones de personas alrededor del mundo que toman té o café en climas tropicales, es la que puso a conversar al profesor John Tregoning, especialista en bienestar, con la pregunta que muchos nos hacemos cada verano: ¿una bebida caliente refresca o achicha el cuerpo?

La respuesta, como suele ocurrir cuando la fisiología se cruza con la vida doméstica, no es blanca ni negra. Tregoning lo plantea con una claridad que da gusto: tomar una infusión caliente aporta calor al organismo y, como reacción, estimula la transpiración. Hasta ahí, todo parece jugar en contra. Pero el truco está en lo que ocurre después, en ese instante casi invisible en el que el sudor pasa de la piel al aire. Cuando el agua sobre la superficie corporal se transforma en vapor, utiliza energía térmica del cuerpo para cambiar de estado, y al llevarse esa energía produce el enfriamiento que tanto buscamos. Es el mismo principio por el cual un ventilador apunta a la piel mojada o por el que soplar una sopa caliente la enfría más rápido.

El veredicto lo tiene el ambiente, no la taza

Lo que decide si esa lógica funciona o se vuelve en nuestra contra es, ni más ni menos, el aire que nos rodea. Si estamos en un lugar seco, con brisa, con un ventilador encendido o bajo la sombra de un árbol donde algo circule, la evaporación se completa y la ganancia inicial de calor termina compensada, varias veces ampliada, por la pérdida posterior. En cambio, en una habitación cerrada, húmeda, con la ropa pegada al cuerpo y sin una corriente que mueva las cosas, el sudor se acumula, empapa la tela, cae en gotas y se pierde como líquido sin producir casi ningún fresquito. Es el escenario en el que la bebida caliente pasa de aliada a cómplice del calor que estamos tratando de mitigar.

  • Si hay corriente de aire, brisa o ventilador, el sudor se evapora y el cuerpo cede calor: la bebida caliente puede refrescar.
  • En ambiente húmedo y sin ventilación, el sudor queda sobre la piel y la ropa mojada solo deshidrata sin enfriar.
  • La humedad elevada del aire frena la evaporación porque ya está casi saturado de vapor de agua.
  • La falta de circulación mantiene la capa de aire húmedo pegada a la piel y anula el mecanismo.
  • La sensación inmediata de frescura de una bebida fría no implica mejor regulación térmica global.
  • La prioridad, según el especialista, es reponer líquidos con frecuencia más que discutir la temperatura del mate, el té o el agua.

Hay un detalle que vale la pena subrayar porque cambia la forma en que tomamos decisiones cotidianas. Las bebidas frías ofrecen una sensación inmediata de alivio y bajan por un rato la percepción subjetiva de calor, algo que tiene su valor cuando uno viene caminando bajo el sol. Pero no necesariamente regulan mejor la temperatura del cuerpo que una infusión caliente en las condiciones adecuadas. Lo que ninguna opción puede garantizar por sí sola, insiste Tregoning, es reemplazar el agua que se pierde. La hidratación frecuente pesa más en la balanza que la temperatura del termo, y es la razón por la que un día de calor termina siendo más llevadero para quien toma líquido cada rato, del color que sea, que para quien se obsesiona con la térmica del vaso.

Vuelvo a mi galería de las cinco de la tarde, con el sol filtrándose entre los ladrillos y el ventilador de pie girando lento contra la pared. Sirvo otro mate, lo tomo casi sin pensarlo, y mientras el sudor me recorre las sienes miro cómo la brisa mueve la cortina. Hay algo reconfortante en saber que la ciencia le da la razón a una costumbre tan nuestra, tan rioplatense, que muchos miran con extrañeza desde otras latitudes. La próxima vez que alguien me pregunte por qué tomo mate caliente con cuarenta grados a la sombra, le voy a contar lo del profesor Tregoning, lo del sudor que se evapora y lo del aire que tiene que correr. Y le voy a decir, con la misma calma con la que se ceba un buen mate, que la tradición y la evidencia, cuando se miran con cuidado, suelen terminar sirviéndose en la misma ronda.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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