Los hijos que heredaron la herida: cómo el trauma del 11-S sigue vivo en familias que no estaban en las Torres
Una investigación del Columbia University Irving Medical Center detectó que más del 20% de los hijos adultos de rescatistas padece depresión y que la cuarta parte enfrenta trastornos de ansiedad, sin haber presenciado los atentados. El estudio advierte que el daño se transmite en la mesa, en el silencio y en la mirada de un padre o una madre que volvió marcado.

Me acuerdo de la primera vez que vi a una mujer, ya entrada en los cincuenta, contar frente a un café de Manhattan que su hija no había nacido todavía cuando las Torres se derrumbaron y, sin embargo, cada vez que escuchaba una sirena se le cerraba el pecho y le pedía que se metiera debajo de la cama. La hija hoy tiene veintipocos, trabaja en un hospital de Brooklyn y sigue durmiendo con la luz del pasillo encendida, como si el ruido de las ambulancias pudiera traer de vuelta algo que ella nunca vio. Cuando leí el trabajo que acaba de publicar la revista PLOS Mental Health, firmado por la psicóloga Yael Cycowicz y su equipo del Columbia University Irving Medical Center, lo primero que pensé fue que esa chica no era una excepción: era la regla silenciosa que la ciencia tardó veinticinco años en terminar de medir.
Lo que encontró el estudio y por qué importa
Los investigadores siguieron a 270 hijos adultos de 176 familias de bomberos, policías, paramédicos y operarios que trabajaron en la zona cero durante las semanas posteriores al 11 de septiembre de 2001. Todos esos chicos eran menores de 18 años cuando ocurrieron los atentados, así que ninguno presenció las torres cayendo ni las nubes de polvo barriendo las calles del bajo Manhattan. Y, aun así, los números duelen: más del 20 por ciento de esos hijos adultos presenta hoy un cuadro depresivo, y algo más de la cuarta parte arrastra algún trastorno de ansiedad, incluyendo ataques de pánico que aparecen sin aviso, de noche o en medio de un subte lleno.
“Los hijos no tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, su ansiedad, su desconfianza y su preocupación. Ese estado emocional se filtraba en la vida cotidiana, en la manera de mirar, de callar, de reaccionar ante una señal de alarma.”Yael Cycowicz, autora principal del estudio, Columbia University Irving Medical Center
Cycowicz, que lleva años entrevistando a familias dentro del World Trade Center Health Program, lo dijo con una frase que a mí, como lector y como cronista, me quedó dando vueltas: los hijos no necesitaban que se lo cuenten, lo absorbían. Y eso, sostiene la investigadora, explica por qué en ellos el cuadro dominante no es el estrés postraumático clásico, con sus imágenes recurrentes y sus flashbacks, sino la depresión y la ansiedad sostenida, que son más coherentes con haber crecido en una casa donde el aire estaba enrarecido, aunque la ventana estuviera abierta.
Qué variables pesaron más en los hijos
- El nivel de exposición del progenitor: los hijos cuyos padres llegaron más temprano a la zona cero, permanecieron más horas durante los primeros veinte días o manipularon restos humanos son los que presentan más síntomas.
- La salud mental actual de los padres: la depresión paterna se asocia con más depresión filial; el estrés postraumático paterno vigente se asocia con más estrés postraumático, más pánico y más depresión en los hijos.
- La calidad del vínculo familiar: las relaciones más tirantes o distantes se correlacionan con más síntomas depresivos y con mayor consumo problemático de alcohol en los hijos.
- La calidez del trato: cuando esa calidez disminuye, los niveles de ansiedad en los descendientes suben, como si el termómetro emocional del hogar se desregulase.
- El apoyo social externo: contar con redes comunitarias, vecinos, compañeros de trabajo o grupos de pares operó como un escudo parcial contra el deterioro.
Volví a pensar en aquella mujer del café mientras leía el listado de variables. Ella misma me había contado que su marido, bombero del FDNY, había estado cuarenta días en la pila, que después durmió dos años en el sillón del living porque la cama le quedaba grande, y que la nena, la que hoy duerme con la luz del pasillo encendida, dejaba de comer cada vez que él se iba a una guardia. No hubo nunca un grito, nunca una escena; hubo algo más de fondo, más difícil de nombrar, y por eso mismo más difícil de curar. Eso es exactamente lo que el paper de Cycowicz puso en cifras: que el trauma no se hereda en los genes ni en los relatos, sino en el clima de una casa, en la forma en que un padre vuelve a sentarse a la mesa, en la manera en que una madre cruza una calle mirando hacia arriba.
Como periodista y, sobre todo, como alguien que todavía se cruza con porteños que recuerdan aquel día con un nudo en la garganta, creo que la conclusión más honesta del estudio no es clínica sino humana: cuando un padre o una madre se rompe por dentro, la fractura se reparte en los platos, en las peleas sin causa, en las alarmas que nadie sabe por qué suenan. Y si algo nos deja este trabajo, veinticinco años después, es un recordatorio incómodo: atender la salud mental de quien volvió marcado del 11-S sin incluir a los que crecieron a su lado es, en el mejor de los casos, una cura a medias. La herida, parece, se atiende en familia o se perpetúa en silencio.
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