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La vibración que nunca llega: por qué el celular nos mantiene en vilo aunque lo dejemos en el sillón

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin describen los mecanismos que hacen que la atención quede enganchada al teléfono, incluso cuando no lo estamos usando, y explican cómo eso impacta en la vida familiar y, sobre todo, en los adolescentes.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 22 DE SEPT DE 2026 · 6 min de lectura

Me pasó el otro día mientras escribía esta nota: dejé el celular boca abajo sobre el escritorio, a dos metros, y a los pocos segundos sentí la certeza absoluta de que había vibrado. Lo di vuelta. No había nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida, ni una notificación de ninguna red social. La pantalla, negra y silenciosa, me miraba con la misma cara de siempre. Sin embargo, mi cabeza ya estaba en otra parte, preguntándose qué me había perdido, quién había intentado contactarme o qué conversación se había desatado mientras yo hacía otra cosa. Esa sensación tan chica y tan cotidiana es, justamente, la puerta de entrada al libro (Des)Conectados, donde el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, se proponen explicar por qué el teléfono nos tiene pendientes de él incluso cuando lo tenemos guardado, lejos o apagado. Lo que yo viví como un instante de distracción, ellos lo describen como un mecanismo de atención que se activa con la expectativa constante de recibir un aviso.

El cerebro en modo espera

Ballarini y Bonnin parten de una idea que a simple vista parece simple pero que cambia la manera en que uno mira el vínculo con el dispositivo: el teléfono no necesita sonar para que estemos atentos a él. Alcanza con que nuestro cerebro haya aprendido que, tarde o temprano, desde ahí puede llegar algo importante. Una respuesta de un amigo, un like a una foto, un comentario en un chat grupal del colegio, una noticia de último momento. Esa expectativa es suficiente para que cualquier roce de la ropa, cualquier ruido cercano o cualquier movimiento en el bolsillo sea interpretado por nuestro sistema nervioso como una posible señal de que llegó un mensaje. Lo que popularmente llamamos "notificación fantasma", esa vibración que no existe, no es un capricho ni una exageración: es la expresión física de un estado mental que se mantiene activo, en modo de espera, incluso cuando no estamos mirando la pantalla. Los autores insisten en que esta lógica no distingue edades ni niveles de experticia tecnológica: cualquiera que haya incorporado al celular como parte central de su vida cotidiana puede experimentarla.

El fenómeno tiene nombre técnico y un costado muy humano. En la literatura especializada se lo conoce como FOMO, la sigla en inglés de "fear of missing out", o miedo a quedarse afuera. Ballarini y Bonnin lo traducen y lo explican pensando en la vida familiar y, sobre todo, en los adolescentes. Para un chico o una chica de trece, quince o diecisiete años, perder el acceso a las conversaciones digitales de su grupo de amigos puede vivirse como una exclusión real. No es un capricho ni una exageración de teenagers: para ellos, las redes y los chats son el lugar donde se coordina salidas, se comparten códigos, se procesan conflictos y se construye la pertenencia. Quedarse sin acceso a ese flujo, aunque sea por unas horas, puede sentirse como quedarse afuera de la propia vida social. De ahí que la preocupación se desdobla: por un lado, está el temor a perderse actividades o reuniones que se están organizando; por el otro, la angustia por los intercambios en los que uno no puede participar, las risas que se acumulan en un chat al que no se entra, las respuestas que se arman mientras uno mira para otro lado.

La familia como campo de observación

Los autores ubican estos hábitos en un cambio cultural más amplio, que excede lo individual. Las pantallas dejaron de ser solamente ventanas para mirar cosas y pasaron a alojar conversaciones, vínculos afectivos y actividades que forman parte central de la vida diaria de grandes y chicos. Por eso, dejar el celular sobre la mesa, dejarlo en otro cuarto o dejarlo en la mochila al llegar a casa no siempre se vive como guardar una herramienta: puede sentirse, en algún registro íntimo, como abandonar por un rato un espacio donde uno es esperado, donde se dirimen cosas que importan. Esa lectura es clave para entender por qué cuesta tanto despegarse, por qué las vacaciones en familia suelen empezar con la promesa de "no usar el celular" y terminan con todos mirando la pantalla en la mesa, y por qué los padres muchas veces se encuentran a sí mismos replicando los mismos hábitos que critican en sus hijos. Ballarini y Bonnin no moralizan: ponen el foco en los mecanismos para que cada familia pueda reconocerlos y, a partir de ahí, decidir qué hacer con ellos. Reconocer la dependencia, dicen, no pasa solamente por contar cuántas veces se desbloquea la pantalla en una hora. Pasa también por advertir la preocupación constante por perderse algo, la expectativa permanente de que llegue un mensaje, esa especie de zumbido de fondo que no se apaga ni cuando uno se va a dormir.

Recuperar recursos para pensar

El planteo de (Des)Conectados apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos terminen concentrando todo el esfuerzo de pensar de una persona o de una familia. Estar pendientes de las novedades digitales, explican los investigadores, reduce los recursos cognitivos disponibles para concentrarse en lo que ocurre alrededor: la cara del interlocutor, el ruido del colectivo, el aroma del mate, la tarea pendiente, la conversación que se está teniendo en la mesa de al lado. La atención, dicen, es un recurso finito: cada vez que se desvía hacia el teléfono, se le quita tiempo y energía a otra cosa. Los autores relacionan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención en tareas que no tienen nada que ver con la pantalla, como estudiar para una prueba, seguir el hilo de una película o mantener una charla cara a cara sin que la cabeza se escape hacia el bolsillo.

Cuando terminé de leer el libro y volví a mirar mi celular, ahí estaba otra vez la pantalla, negra y silenciosa como antes. Esta vez no me apuré a darla vuelta. La dejé donde estaba y volví a la nota. No es que haya descubierto la fórmula para dejar de pensar en el teléfono, ni mucho menos. Pero entender que cada vibración fantasma es la marca de un mecanismo de expectativa, y no un descuido mío, fue suficiente para empezar a mirar la escena con otros ojos. Me queda la sensación de que Ballarini y Bonnin no escribieron (Des)Conectados para culpabilizar a nadie, ni para pedir que apaguemos los celulares. Lo escribieron para que cada uno pueda reconocer estos mecanismos en su propia vida, en la de sus hijos, en la de sus padres, y a partir de ahí decidir cuánto espacio está dispuesto a cederle al teléfono. Al final, la pregunta que deja abierta es de las que se contestan en la mesa familiar, un domingo a la tarde, con el aparato a un metro de distancia: cuánto de nuestra atención estamos dispuestos a seguir prestando a la pantalla, y cuánto queremos empezar a devolverle al resto de la vida.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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