La tormenta que ya suena afuera: lo que cada vecino de Neuquén puede hacer antes de que el agua se lleve la calma del barrio
Una alerta amarilla cubre toda la provincia con acumulados que podrían pasar los 35 milímetros; el municipio salió a limpiar sumideros y pidió un compromiso simple pero clave: no tocar las rejas, no sacar la basura y prepararse en casa.

Lo veo desde la ventana mientras escribo: el cielo sobre Neuquén se está poniendo de ese color plomizo que en esta ciudad siempre anuncia lo mismo, una tormenta corta pero intensa, de esas que en veinte minutos te cambian la cuadra. El Servicio Meteorológico Nacional ya colgó la alerta amarilla para toda la provincia y, según los partes que circulan, los acumulados podrían moverse entre los 10 y los 35 milímetros, con chances de superarse en algunos puntos. Hablo de lluvia, sí, pero también de ráfagas y de granizo ocasional, la combinación que más dolores de cabeza les termina dando a los vecinos de la zona baja, entre la barda y el río.
Antes de meterme en los números quiero contar una escena que me parece que resume todo. Imaginen a una vecina, le digo Marta aunque no importa el nombre, que vive en un primer piso sobre calle copacabana y que cada vez que llueve fuerte sale al balcón con la cámara del teléfono, no por turismo sino para ver si la esquina de abajo se vuelve un río. El mes pasado me decía, casi resignada, que ya no sacaba más la basura los días de tormenta porque las bolsas terminaban flotando contra la reja del sumidero y tapándolo. Esa imagen, la bolsa de residuos trabando el desagüe, es exactamente la pesadilla que repite una y otra vez el municipio cuando se sienta a explicar por qué se inunda Neuquén.
Por qué esta vez la preocupación es mayor
Lo que vuelve a esta alerta diferente no es tanto la cantidad de agua esperada sino el punto de partida. La semana que termina ya dejó en la zona acumulados que superaron el promedio anual, y eso significa que el suelo está saturado y que el sistema pluvial trabaja con el tanque lleno. La ciudad recibe además el agua que baja rápido desde la barda hacia el río, un clásico de la geografía local, y cuando el suelo ya no absorbe, cada milímetro extra se traduce en calles anegadas. A eso se le suma la velocidad con que el agua corre: no siempre da tiempo a reaccionar.
Para intentar llegar un paso adelante, cuadrillas municipales vienen haciendo tareas preventivas en sumideros, canales entubados y canales a cielo abierto. La ciudad tiene 360 sumideros y, como me lo hicieron notar más de una vez, mantenerlos limpios es lo único que permite que el agua escurra sin armar ríos improvisados sobre el asfalto. Pero los trabajos afuera no alcanzan si adentro, en cada casa, no se hace la parte que corresponde.
Lo que el municipio pide y por qué cuesta tanto cumplirlo
- No levantar las rejas de los sumideros bajo ninguna circunstancia, por más que el agua se acumule alrededor. Si hay mucha agua no se ve la abertura y se puede caer una persona, un animal o un vehículo. Las rejas no están para frenar el agua sino para impedir que entren residuos y obstruyan el sistema.
- Limpiar las canaletas de la vivienda antes de que llegue la tormenta, una tarea simple que muchas veces queda pendiente y que cuando falla genera filtraciones en techos y paredes.
- Pospone la salida de la basura hasta el viernes, una vez levantada la alerta. Sacar las bolsas en plena tormenta es casi asegurar que terminen sobre las rejas, tapándolas.
- Evitar circular por sectores anegados cuando no se puede estimar la profundidad del agua. Lo que parece un charco profundo puede esconder un pozo o una tapa desplazada.
- Esperar uno o dos días antes de reclamar por un sumidero tapado en la cuadra: si la cuadra se inundó de cordón a cordón, lo más probable es que haya un tapón dentro del sistema que recién se puede destapar cuando baja el nivel.
“Se puede caer una persona, un animal o un vehículo, porque si hay mucha agua no lo ves. Las rejas no frenan el agua, lo que hacen es impedir que los residuos entren al sistema y lo obstruyan.”Cristian Haspert, subsecretario de Limpieza Urbana de la Municipalidad de Neuquén
Haspert me lo dijo con una paciencia que a esta altura parece la de un médico explicando algo por tercera vez: el enemigo no es el agua, son los residuos. Botellas, cartones, plásticos y bolsas que llegan desde la vía pública o de cestos mal cerrados, y que cuando se junta una cantidad suficiente forman un tapón dentro del conducto. En esos casos, ni los mejores barrenderos pueden hacer magia: hay que esperar a que baje el nivel para entrar a destapar. Por eso la prevención, la de cada vecino en su cuadra, termina siendo tan importante como el trabajo de las cuadrillas.
Vuelvo a Marta, mi vecina imaginaria, para cerrar como empecé. El viernes, si el pronóstico se cumple y la inestabilidad empieza a ceder, va a sacar la basura como siempre, va a mirar el balcón y va a comprobar, con alivio, que esta vez el agua bajó sin hacer de las suyas. No va a ser gracias a la suerte sino a una cadena de decisiones chicas que arrancan en cada casa: limpiar la canaleta, no sacar la bolsa en mal momento, no levantar la reja para que baje más rápido, porque más rápido no va a bajar y encima alguien puede lastimarse. En una ciudad donde el agua siempre vuelve, aprender a convivir con ella empieza por ahí, en esos gestos simples que repetidos por miles terminan marcando la diferencia entre una tormenta más y un barrio entero bajo el agua.
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