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La mochila sin cierre: cuando el acoso escolar se muda al celular y no deja dormir a nadie

Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el bullying y el ciberbullying forman hoy un mismo circuito: lo que empieza en el patio puede seguir toda la noche en un grupo de WhatsApp y volver al aula a la mañana siguiente. El fenómeno no distingue horarios y exige una respuesta conjunta de familias, escuelas y equipos de salud.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 4 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Son las once de la noche y la pantalla del celular de Milena, de doce años, vuelve a encenderse sola. Ella la deja boca abajo sobre la mesa de luz, pero igual escucha el zumbido de los mensajes que llegan al grupo del grado. Son los mismos compañeros que esa tarde la dejaron afuera del juego en el recreo, los mismos que ahora escriben sobre ella sin nombrarla del todo, lo justo para que cualquiera entienda. La nena mira el techo, se da vuelta, mira la pantalla otra vez. Su mamá, Laura, entra al cuarto cuando nota la luz filtrada por debajo de la puerta y encuentra a la chica despierta, con los ojos irritados y el teléfono apretado contra el pecho. Eso, dice la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), ya no es un episodio aislado de bullying: es el mismo acoso, sin solución de continuidad entre el patio y la cama.

La SAP acaba de publicar un documento trabajado por ocho de sus comités y subcomisiones especializadas que describe cómo el bullying y el ciberbullying se volvieron, en los hechos, una sola cosa. La agresión que empieza en el aula puede continuar horas después por WhatsApp, redes sociales o videojuegos y meterse en el cuarto del chico sin que haya forma concreta de desconectarse. Las consecuencias que enumeran los pediatras van desde dolores físicos, cefaleas y alteraciones del sueño hasta cuadros de ansiedad, aislamiento y depresión, con el detalle inquietante de que los síntomas suelen prolongarse incluso cuando la situación cesa.

Una agresión que no tiene horario de cierre

“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Doctora Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP
  • Mensajes de odio y burlas reiteradas.
  • Acecho o seguimiento constante en redes.
  • Votaciones o encuestas para humillar a un compañero.
  • Perfiles falsos y suplantación de identidad.
  • Difusión no consentida de información privada o íntima.
  • Exclusión deliberada de grupos y chats.
  • Manipulación de fotos, videos y memes.
  • Uso de herramientas de inteligencia artificial para editar y viralizar contenidos alterados.

El documento aclara algo que parece obvio y no lo es: no toda pelea entre chicos es bullying. Para hablar de acoso escolar tienen que coincidir tres condiciones, y las tres pesan: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que deja a quien lo sufre sin manera real de defenderse ni de cortar el circuito. El acoso puede ser físico, verbal o relacional, y esta última forma, la que excluye, la que deja afuera, es la que más se mimetiza con el mundo digital.

La SAP insiste en que se trata de un fenómeno grupal, y por eso pide que la respuesta no recaiga sobre el chico hostigado. Los compañeros que miran sin decir nada, los adultos a cargo, las familias y la institución educativa forman parte del mismo problema y, también, de la misma solución. Pedirle al nene o a la nena que resuelva solo es, según los pediatras, una de las cosas que nunca hay que hacer, del mismo modo que minimizar lo que cuenta cuando llega a casa.

En el caso de Milena, la movida empezó cuando Laura decidió hablar con la tutora y, sobre todo, cuando la propia escuela tomó el tema como algo institucional y no como un conflicto entre dos. La chica sigue yendo a la misma escuela, sigue usando el celular, pero ahora duerme con el aparato en la cocina y no debajo de la almohada. Es un detalle chico, parece, pero los pediatras lo saben: cuando el acoso deja de tener horario de cierre, volver a tener una noche sin pantalla encendida ya es un primer paso.

EZ
Esteban ZapataSociedad y vida

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