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La mano que sostiene: cómo el contacto físico calma el miedo y la ansiedad

Una caricia, un apretón de manos o un abrazo pueden modificar lo que siente el cuerpo entero. La neurocientífica Paula Salamone explica por qué funciona, qué cambia cuando el gesto lo hace otro y qué papel juega la cultura en la cercanía entre las personas.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 24 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acompañé a mi tío César el día que le confirmaron el diagnóstico. Él se sentó en la mesa del comedor, con las manos cruzadas, y yo me acerqué y le tomé la derecha, sin decir nada. Pasaron unos minutos largos y, despacio, él fue aflojando los dedos, los hombros le bajaron y respiró hondo. Me dijo, casi en un susurro: "ya está, ya pasó". Aún hoy, cuando me preguntan por qué el contacto físico puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad, pienso en ese momento.

La pregunta no es menor y la ciencia viene respondiéndola hace años. Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, lo resume en términos simples pero contundentes: tomar una mano, abrazar o acariciar a alguien interviene en la regulación de las emociones y en las respuestas del organismo frente al estrés. Es decir, no se trata solo de un gesto simbólico o de cortesía: algo cambia adentro del cuerpo del otro cuando lo tocamos con intención de acompañar.

Lo que pasa cuando alguien nos toma la mano

Salamone describe que el efecto del tacto recorre distintas partes del sistema nervioso. Ella investiga, precisamente, cómo se relacionan los estímulos que llegan a la piel con la actividad cerebral, con la médula espinal y con las respuestas del resto del cuerpo. Cuando alguien recibe una caricia o un masaje, esas reacciones fisiológicas vinculadas al estrés pueden modificarse y dar paso a otras asociadas a la relajación.

Hay un caso que la especialista suele remarcar: el de los chicos que, ante una situaciín que les da miedo, buscan la mano de un adulto. Esa conducta, estudiada en distintos laboratorios del mundo, está directamente asociada a una reducción del temor. No es un capricho ni un reflejo vacío: es una manera primitiva y eficaz de pedirle al cuerpo del otro que nos ayude a regular lo que nosotros no podemos en ese momento.

Por qué no es lo mismo que te toques vos

Todos, en algún momento, nos tocamos a nosotros mismos para calmarnos: nos acariciamos el cabello, nos pasamos la mano por la barba, nos frotamos el cuello cuando una reuniön se pone tensa. Salamone señala que ese autocontacto también cumple una función regulatoria, pero la respuesta no es igual. El cerebro distingue entre las acciones que uno mismo ejecuta y los estímulos que llegan desde afuera. Cuando viene de otro, el mensaje pesa distinto: hay un otro detrás, hay una intención, hay un lazo.

Las cosquillas son, según la especialista, una ventana privilegiada para entender esa diferencia. Si uno intenta provocárselas, anticipa dónde, cuándo y cómo vendrá el contacto, y esa previsión le quita sorpresa y baja la intensidad de la sensación. Cuando las hace otra persona, en cambio, queda un componente de incertidumbre. Y hay algo más: las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social, de manera que también allí el cuerpo registra que hay un otro dispuesto a vincularse.

La cultura marca cuánta distancia ponemos

La distancia a la que nos sentimos cómodos no es universal. Salamone contó que durante su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era una escena absolutamente habitual. En Buenos Aires, esa misma charla habría parecido un extraño extrañamiento. La especialista aclara que esas diferencias no implican que se sientan emociones distintas, sino que cada cultura construye su propio lenguaje para expresarlas y para vincularse. Somos el mismo animal, pero con gramáticas corporales diferentes.

En Argentina, Salamone integra el Tango-i Lab, un equipo que estudia la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, esa sensación perturbadora de sentirse ajeno al propio cuerpo. El grupo también investiga si la falta de interacción física durante los meses de aislamiento por la pandemia dejó huellas en la población. Todavía es una pregunta abierta, pero la sospecha inicial es que el desuso prolongado de la cercanía puede haber modificado, aunque sea de manera sutil, la manera en que nos vinculamos.

Vuelvo a aquel miércoles en lo de mi tío César. Él me dijo después que no recordaba qué le había dicho el médico en los primeros minutos después del diagnóstico. Sí recuerda, en cambio, que le sostuve la mano y que, de algún modo, eso lo trajo de vuelta a la sala. Quizás no haga falta entender todo lo que pasa en el sistema nervioso para saber lo que muchos ya intuimos: a veces, una mano que acompaña dice más y calma más que cualquier frase bien intencionada.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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