La hora más difícil de la mañana: por qué lo que un chico desayuna puede cambiar su rendimiento en la escuela
Una revisión de estudios internacionales encontró una asociación entre saltearse el desayuno y obtener peores resultados escolares. Especialistas y dietistas coinciden en que la organización del día anterior puede ser la llave para sostener la costumbre sin correr contra el reloj.

Son las siete y veinte de la mañana, Mariana abre la puerta de la heladera y la cierra con la misma velocidad con la que la abrió. No hay leche, no hay yogur, no queda nada de ayer que pueda salvar la primera comida del día. Su hija de diez años agarra la mochila, le pide que le firme una autorización para el viaje de egresados y sale corriendo hacia la parada del colectivo con el estómago vacío, igual que ocurrió el lunes y casi igual que va a ocurrir el miércoles. A Mariana le quedan veinte minutos para llegar a su trabajo y la cabeza le va a mil: otra vez no llegó, otra vez ganó la locura de la mañana.
La escena se repite, con distintos protagonistas y distintos barrios, en miles de hogares argentinos. Una revisión sistemática que reunió 45 estudios internacionales, publicada en los últimos años y analizada por Cleveland Clinic, encontró que comer por la mañana puede beneficiar la atención, la memoria y la función ejecutiva de chicos y adolescentes en comparación con quienes continúan en ayunas. Los resultados, aclaran los autores, variaron según las pruebas aplicadas y las características de los participantes, y los beneficios aparecieron con mayor frecuencia cuando existían contextos de alimentación insuficiente o desnutrición.
Una asociación, no una condena
En paralelo, un análisis que reunió 24 investigaciones observacionales vinculó la falta de desayuno con un mayor riesgo de desempeño académico bajo. Lo que ninguno de esos trabajos puede demostrar es que omitir esa comida provoque, por sí sola, malas calificaciones. También pueden intervenir el descanso nocturno, las condiciones económicas del hogar, la alimentación general a lo largo del día y las rutinas de estudio. La lectura cuidadosa de la evidencia, coinciden los especialistas, lleva a una conclusión prudente: hay motivos para prestar atención al hábito, aunque todavía faltan respuestas definitivas sobre qué desayunar ni en qué cantidad.
En diálogo con la prensa especializada, la dietista Jennifer Hyland, de Cleveland Clinic Children’s, explicó que después del ayuno nocturno es habitual que aparezcan cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física, justo en las primeras horas de actividad escolar. Para la especialista, el objetivo es que las prisas de la mañana no terminen empujando a chicos y adolescentes a pasar toda la jornada sin una comida que les ordene el cuerpo y la cabeza.
Qué poner en el plato para que aguante
“La idea es reunir proteínas y fibra, que ayudan a mantener la saciedad y evitan que el hambre vuelva a aparecer a mitad de clase.”Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s
- Un huevo acompañado de una tostada integral.
- Un cereal integral servido con leche y fruta fresca.
- Yogur griego mezclado con granola de bajo contenido en azúcar.
- Avena remojada durante la noche, lista para servir.
- Huevos hervidos y fruta ya lavada, preparados desde la tarde anterior.
- Sándwiches de huevo que se calientan en el momento, una opción que la propia Cleveland Clinic sugiere freezar para resolver el desayuno en minutos.
Hyland también recomienda moderar las opciones con mucho azúcar porque, según detalla, pueden dejar hambre al poco tiempo y provocar un descenso posterior de la energía, justo cuando los chicos tienen que rendir en el aula. A su vez, aclaró que las necesidades de proteína de los más chicos no deben darse por supuestas, ya que no existe una cantidad única que sirva para todos: la elección depende de las preferencias, la edad y el tiempo disponible en cada familia.
Volví a pensar en Mariana mientras leía las recomendaciones de Hyland. La diferencia entre aquella mañana en que la heladera estaba vacía y una mañana posible está casi siempre en la tarde anterior: una olla con avena remojada, una hilera de huevos hervidos en la puerta de la heladera, frutas lavadas y guardadas en un recipiente a la vista. Son pequeñas decisiones que cambian la pelea de las siete de la mañana. La ciencia todavía no pudo definir un desayuno ideal ni demostrar beneficios sostenidos de programas escolares específicos, pero sí acumuló evidencia suficiente como para decirle a cualquier madre o padre agobiado: vale la pena tomarse unos minutos antes de que termine el día y dejar lista la primera comida del siguiente. A veces, las soluciones más concretas nacen en el horario más insospechado.
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