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Joshua Slocum, el hombre que le ganó al mar sin cronómetro y sin saber nadar

En 1898 se convirtió en el primer navegante solitario confirmado en dar la vuelta al mundo, a bordo del Spray, un balandro de once metros que él mismo reconstruyó. Once años después zarpó otra vez hacia el sur y nunca volvió. Su historia combina oficio artesanal, humor de marinero y un misterio que sigue abierto.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 4 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Lo veo todavía, cada vez que paso por la escollera de un puerto cualquiera: el perfil de un balandro chico, pintado de blanco, entrando despacio con un solo hombre en cubierta, sin fanfarria ni estela de humo, apenas el ruido del agua contra la fibra del casco. Esa imagen, que probablemente nunca vuelva a repetirse tal como fue, la protagonizó hace más de un siglo un canadiense de Nova Scotia llamado Joshua Slocum, el primer navegante solitario del que hay registro en haber dado la vuelta entera al mundo. Y también el último que quiso repetir el viaje y no volvió para contarlo.

Para entender a Slocum hay que mirar primero al hombre y después al marino. Nacido en 1844 en una familia rural, se embarcó a los dieciséis como cocinero y grumete para escapar de la granja. De ahí en adelante, el océano fue su única escuela estable: navegó como oficial mercante, llegó a capitanía, tuvo esposa y familia a bordo, y cuando el mundo empezaba a migrar al vapor, él quedó varado en tierra, sin trabajo y con las manos llenas de un oficio que ya no servía para los astilleros de la época.

Un balandro rescatado de un pastizal

En ese momento aparece el Spray, que es casi un personaje más de la historia. Slocum lo recibió en un campo de Massachusetts, podrido, medio hundido entre el pasto, sin valor comercial. Lo reconstruyó tabla por tabla durante trece meses, con herramientas manuales y un conocimiento que había ido juntando durante décadas de navegación. El resultado fue un balandro pesquero de once metros, modesto, robusto, pensado para aguantar lo que un capricho de su dueño quisiera imponerle.

El 24 de abril de 1895, ese barquito zarpó del puerto de Boston con Slocum como única tripulación. No hubo expedición oficial, ni patrocinio, ni prensa esperando en el muelle. Era un capitán sin trabajo que apostaba a lo único que sabía hacer. La travesía le llevó tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas: bajó por el Atlántico, pasó el Estrecho de Magallanes y bordeó el cabo de Hornos, atravesó el Pacífico, recaló en Oceanía, subió por el índico y volvió a entrar a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Nadie, que se tenga documentado, había cerrado esa circunnavegación completamente solo antes que él.

El reloj de hojalata, las tachuelas y el piloto fantasma

  • Navegó sin un cronómetro marino en condiciones: llevaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal, y compensaba esa limitación con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida desde la adolescencia.
  • No sabía nadar. Decía que, en medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía, una frase que hoy suena extrema pero que, en su lógica de marinero, era una manera práctica de asumir dónde estaba parado.
  • En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que querían abordar el Spray de noche, esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, las pisaron y huyeron.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se le pasó la fiebre, el balandro seguía navegando con rumbo firme.

Lo que volvía a Slocum distinto no era la valentía a secas, sino la cabeza con la que resolvía cada problema. En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, primero como serie en revistas y después como libro, y ahí quedó registrada esa voz seca, irónica y precisa, la de un hombre que mezclaba el cálculo náutico con un humor sin épica impostada. El libro fue un éxito inmediato y le devolvió una fama que a él, por lo que se conoce, no le cambió demasiado la vida.

Porque la fama no lo ancló. En noviembre de 1909, con 65 años, Joshua Slocum zarpó una vez más, esta vez desde el puerto de Nueva York, con el Spray cargado hacia el sur. Iba rumbo al río de la Plata, dicen algunos cronistas; otros lo ubican con destino a las Antillas o al Caribe. Nunca llegó. No hubo testigos del naufragio, no se encontraron restos del barco, y con los años se tejieron hipótesis que iban desde un temporal en el Atlántico norte hasta un posible accidente en la costa de Martinica o de Barbados. Lo concreto es que el mar se lo quedó, como él mismo, de algún modo, había descrito que hacía con los que se empeñaban en atravesarlo sin condiciones.

A mí, cada vez que alguien me pregunta por qué importa la figura de Slocum, lo que me gusta responder es lo siguiente: no por el récord, que envejeció rápido, ni por la hazaña deportiva, que otros repitieron después con más tecnología y más sponsors. Me importa por el cuadro completo, por ese hombre grande, entrado en años, sin saber nadar y sin cronómetro, saliendo de Boston con un balandro reconstruido por él mismo, y por el mismo hombre, ya viejo, volviendo a subir a cubierta para un último viaje del que no volvió. Lo imagino ajustando las drizas con las manos endurecidas, mirando el horizonte con la misma cara con la que habrá mirado el pastizal de Massachusetts el día que encontró el casco del Spray. Y me parece que, si uno quiere entender algo sobre la relación de los argentinos con el río y con el mar, conviene empezar por esta historia: por la de un navegante solitario que le ganó una vez al mundo y al que, a la segunda, el mundo le ganó a él.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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