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Lunes, 12 de octubre de 2026
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Jim Henson, el hombre que se negó a dejar morir al niño que llevaba adentro

El creador de los Muppets cumplió medio siglo de vida y de oficio: de un programa cancelado a las tres semanas hasta un imperio de títeres que todavía enseña, entretiene y emociona. Un recorrido por la filosofía de un artesano que entendió mejor que nadie que la risa es una manera de mirar la vida de costado.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval · · 5 min de lectura
Jim Henson, el hombre que se negó a dejar morir al niño que llevaba adentro

Me lo imagino todavía hoy, como si lo hubiera visto ayer sobre un escenario de utilería modesta, con las manos metidas en un cuerpo de felpa verde y esa sonrisa cómplice que sólo tienen los que se niegan a crecer del todo. Jim Henson empezó exactamente así, a los 17 años, haciendo de titiritero en un programa infantil que los productores sacaron del aire a las tres semanas. Tres semanas, ni una más. Pero de ese tropezón salió algo que ninguno de los ejecutivos de aquel canal podía haber sospechado: la semilla de un universo que, varias décadas después, sigue hablando con la misma frescura a chicos, a grandes y a esos adultos que todavía se ríen con los mismos chistes que miraban de niños.

La historia posterior ya es conocida, pero conviene repasarla con calma porque tiene la textura de una saga. Junto a Jane Nebel, su primera esposa y socia de toda la vida, Henson armó "Sam and Friends", un ciclo de cinco minutos que se metía entre programa y programa y que funcionó como laboratorio: allí nacieron los trucos, los timings y la manera de mover la mirada hacia los ojos del títere que después se volvería sello de la casa. De ese pequeño taller salieron los Muppets, después "Barrio Sésamo", más tarde "Fraggle Rock" y una cantidad de especiales y películas que todavía hoy se citan como referencia ineludible del género.

Una filosofía de trabajo que cabe en una sola frase

Lo que distingue a Henson de otros titiriteros no es sólo la cantidad de personajes que supo poblar ni la cantidad de horas de televisión que llegó a producir. Es la idea que sostuvo toda su carrera y que se puede resumir en una frase que a mí, cada vez que la releo, me sigue pareciendo una de las mejores definiciones de oficio que se hayan escrito: "La gente más sofisticada que conozco son todos niños por dentro". Esa convicción no era un eslogan ni un recurso de marketing: era el motor de cada decisión creativa, desde la manera en que hacía hablar a la rana Gustavo hasta el modo en que elegía los temas para los especiales familiares.

El método tenía, además, una lógica muy concreta. Henson solía decir que los personajes más interesantes que había creado tenían una fijación o un rasgo que se podía exagerar, y que en esa exageración estaba la comedia, pero también la puerta de entrada para que el público se reconociera. No era un mecanismo de caricatura, sino casi un espejo amable: si la Cerdita Peggy era puro miedo al mundo, si Gustavo era un rockero inseguro disfrazado de estrella, si Beto era el eterno ayudante que se las arreglaba para quedar siempre a medias, era porque cada uno de nosotros carga con alguna de esas fijaciones y necesita, de tanto en tanto, reírse de ella para poder seguir adelante.

“Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca.”Jim Henson

El absurdo, en la mirada de Henson, no era un atajo ni un recurso facilongo: era una manera de acercarse a la realidad. La frase que dejó sobre el absurdo podría firmar cualquiera de los grandes humoristas de cualquier generación, pero en su caso tenía un sentido casi artesanal, de quien sabe que un títere con ojos de plástico puede decir verdades que un actor de carne y hueso a veces no se anima. Esa poética del disparate cotidiano fue lo que permitió que personajes tan distintos entre sí terminaran compartiendo pantalla y, sobre todo, público: chicos que se reían con el gag del momento y grandes que entendían, dos segundos después, que el chiste hablaba de ellos.

Henson murió en mayo de 1990, a los 53 años, a causa de un choque tóxico provocado por una infección bacteriana. Tenía proyectos en marcha, una productora activa y la sensación, confirmada por colegas y por quienes lo conocieron de cerca, de que estaba en uno de los mejores momentos creativos de su vida. Su muerte dejó un hueco que la industria tardó años en procesar, aunque el tiempo demostró que el legado estaba más que firme: las franquicias que creó terminaron recalando en el catálogo de Disney y siguen siendo objeto de revisión, de estudio y, sobre todo, de disfrute genuino de nuevas camadas de público que no habían nacido cuando él todavía acomodaba los hilos detrás del escenario.

La pregunta que queda flotando en el aire

Uno termina la lectura de su trayectoria y se queda con una duda que no es menor, y que me parece justo compartirla porque a mí, como espectadora y como cronista, me atraviesa cada vez que pienso en televisión para chicos: ¿sigue siendo viable, en la pantalla de hoy, esa combinación de humor absurdo y ternura que Henson construyó como nadie, o el formato que él inventó ya quedó como pieza de museo, admirable pero irrepetible? No tengo una respuesta cerrada, y sospecho que Henson, si pudiera contestarnos, se hubiera reído antes de intentarlo, que era su manera favorita de empezar a pensar.

Mi recomendación, si alguien quiere entender de verdad quién fue Jim Henson y por qué importa, es la siguiente: no empezar por las películas ni por los especiales más famosos, sino por los episodios viejos de "Sam and Friends" y por los primeros capítulos de "Fraggle Rock". Ahí, en blanco y negro y con la imagen un poco gastada, se ve el momento exacto en que un joven titiritero de diecisiete años, que acababa de quedarse sin trabajo, decidió que el próximo programa lo iba a hacer a su manera. El resto, como se dice siempre pero que en este caso es literalmente cierto, es historia de la tele.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval

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