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Hot Wheels Infinite Rush: cuando la maqueta se rompe y la pista se vuelve mundo

Milestone acaba de soltar un juego de mundo abierto con los autos más famosos del planetario de colección, más de 150 modelos, cuatro islas para desarmar con el guardabarros y un planteo que le habla de frente a los que crecieron armando pistas en el living de la casa.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval · 7 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Me acuerdo de la primera vez que vi una pista naranja de Hot Wheels doblada entre dos sillones y una mesita de luz: para mí eso era un autódromo de Fórmula 1, y al mismo tiempo un mapa del tesoro. Ahora, ya con unos cuantos años encima, me senté frente a la pantalla con la misma sonrisa boba a probar Hot Wheels Infinite Rush, la nueva entrega que Milestone acaba de lanzar y que se anima a romper la lógica de la pista cerrada para llevarnos a un mundo abierto. La sensación, en las primeras curvas, es exactamente la de volver a chocar ese cochecito contra la pilastra del comedor y que nada, ni siquiera la pared, quedara en pie.

Cuatro islas para perderse (y romper todo a la pasada)

  • Wheelswood, una ciudad con rascacielos, tránsito y un look urbano bien marcado.
  • Tentacle Bay, bioma costero con playas, acantilados y rutas pegadas al mar.
  • Gearville, zona industrial con naves enormes, dunas de desierto y caminos de tierra.
  • Drifty Temples, región de inspiración oriental con pasos de montaña ideales para ir de costado.

El corazón del juego está dividido en esas cuatro islas temáticas que funcionan como un único mapa conectado, sin las barreras de las pistas tradicionales. La idea es simple y a la vez ambiciosa: soltar al jugador con el acelerador a fondo y dejarlo elegir si quiere cruzar una ciudad a toda velocidad, meterse por una duna o tirarse a derrapar por una ruta de montaña. Lo que más me enganchó es que el entorno reacciona: los árboles se parten, las columnas de luz se doblan, los autos civiles salen despedidos. Cada pasada deja huella y eso, para los que crecimos empujando un cochecito por una maqueta imaginaria, tiene un valor casi sentimental.

Cuatro categorías para no aburrirse nunca al volante

La conducción se reparte en cuatro familias bien diferenciadas y eso cambia por completo la manera de encarar cada zona del mapa. Los bólidos están hechos para correr en línea recta y recargar turbo cuando uno los estira a fondo; los derrapadores convierten cada curva cerrada en una oportunidad para cargar nitro; los equilibrados generan energía con casi cualquier maniobra, así que son los más amigables para los que recién se sientan al volante; y los Titanes, los todoterreno de la historia, vienen con turbo de recarga automática y se bancan el terreno roto como si nada. Lo más lindo es que el cambio entre categorías es inmediato, sin cortar la marcha: apretás un botón y seguís derecho, como si tuvieras cuatro autos distintos en el bolsillo y los pudieras ir rotando según el paisaje.

Para los que coleccionan de verdad, el catálogo pasa los 150 vehículos entre prototipos de la propia marca Hot Wheels y licencias de fabricantes reales. Cada modelo viene con su ficha histórica y encima hay un editor para cambiar pintura, rines e interiores, así que la costumbre de tener el cochecito más raro de la colección se traslada tal cual al videojuego. A eso se le suman modos multijugador competitivos con ranking, partidas cooperativas y otras más casuales para jugar sin presión, más un editor de pistas personalizadas para el que quiera armar su propia locura y compartirla.

Lo que brilla y lo que todavía patina

En el plano técnico, el juego se banca los 60 fotogramas por segundo de manera estable, algo que en un arcade de velocidad no es un detalle menor sino casi una obligación, y el sonido es de lo mejor del paquete: el impacto metálico, el chillido del derrape y el motor empujando en una recta larga están muy bien resueltos. Donde la cosa pierde un poco de aceite es en algunas texturas del entorno que cargan con un poquito de retraso y, sobre todo, en los tiempos de espera al reaparecer en la isla después de terminar un evento, que rondan el minuto y cortan el ritmo justo cuando uno se prende. Tampoco hay una campaña con historia ni personajes: la propuesta es explorar y acelerar, sin un hilo conductor formal, algo que en las primeras horas se disfruta y después puede empezar a sentirse como una limitación.

Aún con esas luces y sombras, Hot Wheels Infinite Rush encuentra su público sin esfuerzo: el fanático de la marca que quiere manejar sus modelos favoritos, el jugador grande que busca acción sin complicarse con manuales interminables y, por qué no, el ex chico que un domingo a la tarde se anime a desarmar una isla entera con el guardabarros. Mi recomendación, si se dejan llevar por la nostalgia, es entrar con la cabeza abierta y con el turbo cargado: este juego no pide que uno sea un piloto profesional, sino que recuerde lo que se siente cuando la pista la inventás vos.

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Ludmila PintosCultura y carnaval

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