Sábado, 26 de septiembre de 2026
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Holder, el cuerpo como espejo: entre los 125 kilos del encierro y la química de Ibiza

El exparticipante de Gran Hermano mostró dos imágenes opuestas de su físico y dejó un mensaje incómodo: ninguna de las dos versiones representa un estado saludable. Una crónica sobre los clavos invisibles de las redes, contada en primera persona desde el corsódromo de las apariencias.

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Ludmila PintosCultura y carnaval · 11 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

A veces el escenario más ruidoso no tiene luces, ni pasistas, ni batería de comparsa. A veces el escenario es una foto de Instagram que alguien guarda durante meses por vergüenza y un día, sin más, comparte. Eso hizo Tomás Holder cuando puso en su perfil dos imágenes que parecían sacadas de dos personas distintas: una de mayo de 2025, con 125 kilos en el cuerpo y una mirada que parece pedir permiso para existir, y otra de julio de este año, en una playa de Ibiza, con una definición que parece tallada a bisturí y que, sin embargo, él mismo se encarga de desinflar.

Confieso que me detuve a mirar esas dos fotos como si estuviera frente a una comparsa que entra al corsódromo desde los dos extremos de la avenida: un lado marchando con todo el peso del universo encima, el otro mostrando una coreografía tan aceitada que uno sospecha que algo en el backstage no encaja. Holder no tardó en advertirlo. Lejos de festejar la postal ibicenca, aclaró que ese físico no es real, ni sano, y que tiene un soporte químico. La frase me quedó dando vueltas, porque invertir la lógica de la foto fitness ya es, en sí mismo, un acto raro en las redes.

Mayo de 2025: el cuerpo como consecuencia de un mal momento

Para entender la primera foto hay que entender el invierno emocional que la hizo posible. Holder contó que dejó el gimnasio siete meses antes, que se encerró en su casa, que pasaba hasta doce horas por día frente a la PlayStation y que su alimentación se sostenía, básicamente, en comida chatarra. "No encontraba rumbo, no encontraba soluciones", dijo al recordar esa etapa, y uno escucha la frase y entiende que el cuerpo no era el problema, sino el termómetro de algo que se había roto por dentro. Por eso, según él mismo contó, tuvo esa foto guardada tanto tiempo: le daba vergüenza. Hasta que dejó de verla como una derrota y empezó a verla como un mensaje para alguien que pudiera estar pasando por lo mismo.

Julio en Ibiza: el cuerpo como espejismo

Después llegó la otra imagen. Cinco meses de control estricto de la alimentación después, Holder bajó a Ibiza y se topó con otra dificultad, la de quedar atrapado en una nueva trampa: la balanza. "Desarrollé culpa al comer, una hamburguesa antes me gustaba y ahora era un conflicto", describió, y la confesión es de esas que incomodan, porque uno la reconoce en conocidos, en primos, en esa vecina que pesa cada trozo de pan como si fuera una decisión moral. El muchacho reconoció, además, que el estado de Ibiza llegó con apoyo químico, lo cual, en sus propias palabras, "no es sostenible en el tiempo". O sea: ni los 125 kilos del encierro ni la definición de la playa eran el cuerpo que a él le gustaría habitar. Eran los dos extremos de un péndulo que seguía golpeándolo.

  • Una foto de mayo de 2025, en su peor momento físico y emocional, con 125 kilos y meses sin entrenar.
  • Una foto de julio, en Ibiza, con una definición que él mismo describió como "no real, ni sana y con soporte químico".
  • Cinco meses de dieta estricta entre una imagen y la otra, con desarrollo de culpa al comer y obsesión por la balanza.
  • Un mensaje final dirigido a quienes atraviesan algo parecido: "Cuiden su salud y sobre todo su salud mental".

En la misma conversación, Holder confirmó que a comienzos de marzo se hizo un implante capilar para corregir las entradas que antes disimulaba con el corte de pelo. Negó retoques en el rostro y le adjudicó los cambios en sus facciones a la dieta y al uso de barba. Lo cuento porque ayuda a entender una idea que él mismo parece estar masticando hace rato: en la era de las fotos pulidas, casi nunca sabemos qué hay debajo de la imagen, ni siquiera cuando el protagonista nos lo confiesa. Y sin embargo, ahí está él, contándolo igual.

Me quedo pensando en la pregunta que titula estas líneas: ¿cómo vivo yo la presión de los cuerpos que se muestran en redes? La vivo, si me apuran, como un espectador del corsódromo que ya no sabe bien cuál es la comparsa que le gusta más, si la que entra con todo el peso del barrio a cuestas o la que parece sacada de un filtro. Holder, con sus dos fotos, hace algo que pocos se animan: rompe la ilusión de que existe un cuerpo ideal al que conviene parecerse. Nos deja, en cambio, con la versión más incómoda y, por eso mismo, más útil: la de un cuerpo real, cambiante, a veces enfermo, a veces sostenido con química, casi nunca neutro.

Mi recomendación, si me permiten la cercanía, es leer esta historia dos veces. La primera para entender lo que cuenta, la segunda para preguntarse cuántas veces uno mismo se quedó mirando una foto en la playa y construyendo un estándar que ni siquiera su protagonista es capaz de sostener. La próxima vez que el algoritmo les ponga en la pantalla un físico demasiado perfecto, recuerden lo que dijo este pibe desde Ibiza con la voz todavía temblorosa: ni eso es real, ni eso es sano. Cuidemos el cuerpo, sí, pero sobre todo cuidemos la cabeza, que es la que después decide qué foto subir.

LP
Ludmila PintosCultura y carnaval

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