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Domingo, 4 de octubre de 2026
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Fito Páez paró el show en Mar del Plata y le cantó las cuarenta a la seguridad

El músico rosarino frenó su recital en el Polideportivo Islas Malvinas al ver que el personal trataba al público con excesiva dureza. Hubo quejas cruzadas, aclaraciones de la producción y una pregunta que sobrevuela a cualquier show con localidades numeradas: ¿quién decide cuándo uno se puede parar a bailar?

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Ludmila PintosCultura y carnaval · · 5 min de lectura
Fito Páez paró el show en Mar del Plata y le cantó las cuarenta a la seguridad

Las luces del Polideportivo Islas Malvinas todavía estaban acomodándose para el arranque cuando la noche, que prometía ser una más de las giras de Fito Páez por la costa atlántica, empezó a torcerse. El rosarino, que ya lleva varias décadas subido a los escenarios y conoce como la palma de su mano los caprichos de los shows masivos, llevaba apenas unos temas al frente de su banda cuando notó algo que no le cerró: un grupo de personas en las primeras filas eran obligadas a permanecer sentadas, mientras el personal de seguridad, con más ímpetu del esperado, les marcaba la cancha como si fueran agentes de tránsito en hora pico. Y Fito, que nunca se calló nada, decidió parar la pelota en seco.

Lo que pasó en el escenario, segundo a segundo

El recital tenía la lógica clásica de los espectáculos con entradas diferenciadas: sectores con precios y ubicaciones asignadas, desde la platea más cercana hasta las gradas del fondo. La idea, claro, es que el que paga más cerca tiene su butaca reservada y el que paga más atrás mira desde lejos. Hasta ahí, todo dentro de lo razonable. El problema empezó cuando la gente de las primeras filas quiso hacer lo que va a hacer cualquiera en un recital de Fito Páez: levantarse a bailar, cantar a los gritos, dejarse llevar por la adrenalina de un hit tras otro. Ahí entró la seguridad, y ahí se armó.

Desde la producción admitieron después que el operativo tenía una consigna clara: impedir que los espectadores abandonaran sus localidades para meterse en sectores más próximos al escenario. La idea, explican, era que todos pudieran bailar y cantar en el lugar que habían comprado. Una teoría razonable, pero que se topó con la práctica. Y acá aparece la frase que se llevó todas las cámaras y los teléfonos en alto: "No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente". Fito, micrófono en mano, se paró frente al público y marcó la cancha.

“No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente.”Fito Páez, durante el recital en el Polideportivo Islas Malvinas

El músico, además, les pidió al público que no se dejaran "avasallar", en un tono que mezcló la indignación con el costado paternal que suele cultivar con sus seguidores. Lo cierto es que la intervención cortó el ritmo del show: hubo que detener la música, calmar al personal de seguridad y reordenar la situación. Después, con el runrún ya instalado, el show siguió. Pero la historia había quedado picando.

La versión de la producción y los mensajes que llegaron después

  • La producción reconoció que algunos efectivos pudieron haber interpretado "mal" la orden inicial y terminaron pidiéndole a la gente que se quedara sentada, algo que nunca estuvo en el libreto.
  • Durante el mismo recital, las indicaciones se corrigieron sobre la marcha para que el control de las localidades numeradas no terminara impidiendo que el público se pusiera de pie.
  • Después del show, a la producción le llovieron mensajes cruzados: algunos asistentes se quejaron por la interrupción y por la reacción del músico; otros, en cambio, reclamaron que se respetaran las ubicaciones compradas y cuestionaron que varios espectadores avanzaran hacia sectores que no les correspondían.

Ya con el show terminado y la adrenalina todavía a flor de piel, Fito Páez volvió al tema desde sus redes sociales y agregó un dato que no es menor: el personal de seguridad cuestionado, aseguró, no había sido contratado por sus representantes, lo que abre un interrogante lógico sobre quién armó el operativo y con qué reglas. El músico, fiel a su estilo, cerró con una de esas frases que se vuelven marca registrada: "Exploté y no me arrepiento de una sola palabra que dije con la adrenalina en sangre".

Lo que me queda dando vueltas, después de masticar la historia, es una pregunta que va mucho más allá de Fito y de Mar del Plata y que seguro se hicieron varios de los que leen: ¿cómo se organiza un recital con asientos numerados para que nadie termine a los empujones y todos puedan bailar? Porque, convengamos, ir a ver a Fito Páez y quedarse sentado en la butaca como si fuera una función de teatro es casi una herejía. Pero también es justo que el que pagó la platea cara no termine con un desconocido pegado a su hombro durante toda la noche. El equilibrio, claro, es tan necesario como difícil de conseguir. Mientras tanto, mi sugerencia de siempre: si van a un show de Fito, vayan preparados para cantar de pie, para emocionarse con cada tema y, si la noche se pone densa con la seguridad, para bancar al Flaco mientras les tira una mirada cómplice desde el escenario. Después de tantos años, uno ya sabe cómo se mueve este tipo en la ruta.

Cómo organizar un recital con localidades numeradas para que todos disfruten

  • Que el personal de seguridad reciba instrucciones escritas y específicas: controlar ubicaciones, sí, pero sin tocar al público ni impedir que se pongan de pie dentro de su sector.
  • Diferenciar con claridad visual los sectores (color de pulsera, cartel, barreras bajas) para que el control se haga sin necesidad de forcejeos ni gritos.
  • Permitir expresamente pararse y bailar en cada localidad: el que compró una butaca paga por el lugar, no por la obligación de quedarse sentado durante tres horas.
  • Capacitar al personal en trato al espectador: la seguridad de un recital no es un control policial, y la diferencia la nota cualquiera que vaya a un show.
  • Disponer canales de reclamo visibles durante el evento para que el público pueda reportar excesos sin tener que esperar al día siguiente.
  • Si alguien avanza a un sector que no le corresponde, retirarlo con diálogo firme, sin contacto físico innecesario ni escenas que terminen interrumpiendo el show.

La noche en Mar del Plata dejó una certeza y un pendiente. La certeza, que Fito Páez sigue siendo de los que no se callan ante lo que considera una injusticia, aunque eso signifique frenar el show en el momento más inesperado. El pendiente, que la industria de los recitales en la Argentina todavía está aprendiendo a congeniar dos derechos que tiran para lados opuestos: el del que paga por estar cerca y el del que paga por bailar parado. Mientras esa conversación se da, los músicos, el público y la seguridad van a seguir chocando en el mismo lugar de siempre: en ese metro y medio alrededor del escenario donde nadie quiere quedarse sentado.

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Ludmila PintosCultura y carnaval

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