El Suar que nunca fue: Toto Kirzner cuenta por qué eligió no llevar el apellido de su padre y cómo nació el que todos conocen
La historia de un cantante lírico que terminó bautizado por la radio, un apodo que se volvió marca registrada y un hijo que prefirió seguir siendo Kirzner, con el peso del documento y la historia familiar en la mochila.

A veces un apellido no se elige: te lo inventan en un estudio de radio, entre la incomodidad de un locutor que traba la lengua y la risa cómplice del cantante que escucha la escena desde el otro lado del vidrio. Así, casi sin querer, nació Leo Suar, el nombre artístico que durante décadas identificó a uno de los productores más potentes de la televisión argentina. Y así, también, se construyó la historia que ahora vuelve a circular porque la contó su propio hijo, Toto Kirzner, en una charla reciente donde repasó la genealogía familiar con una mezcla de orgullo, humor y cierta ternura por los orígenes.
Para entender al Suar que todos conocen hay que retroceder varias décadas y cruzar el Atlántico. El punto de partida es Leibele Schwartz, un cantante lírico de origen judío que desarrolló buena parte de su carrera entre Estados Unidos y Argentina, un tipo con formación académica, voz de tenor y un nombre que, a los oídos de los locutores de radio hispanohablantes, resultaba prácticamente impronunciable. Cada vez que pisaba un estudio, el mismo problema: nadie podía con Leibele Schwartz. La solución que encontraron los conductores fue práctica, casi de emergencia, y terminó siendo la identidad pública de toda una familia.
De Schwartz a Suárez y de Suárez a Suar: la cadena de improvisaciones
"Cuando él iba a la radio le decían Leo Suárez, no les salía Leibele Schwartz ni en pedo. Entonces, era todo Leo Suárez y terminó siendo Leo Suar", recordó Toto sobre la mecánica cotidiana que terminó bautizando a su padre. La frase resume, casi como una postal, lo que fue el arranque del apellido artístico: no hubo bautismo, no hubo decisión estratégica ni una marca pensada en un escritorio. Hubo un micrófono, un locutor con dificultades y un cantante que decidió tomárselo con gracia.
“Le causó gracia y lo tomó. Dijo: 'Bueno, es más sencillo'.”Toto Kirzner, sobre la decisión de su padre
Esa naturalidad fue la que construyó una identidad. Lo que empezó como una adaptación fonética improvisada en las emisoras de los años sesenta y setenta se fue puliendo con el uso, se instaló en los créditos de la televisión, en los afiches del teatro, en los talk shows, hasta convertirse en la marca bajo la cual se produjo buena parte de la ficción argentina de las últimas décadas. Suar dejó de ser un reemplazo improvisado para transformarse en un nombre propio, con su propio peso simbólico y su propio lugar en la historia del espectáculo.
Por qué Toto eligió seguir siendo Kirzner
- Cuando arrancó en televisión y teatro, su padre le sugirió usar Suar como apellido artístico, aunque con dudas: "Mi viejo en un momento me decía: 'Toto Suar nos queda mal'".
- La evaluación del propio Toto fue directa: "No me siento cómodo. Usemos nuestro apellido. ¿Para qué carajo lo tengo, si no?".
- La decisión fue mantener Kirzner, el apellido que figura en su documento, como nombre con el que se presenta en cada proyecto.
El árbol genealóógico: cantantes, actrices y una saga que sigue
Detrás del Suar que terminó siendo productor y conductor hay un cantante lírico con una carrera bastante más seria de lo que la anécdota sugiere. Leibele Schwartz grabó más de treinta discos a lo largo de su trayectoria, se subió a escenarios junto a la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, la Sinfónica de Israel y la Sinfónica Nacional Argentina, y se desempeñó también como actor y jazan, esa figura clave de los oficios religiosos judíos que dirige la lectura de los textos sagrados. Murió el 11 de julio de 1992, a los 59 años. Su esposa, la actriz Lilian Keller, lo sobrevivió casi tres décadas: falleció el 30 de septiembre de 2020, a los 74, como consecuencia de un accidente cerebrovascular. Son los dos extremos del arco familiar que el Suar conocido por todos lleva colgado, a veces sin ser del todo consciente, cada vez que firma un contrato o se sienta frente a una cámara.
Esa cadena de nombres cambiados, apellidos adaptados y decisiones que parecen chiquitas pero terminan definiendo una identidad completa describe, mejor que cualquier manual de marketing, lo que fue la construcción del nombre artístico en la cultura popular argentina durante el siglo pasado. Y deja, además, una pregunta incómoda para los que miramos desde afuera: ¿vos usarías el apellido de tu familia si pudiera abrirte puertas, o preferirías construir tu propio nombre desde cero, como terminó haciendo el padre de Toto sin proponérselo demasiado?
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