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Domingo, 18 de octubre de 2026
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El ovario no se apaga: nuevas pruebas de que sigue trabajando décadas después de la menopausia

Un estudio de universidades estadounidenses cuantificó más de 5.800 proteínas en tejido ovárico de mujeres de entre 50 y 75 años y comprobó que el órgano cambia de función, pero no se detiene. Los hallazgos reabren el debate sobre el envejecimiento, las hormonas y hasta la prevención del cáncer de ovario.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 5 min de lectura
El ovario no se apaga: nuevas pruebas de que sigue trabajando décadas después de la menopausia

Imaginate a Marta, una mujer de 71 años que vive en Lanús, atravesando la menopausia hace ya dos décadas. Siempre escuchó que, después de la última menstruación, sus ovarios se convertían en algo así como una maquinaria en desuso, un reloj al que se le acababa el cuerda. Sin embargo, esta semana la ciencia le devolvió una pregunta que muchos médicos y pacientes daban por saldada: ¿de verdad ese órgano se apaga para siempre? La respuesta, según un estudio publicado en la revista Aging Cell, es mucho más complicada que un sí o un no, y a mí, como alguien que lleva años siguiendo estos temas, me dejó pensando en cuántas cosas dimos por sentadas sobre el cuerpo femenino.

Un mapa detallado de proteínas en ovarios posmenopáusicos

El trabajo fue encarado por equipos de la Universidad Northwestern y del Instituto Buck para la Investigación del Envejecimiento, ambos en Estados Unidos, y se propuso algo tan ambicioso como concreto: mirar de cerca qué hacen los ovarios cuando ya no liberan óvulos. Para eso, los investigadores tomaron 28 muestras de tejido ovárico sin patología maligna, obtenidas de mujeres operadas por indicaciones benignas, y las agruparon en tres franjas: de 50 a 59 años, de 60 a 69 y de 70 en adelante.

Ahí aparece lo que a mí me parece el corazón del paper. Aplicaron una técnica llamada espectrometría de masas, que permite identificar y cuantificar proteínas en un tejido, y llegaron a un número que abruma: 5.812 grupos de proteínas analizados en cada muestra. No estamos hablando de unas pocas moléculas: estamos frente a un retrato minucioso de lo que pasa adentro de un órgano que, según el saber popular, ya no tendría mucho para contar.

  • De 50 a 59 años: se tomaron muestras como referencia del inicio del período posmenopáusico.
  • De 60 a 69 años: se observó un punto intermedio, con proteínas empezando a mostrar cambios.
  • De 70 años o más: fue la franja donde las diferencias se hicieron más marcadas, con 117 proteínas con cambios relevantes respecto del grupo más joven (84 disminuidas y 33 aumentadas).

Qué cambia con los años y qué eso para la salud

Lo que el equipo encontró no es un ovario en punto muerto, sino un ovario que se va transformando con el correr de los años. A mayor edad de las donantes, aumentaron las proteínas asociadas a la inflamación, a la llamada respuesta inmunitaria innata (la primera línea de defensa del cuerpo) y al recambio de la llamada matriz extracelular, esa red de moléculas y fibras que da soporte estructural a los tejidos.

Al mismo tiempo, bajaron las proteínas vinculadas a la arquitectura celular, a los filamentos que sostienen la forma de las células y a las queratinas, proteínas que hacen a la firmeza y estructura del tejido. En criollo: el ovario deja de invertir energía en mantener su andamio interno y empieza a dedicar más recursos a procesos de reparación, señalización y defensas. Es como si el órgano, en lugar de apagarse, cambiara de rubro laboral.

La voz de las investigadoras: fertilidad y función no son sinónimos

Una de las frases más potentes del estudio la dijo Francesca Duncan, profesora asociada de Ciencias Reproductivas en la Facultad de Medicina Feinberg de Northwestern y coautora del trabajo. La científica fue tajante: la pérdida de fertilidad está definida por el agotamiento de los óvulos, pero eso no significa que el órgano quede sin función. Para Duncan, los cambios moleculares continúan a lo largo de las décadas posteriores a la menopausia, y por eso cree que estamos frente a un proceso dinámico, no ante un cierre definitivo.

Qué tiene que ver todo esto con el cáncer de ovario

Hay un costado del estudio que me llamó particularmente la atención y que, creo, vale la pena mirar de cerca. Los autores compararon los perfiles proteicos obtenidos con datos de investigaciones previas sobre cáncer de ovario, y se toparon con un detalle sugestivo: las muestras del grupo de 60 a 69 años presentaron mayor presencia de algunas proteínas que antes habían sido vinculadas a ese tipo de tumor, justo en una franja cercana a la edad mediana de diagnóstico de la enfermedad.

Los propios investigadores aclaran que ninguna de las muestras analizadas tenía signos de cáncer, de modo que estamos lejos de cualquier conclusión alarmista. Pero la coincidencia abre una hipótesis enorme: si el ovario de por sí va modificando sus proteínas con el paso de los años, y algunas de esas proteínas son las mismas que se alteran en los tumores, tal vez parte de la vulnerabilidad al cáncer de ovario en mujeres mayores se explique por cómo envejece el tejido, y no solo por mutaciones acumuladas. Es una puerta que recién se empieza a entreabrir.

Volviendo a Marta: por qué este estudio importa en la vida cotidiana

Pienso otra vez en Marta, en sus 71 años, en su consulta con el ginecólogo, en esa idea instalada de que después de la menopausia no hay nada más para mirar del lado ovárico. Este paper no dice que haya que empezar a tratarse a los 60 como si se tuviera 30, ni propone terapias mágicas. Lo que hace es algo quizá más revolucionario: recordarnos que el cuerpo humano no funciona como un interruptor de encendido y apagado, y que en un órgano tan emblemático del cuerpo femenino siguen ocurriendo procesos que la ciencia recién empieza a nombrar.

A mí, como periodista, lo que más me llevo es una sensación de incomodidad productiva: cuántas veces le dijimos a las mujeres que su biología terminaba con la menopausia, cuándo en realidad el reloj interno nunca se detuvo del todo. Que el ovario siga trabajando, cambiando, transformándose durante décadas no es un detalle de laboratorio: es una invitación a repensar la investigación, los controles médicos y, sobre todo, la conversación cotidiana sobre el envejecimiento femenino.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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