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El avión, las nubes y el vaso de vino: cómo piensa Estol el miedo a volar

El neurólogo argentino recorre los puntos sensibles de un temor que suele empezar mucho antes del despegue y propone cinco claves para mirarlo de cerca, sin anestesia ni copas de más.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 23 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Soy de los que todavía se toman un trago de más cuando el avión atraviesa una zona de nubes negras, así que cuando escuché a Conrado Estol recorrer el mapa del miedo a volar sentí que alguien, por fin, lo pensaba en voz alta. Y lo pienso en voz alta, claro, en el idioma que manejamos todos los que alguna vez apretamos los apoyabrazos en pleno viaje: el del cuerpo que se tensa antes que la cabeza.

El neurólogo empieza por un detalle que muchos pasamos por alto: el miedo a volar rara vez empieza en el aire. Empieza en la fila del check in, en la cola de migraciones, en la sospecha de llegar tarde al aeropuerto. Esa anticipación del embarque, dice Estol, ya carga la mochila con piedras que después ponemos en la cuenta del vuelo. Y a veces se le suma un condimento extra, la claustrofobia, que mezcla encierro, altura y motores en un solo cóctel difícil de digerir.

Mirar el cielo antes de subir al avión

La propuesta que más me llamó la atención es casi un juego de niños. Estol invita a abrir una aplicación de seguimiento de vuelos antes de partir y mirar la cantidad de avioncitos que circulan por el mundo al mismo tiempo. La idea no es trivial: cuando uno ve moverse esa pequeña constelación de puntos verdes, grises y blancos, el viaje propio deja de sentirse como una excepción riesgosa y pasa a ocupar el lugar que le corresponde, el de un trámite cotidiano más. Es, en el fondo, un ejercicio de puesta en contexto, una manera de medir el miedo contra la realidad.

Las turbulencias, con tormenta o sin ella

Sobre el aire movido, Estol separa dos familias que los pasajeros solemos mezclar en un mismo sobresalto. Están las que nacen de una tormenta, que los pilotos pueden identificar con radares y bordear modificando la ruta, y están las llamadas turbulencias en aire claro, que se producen sin nubes a la vista y por eso sorprenden doblemente: el cuerpo se sacude y la ventanilla muestra un cielo impecablemente azul. Saber que eso existe, y que no siempre hay un nubarrón culpable, ayuda a no inventar un relato catástrofe cada vez que la cabina tiembla.

También hay un dato de tiempo que suele deformarse en la cabeza del viajero. Los episodios fuertes, explicó el neurólogo, duran segundos o, en el peor de los casos, unos pocos minutos, aunque la sensación los estire como si fueran horas. Estol propone una comparación bien terrenal: los movimientos que se toleran sin chistar al subir a un tren de larga distancia. No es que la analogía elimine la angustia, pero al menos corre el eje de la conversación: en lugar de cuánto falta para el desastre, cuánto falta para que pase.

  • Mirar el mapa de vuelos antes de embarcar para dimensionar la cantidad de aeronaves en operación.
  • Distinguir entre turbulencias con tormenta y turbulencias en aire claro, estas últimas posibles con cielo despejado.
  • Tener presente que las sacudidas más intensas suelen durar segundos o pocos minutos, aunque la percepción las alargue.
  • Comparar los movimientos del avión con los del tren como referencia de lo que el cuerpo ya tolera.
  • Confiar en que los pilotos cuentan con herramientas meteorológicas para modificar el recorrido y evitar zonas de mal tiempo.

Por qué el alcohol no ayuda

Hasta acá, me contaba, todo el planteo tira para el lado de la lucidez. Pero cuando un pasajero ansioso busca un atajo, suele aparecer el vaso de vino o el whisky doble. Estol lo desaconseja con argumentos que van más allá de lo obvio: el alcohol deshidrata y suele arruinar el sueño, y un pasajero deshidratado y sin descansar es un pasajero mucho más vulnerable a la ansiedad del día siguiente. La pastilla para dormir, en cambio, puede ser una aliada razonable en vuelos nocturnos largos, justamente porque garantiza el descanso que el alcohol prommir y no cumple.

“Conocer las estadísticas de seguridad no impide que aparezca una respuesta emocional ante una experiencia que resulta ajena a la vida en tierra.”Conrado Estol

Vuelvo a mi viaje imaginario y al asiento que todavía no ocupé. Si me apuran, confieso que la parte que más me inquieta de un vuelo es ese momento previo en que uno se imagina lo peor mientras la azafata repite las indicaciones de seguridad. Estol no me sacó esa imagen de la cabeza, pero sí me dejó una herramienta: mirar el cielo antes de subir al avión, dimensionar la cantidad de aviones en el aire y recordar que las turbulencias más aparatosas casi nunca duran lo que la ansiedad imagina. Con eso, y sin trago de más, se llega un poco mejor a destino.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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