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Viernes, 9 de octubre de 2026
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El año que Natalia López pasó entre hielo, juegos infantiles y una caída que todavía recuerda

La periodista y locutora revive en un libro la invernada de 1996 en la Base Esperanza, cuando tenía doce años, convivió con otras familias en el fin del mundo y descubrió, casi sin proponérselo, la vocación que marcaría su vida adulta.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 5 min de lectura
El año que Natalia López pasó entre hielo, juegos infantiles y una caída que todavía recuerda

Me la imagino todavía con los pies colgando de una de esas sillas del casino de la Base Esperanza, escuchando cómo la radio de la base crepitaba mientras afuera el viento pegaba contra las paredes. Así, en presente, me la contó Natalia López, y así me la quedé: como una postal viviente de un lugar al que muy pocos argentinos pudimos asomarnos. Lo que sigue es la historia de una nena de doce años que, en 1996, pasó toda una invernada en el extremo sur del continente blanco junto a sus padres y sus hermanos, y que tres décadas después decidió poner esa experiencia en un libro que se llama Una casa en el fin del mundo.

Una infancia compartida con otras familias

La Base Esperanza es una de las pocas estaciones antárticas argentinas donde viven familias completas, no sólo dotación militar o científica. Cuando la familia de Natalia llegó, en 1996, se encontró con algo que parecía sacado de un pueblo chico y remoto: chicos que iban a una escuela dentro del propio destacamento, adultos que se turnaban para cortar el pelo o arreglar los desperfectos de la cocina, y un casino de uso común, con metegol, mesa de pool y equipos de música, que funcionaba como el centro social ineludible después de cada jornada de trabajo.

Para los más chicos, el casino era el reino de la sobremesa y de las tardes largas del invierno austral. Ahí se escuchaban los discos que cada familia había logrado traer desde el continente, se organizaban torneos improvisados y se planeaban caminatas por los alrededores, siempre con una radio handy prendida para no perder contacto con la base. La naturaleza, claro, no negociaba: cualquier salida pedía estar atentos al estado del hielo, a la dirección del viento y a la distancia a la que se podía ir sin arriesgar nada.

La caída que casi termina en tragedia

Con el correr de los meses, la rutina se fue relajando. Tanto que Natalia y un grupo de chicos salieron a caminar un poco más allá de lo recomendado, confiados en que ya conocían el terreno. En uno de esos tramos, el hielo cedió bajo sus pies y la nena se hundió en el agua de deshielo. Lo que siguió fue un puñado de minutos que ella revive con la nitidez de las cosas que se graban a fuego: quedó agarrada con las manos y los brazos del borde del agujero, sin poder hacer fuerza para salir sola, hasta que su hermana se agachó para tirar de ella y sacarla.

Uno de los adolescentes que las acompañaba corrió a dar aviso a la base. Mientras tanto, el grupo entero caminó unos tres kilómetros de regreso, con Natalia empapada y temblando, hasta que los adultos salieron a su encuentro. La primera asistencia fue de manual: una ducha caliente para que recuperara temperatura y, después, la reprimenda de sus padres, que le hicieron entender que el descuido podía haber terminado mucho peor. A 40 años, la escena sigue intacta en su memoria.

Lo que enseñaba vivir con lo justo

La Antártida, dice Natalia, no te enseña grandes teorías: te enseña a sacarle valor a las cosas pequeñas. A la base se llevaba lo indispensable y, por lo tanto, cada objeto disponible - desde una lapicera hasta una lata de duraznos - tenía un peso distinto al que tenía en Buenos Aires. Esa lógica también se trasladaba al contacto con el afuera: cerca del final de la invernada, cuando fondeó cerca de la base un buque turístico alemán, los chicos hicieron un trueque curioso, cambiaron unas cucharitas con la insignia argentina por manzanas que los pasajeros traían a bordo.

La radio como disparador de una vocación

Hay un detalle que a mí, como periodista, me resulta especialmente entrañable. La madre de Natalia trabajaba como locutora en la filial de Radio Nacional que funcionaba en la misma Base Esperanza, y la chica pasaba horas escuchándola, mirando cómo se manejaba en el aire, cómo modulaba y cómo se reía entre corte y corte. Esa imagen, repetida durante meses, fue lo que terminó marcando el camino: de grande, Natalia estudió periodismo y locución, hizo una tesis documental sobre la Antártida, volvió al continente blanco en cuatro oportunidades y, de algún modo, nunca terminó de irse.

El libro, entonces, no es sólo una crónica familiar: es también la radiografía íntima de cómo un lugar extremo puede empujarte hacia una profesión. Cuando hojeo Una casa en el fin del mundo, me imagino otra vez a esa nena entrando corriendo al casino después de la ducha caliente, todavía con el pelo mojado, mientras su madre levanta la vista desde el micrófono y le hace un gesto con la mano, como diciendo "ya pasó, nena, ya pasó". A veces, las vocaciones se definen en escenas tan chiquitas como ésa.

“¿Qué aprendizaje de la infancia sigue presente en tu vida?”Pregunta final del material de base

A mí, esta historia me deja pensando en una sola cosa: lo concentrado que puede ser un año. En apenas doce meses, en el rincón más austral del país, Natalia López aprendió a convivir con extraños, a temerle al hielo, a sacarse el agua congelada de encima con la ayuda de una hermana, y a descubrir que quería hablar todo el día detrás de un micrófono. No está mal para una chica de doce años. Y no está mal, tampoco, para un país que se da el lujo de tener, en el fin del mundo, una casa llena de familias.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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