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Dos años y medio después de dormir a la intemperie, Ezequiel Banegas cumple el sueño de abrir La Fonda en Neuquén

Llegó desde Azul sin un peso, durmió en la calle y un vecino le prestó una carpa. Pasó por un refugio, se formó como vendedor y cocinó con dos hornallas para sus primeros clientes. Hoy, a los 36, corta la cinta de su propio local en el barrio Mariano Moreno.

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Esteban ZapataSociedad y vida · 8 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Son las nueve de la mañana y Ezequiel Banegas está parado en la puerta de Mitre y Correntoso, en el barrio Mariano Moreno de Neuquén, revisando por última vez la pintura del frente y acomodando unas mesas que todavía huelen a madera nueva. Tiene 36 años y en el pecho le cabe una mezcla de vértigo y orgullo que apenas puede disimular. Hace dos años y medio esa misma persona dormía a la intemperie en la capital neuquina, sin un peso en el bolsillo y con lo puesto. Hoy, a punto de abrir las puertas de La Fonda, su primera rotisería propia, recorre el local como quien entra por primera vez a la casa que siempre quiso tener.

La historia arranca en febrero de 2024, cuando Ezequiel decidió subirse a la ruta en Azul, provincia de Buenos Aires, con un destino tan abierto como incierto. Viajó a dedo durante dos días, comió lo que le ofrecieron en el camino y se bajó en Neuquén sin contactos, sin alojamiento y sin un plan concreto. Las primeras noches las pasó en la calle, tirado en un rincón, tratando de que el frío de la estepa patagónica no se le metiera en los huesos. Para no quedarse sin nada, recurrió a un grupo de Facebook y publicó un pedido casi elemental: necesitaba una carpa para pasar la noche. Un vecino de la zona, Raúl, leyó el mensaje, le contestó y, en cuestión de horas, se acercó hasta donde estaba con una carpa, una almohada y un acolchado. Para Ezequiel, ese gesto fue el primer hilo que lo sostuvo cuando todo lo demás se cortaba.

Del refugio al primer empleo

Esa carpa le dio aire para empezar a ordenar la vida. Poco después encontró lugar en un refugio de la calle Belgrano al 2500, donde no solo le ofrecieron un techo sino un acompañamiento para rearmarse desde lo más básico. "Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante", dice todavía hoy, dos años después, con la calma de quien sabe que sin esa red estaría contando otra historia.

El primer trabajo estable llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística. Después pasó a un corralón en Cipolletti, donde empezó como vendedor y, en pocos meses, terminó convertido en jefe de ventas. Esa etapa le dejó algo más que un sueldo: le dejó la disciplina de tratar con la gente, de escuchar lo que el otro necesita y de organizarse para cumplirlo. Herramientas, dice, que después terminaron apareciendo en la cocina.

Dos hornallas, un horno que no andaba y quinientos clientes

Porque la cocina siempre estuvo en sus planes, incluso cuando no tenía con qué cocinarla. Con solo dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera chica en una pieza prestada, empezó a preparar tortas fritas, chipá y bolas de fraile para vender en el Paseo de la Costa. Lo hacía de noche, después de su jornada laboral, y al principio apenas le alcanzaba para cubrir los costos. Cuando los pedidos empezaron a repetirse, sumó pizzas, empanadas y hamburguesas, siempre un paso adelante del anterior, invirtiendo lo que podía y arriesgando cada peso a que la clientela siguiera respondiendo. En dos años pasó de quince seguidores en Instagram a casi mil y de una bandeja en una esquina a una agenda con alrededor de 500 clientes fijos que le pedían comida cada semana. "Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende", reconoce, todavía un poco incrédulo de su propio movimiento.

La Fonda: el local que Ezequiel ahorró mes a mes

El salto al local propio fue una decisión de sacrificio más que de impulso. Durante un año entero apartó una parte de cada cobro con la idea fija de llegar a juntar lo suficiente para pagar un alquiler y poner el negocio en pie. "Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas", recuerda, y enumera cenas afuera, salidas con amigos y cualquier gasto que no fuera imprescindible. El espacio apareció a metros de su casa, en Mitre y Correntoso, en pleno barrio Mariano Moreno, y lo bautizó La Fonda, un nombre que le sonaba a mesa larga, a comida abundante y a segunda oportunidad.

La Fonda abre sus puertas como punto de partida y no como meta definitiva. Ezequiel lo dice de corrido, sin gestos ampulosos: "Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso". Esa frase resume dos años y medio de calle, de carpa, de refugio, de corralón y de dos hornallas prendidas a las once de la noche para que una tortilla salga a tiempo. Y, sobre todo, resume a un pibe de Azul que aprendió a pedir ayuda sin vergüenza, que recibió una carpa de un desconocido y que convirtió ese gesto en quinientas mesas servidas y, ahora, en un local propio. Lo que más le importa, dice mientras acomoda los últimos cubiertos, es que quien entre a La Fonda se vaya sintiendo que, aunque sea por un rato, está un poco mejor de lo que llegó. Exactamente lo mismo que le pasó a él aquella vez, en una esquina cualquiera de Neuquén, cuando un vecino llamado Raúl le alcanzó una carpa y le cambió la noche.

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