Cuando Sorkin dirige solo: la libertad que le pesa a El precio de la red
La esperada secuela de La red social vuelve a poner bajo la lupa la dualidad del guionista: un escritor de diálogos brillantes que, sin un director que lo contenga, termina perdiendo el pulso cinematográfico.

Imaginate el corsódromo todavía vacío, con las primeras comparsas haciendo pasadas de ensayo y el sol pegando fuerte sobre el asfalto. Eso es, más o menos, lo que se siente al sentarse en la butaca para ver El precio de la red: la promesa de un desfile descomunal que termina siendo un puñado de batucadas sueltas, sin orden ni coreografía. La película llega con el peso enorme de ser continuación de La red social, ese retrato filoso de Mark Zuckerberg que David Fincher convirtió en obra maestra, y arrastra también los ecos de The Newsroom y de un proyecto sobre el 6 de enero que Aaron Sorkin viene acariciando hace años sin poder terminar de cerrar.
Yo la vi con la expectativa de alguien que recuerda haber quedado pegado al sillón con La red social, y la sensación que me quedó al salir es la de una película que se quiere demasiado a sí misma. Porque el problema, coinciden la mayoría de las críticas que consulté, no está en el guión: está en quién lo dirige. Sorkin tiene un prontuario desparejo como realizador. Molly's Game tuvo una recepción benévola, pero lo que vino después dejó en claro que sus mejores textos nacieron cuando otro director los puso en escena y le puso límites.
Los directores que le salvaron los guiones
- David Fincher en La red social, donde la frialdad del realizador contrastaba con la pirotecnia verbal del guionista y la película funcionaba como reloj.
- Danny Boyle en Steve Jobs, que supo traducir las escenas largas en imágenes con urgencia y le dio un cuerpo físico al texto.
- Rob Reiner en Algunos hombres buenos, que contuvo los monólogos y los dejó respirar dentro de una estructura clásica de thriller.
Sin esa tensión externa, El precio de la red muestra lo que pasa cuando el guionista tiene el control total. Hay diálogos larguísimos que parecen existir, sobre todo, porque suenan bien leídos en voz alta. Las escenas de interiores tienen problemas de iluminación notorios, algo llamativo si tenemos en cuenta que el director de fotografía es el mismo que trabajó en La red social. No hay urgencia en el montaje ni imágenes que trasciendan lo funcional: todo queda a merced de la palabra, y cuando la palabra se desborda sin un marco visual que la banque, la película se desinfla.
“Sorkin es, según esa línea, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, en uno de los diálogos más comentados de la película
Esa frase, que ya aparecía en los tráileres y que el personaje de Burr dice en un momento clave, sintetiza la crítica que le hacen al propio Sorkin y, de paso, la autocrítica que parece habitar dentro del filme. Es como si el guionista se mirara en un espejo y reconociera, en broma, el defecto que la prensa viene señalándole desde hace años. A mí, esa línea me generó una mezcla entre la risa nerviosa y la ternura: ver a un autor tan consciente de su propio exceso y, aun así, sin poder (o sin querer) corregirlo.
¿Hay algo rescatable en su control total?
Te lo digo de corazón: coincido, en lo esencial, con la lectura que señala que Sorkin funciona mejor cuando otro dirige sus guiones. Pero también creo que hay algo valioso en su obstinación de controlar todo. Esa pulsión idealista, esa fe casi religiosa en que la palabra bien puesta puede sostener una escena entera sin necesidad de un corte o un primer plano, es lo mismo que vuelve a sus textos tan citables y tan jugosos. El asunto es que el cine no es teatro filmado, y El precio de la red lo paga caro. Recomiendo ir a verla con expectativas moderadas: si te gustó La red social, vas a encontrar aquí el mismo ADN verbal, pero sin la mano firme que lo hacía brillar. Es una película para fans de Sorkin, no para conversos.
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