Cuando la presión sube en silencio: la postal de un país que no termina de medirse
La hipertensión atraviesa a más de un tercio de los adultos argentinos y, en buena parte de los casos, lo hace sin que nadie lo sepa. Una visita a un consultorio de barrio, la rutina de medirse y los hábitos de cada día como punto de partida para una conversación que la Argentina todavía tiene pendiente.

Acompaño a María al centro de salud del barrio, una mañana de esas en las que el viento de la ciudad parece querer tirar todo abajo. Ella tiene 58 años, es auxiliar en una escuela porteña y llegó al consultorio porque su hija insistió, no porque se sintiera mal. Se sienta, se coloca el brazalete y la enfermera espera unos segundos. Cuando el tensiómetro termina su trabajo, el número aparece en la pantalla: 155 sobre 92. La cara de María cambia, como si la cifra le hubiera contado algo que ella no quería escuchar. Esta escena, que se repite en miles de salas de espera del país, ayuda a entender de qué se habla cuando se dice que la hipertensión en la Argentina avanza en silencio.
Porque ese es el punto central: medirse la presión de manera periódica permite detectar una condición que suele pasar inadvertida y que, con el tiempo, puede provocar complicaciones cardiovasculares serias. No se trata de un chequeo molesto ni largo: es un procedimiento sencillo, que no produce dolor y demanda poco tiempo. Su verdadera utilidad está en identificar la presión elevada antes de que aparezcan las señales más temidas, y la ausencia de malestar no alcanza para saber si los valores están bajo control. Para conocerlos, hace falta medirlos.
Las cifras que describen un problema de salud pública
El Registro Nacional de Hipertensión Arterial de la Argentina marca un piso ineludible: el 36,3 por ciento de los adultos mayores de 18 años vive con esta condición. Son cerca de 12 millones de personas, una cifra que se lee con la misma gravedad con que se la piensa. Y hay un dato que preocupa aún más: casi cuatro de cada diez hipertensos argentinos aún no saben que lo son, porque nunca se sentaron frente a un tensiómetro o porque le restaron importancia a una medición aislada.
El cuadro no se completa solo con el diagnóstico. Entre quienes ya reciben tratamiento, apenas alrededor del 44 por ciento mantiene sus valores controlados. Es decir, no alcanza con saber que la presión está alta: hay que sostener un seguimiento que, en la práctica, se topa con consultas suspendidas, medicamentos discontinuados y controles que se postergan. Detectar la hipertensión y conseguir que la presión se mantenga en niveles adecuados son, por eso, dos etapas distintas de un mismo problema.
Una cuestión que también es mundial
La situación excede las fronteras argentinas. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 2025, advierte que 1.400 millones de adultos en el mundo viven con presión elevada y que apenas uno de cada cinco la tiene controlada. La cifra, leída en conjunto con los datos locales, muestra que no se trata de una preocupación doméstica sino de un patrón global con la misma lógica: la hipertensión avanza a la sombra de la rutina y se descubre, muchas veces, cuando el daño ya empezó.
Qué se puede hacer, con la mesa puesta y en la calle
El cuidado cotidiano de la presión no se resuelve solo en el consultorio. Los especialistas coinciden en un conjunto de hábitos que, sumados a los controles médicos, ayudan a mantener los valores dentro de rangos razonables. Los enumero porque me parece la forma más clara de llevarlos a la práctica.
- Reducir la cantidad de sal que se consume a diario, un cambio simple con impacto concreto en los valores de presión.
- Sostener una alimentación equilibrada, con verduras, frutas, legumbres y menor presencia de alimentos ultraprocesados.
- Hacer actividad física de manera regular, adaptada a la edad y a las posibilidades de cada persona.
- Atender el estrés crónico, porque su acumulación también pesa sobre el sistema cardiovascular.
- Cumplir con los tratamientos indicados por el equipo médico y no suspenderlos sin consulta previa.
Con el tiempo, la hipertensión puede deteriorar las arterias y afectar órganos vitales, con consecuencias que van desde infartos hasta accidentes cerebrovasculares. Los controles periódicos permiten reconocer una condición que avanza sin señales claras y forman parte de la prevención de esas complicaciones, que suelen golpear de manera abrupta en familias que no las veían venir.
Antes de irme del centro de salud, acompaño a María hasta la salida. Me cuenta que va a pedir turno con su médica de cabecera, que va a volver el mes que viene y que piensa llamar a su marido para que se mida también. Son decisiones chicas, tomadas en un pasillo, que pueden cambiar el destino de una salud. En un país donde casi cuatro de cada diez hipertensos no lo saben todavía, empezar por sentarse unos minutos frente a un tensiómetro sigue siendo, todavía, una de las decisiones más razonables que se pueden tomar.
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