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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Cuando la cabeza manda señales que no se ven a simple vista y que conviene no dejar pasar

Alteraciones en la percepción, imágenes que nadie más ve, sensaciones corporales inexplicables o creencias que alteran la convivencia pueden tener causas clínicas y, en muchos casos, requieren una evaluación profesional. Cómo distinguir y por qué la consulta a tiempo marca la diferencia.

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Esteban ZapataSociedad y vida · · 5 min de lectura
Cuando la cabeza manda señales que no se ven a simple vista y que conviene no dejar pasar

Lo primero que vi al llegar al consultorio fue a Marta, sentada en la punta de la silla, con las manos cruzadas sobre la falda y esa mirada entre incómoda y aliviada que tienen las personas que finalmente se animaron a contar algo que llevan guardando hace tiempo. Tenía 58 años, había perdido bastante visión en los últimos meses por una degeneración macular y, desde hacía unas semanas, veía figuras que sabía que no estaban ahí. Me lo dijo bajito, casi como pidiendo permiso: "No estoy loca, ¿verdad? Las veo, pero sé que no son reales". Esa frase, que escucho cada vez con más frecuencia en distintos formatos, abre una puerta que muchos patean durante años antes de animarse a cruzar: la de la consulta por algo que la cabeza percibe distinto al resto.

Lo que le pasa a Marta se llama síndrome de Charles Bonnet, una condición que aparece en personas con pérdida importante de visión y que se caracteriza justamente por eso: ver imágenes complejas, a veces personas o animales, que el paciente reconoce como irreales. El dato clave es que no es, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. Forma parte de un universo mucho más amplio de cambios en la percepción que merecen atención profesional y que, si se ordenan, se entienden mejor. De eso se ocupa esta nota: de señalar cuándo vale la pena pedir una evaluación médica, sin reemplazar jamás el criterio de un profesional.

Tres palabras que suelen confundirse y que conviene separar

Antes de seguir, vale una aclaración que parece técnica pero resulta central para cualquiera que esté pensando en consultar. No es lo mismo una distorsión, una alucinación y un delirio, aunque en la conversación cotidiana se usen como sinónimos. Una distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente existe: sentir que una habitación se angosta, que las paredes se alejan o que una parte del cuerpo cambió de tamaño. Una alucinación, en cambio, supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo justifique, como las figuras que ve Marta. Y un delirio es otra cosa distinta: es una creencia fija que la persona sostiene con firmeza aunque haya pruebas en contra, por ejemplo, estar convencido de que un ser querido fue reemplazado por un impostor o de que uno mismo se convirtió en otro ser. Esa diferencia no es un capricho de manual: define por dónde va la búsqueda clínica y qué tipo de atención se requiere.

Señales que justifican pedir una evaluación

  • Ver imágenes que nadie más percibe, sobre todo si se reconoce que no son reales y si aparecen después de una pérdida de visión.
  • Notar cambios persistentes en el tamaño aparente del cuerpo, de los objetos o del entorno, como sentir que una mano creció o que el pasillo se estiró.
  • Sentir organismos caminando sobre la piel o por debajo de ella, sin que haya una infestación comprobada; antes de cualquier diagnóstico psiquiátrico se descartan cuadros dermatológicos, déficits vitamínicos, alteraciones tiroideas, infecciones o consumo de sustancias.
  • Tener creencias firmes sobre la salud propia, sobre la pareja o sobre personas cercanas que generan malestar intenso y deterioran los vínculos, por ejemplo celos delirantes, sensación de haber sido reemplazado o convicción de transformación en otro ser.
  • Presentar sensaciones físicas sin explicación clínica clara que se sostienen en el tiempo o aparecen de manera repentina.

Como me suele decir una colega clínica con la que hablamos seguido de estos temas: la consulta no es para confirmar un diagnóstico, es para construirlo. No hace falta llegar con la respuesta; alcanza con llegar con la pregunta. Y eso vale especialmente cuando lo que se percibe no tiene una explicación visible para el resto.

El síndrome de Alicia y otros cuadros que alteran la percepción del cuerpo

Hay un síndrome que suele aparecer en las notas de color y que, sin embargo, tiene nombre clínico y recorrido en la literatura médica. Se trata del llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que puede modificar la percepción visual, la corporal y hasta la noción del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura especializada encontró que, en adultos, la causa más frecuente asociada era la migraña, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. Eso no significa que cada dolor de cabeza sea una señal de alarma, ni mucho menos; significa que, cuando la percepción del propio cuerpo o del entorno se distorsiona de manera reiterada, hay motivos de peso para pedir un estudio neurológico y cognitivo, y eventualmente una neuroimagen, sobre todo en presentaciones atípicas.

Algo similar ocurre con las creencias que comprometen la idea que uno se hace de sí mismo o de los demás. Convencerse de que se es otro, de que se transformó en un animal, de que no existe o de que un familiar fue sustituido por un impostor no es una excentricidad ni una conducta voluntaria: es una manifestación que requiere atención profesional, con el mismo respeto y la misma seriedad que se le da a cualquier otro síntoma.

Lo que se evalúa en una consulta de este tipo

Lo que se hace en una buena consulta por estos temas no es etiquetar lo que le pasa al paciente, sino armar el rompecabezas. Se relevan los antecedentes, el contexto, los medicamentos, el consumo de sustancias, las enfermedades preexistentes y otras manifestaciones que puedan estar asociadas. Después se decide qué estudios tienen sentido: un examen neurológico, una evaluación cognitiva, un análisis de sangre que descarte déficits vitamínicos o trastornos tiroideos, y, si la presentación es atípica, estudios de neuroimagen. Recién sobre ese mapa se define qué atención necesita cada persona, que es lo único que importa. El tratamiento, como suele subrayarse en la literatura, depende de lo que se haya encontrado.

Cuando volví a pensar en Marta, ya en la redacción, me quedó dando vueltas una idea que me parece la más importante de toda esta nota. Ella vino a la consulta convencida de que algo andaba mal en su cabeza, y se fue entendiendo que lo que le pasaba tenía nombre, que era conocido y que, sobre todo, no la definía. Las señales que manda la percepción no son caprichos ni rarezas: son pedidos de atención. Y atenderlas a tiempo, con un profesional que ordene el mapa, suele cambiarlo todo. Si algo de lo que se cuenta acá se parece a lo que usted o alguien cercano está viviendo, la recomendación es simple: consultar. No para asustarse, sino para entender.

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Esteban ZapataSociedad y vida

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