Cuando la boca habla: lo que un diente perdido puede decir sobre la memoria
Una revisión reciente agrupó 14 estudios sobre adultos mayores y encontró que perder más de una pieza dental se asocia con un riesgo sensiblemente mayor de deterioro cognitivo y demencia. Especialistas de Harvard detallan qué controles suman a la hora de cuidar la salud bucal y, con ella, la calidad de vida.

Conozco a Don Vicente desde hace años, aunque él todavía no lo sabe. Lo veo cada mañana, antes de que el colectivo de la línea que me deja en la redacción haga su primera parada, sentado en el umbral de su casa de la calle Mitre, con el termo del mate en una mano y la dentadura postiza apoyada sobre la mesa plegable que sacó al vereda. Tiene 82 años, fue mecánico dental toda su vida y, según me contó una vecina, perdió los últimos cuatro dientes hace poco más de un año. Desde entonces, dice, prefiere hablar poco, casi no concurre al centro de jubilados y, lo que más le preocupa, nota que le cuesta recordar los nombres de los clientes de su antigua clientela. No es un caso aislado ni un diagnóstico: es la escena que resume, en un único porteño cualquiera, lo que acaba de poner sobre la mesa una revisión de 14 estudios publicada en la revista JAMDA, que agrupa investigaciones sobre adultos mayores en distintas partes del mundo.
Los autores reunieron datos de miles de personas mayores y observaron que quienes habían perdido más de un diente a lo largo de la adultez presentaban cerca de un 50 por ciento más de riesgo de deterioro cognitivo y alrededor de un 28 por ciento más de probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia. Los propios investigadores aclararon que se trata de una asociación estadística y no de una relación de causa y efecto comprobada: que dos fenómenos aparezcan juntos no significa que uno produzca al otro. En el medio hay otros factores que también pesan, como la inflamación crónica, los hábitos de alimentación, el acceso a atención odontológica a lo largo de la vida y enfermedades previas que pueden predisponer tanto a la caída de piezas dentales como al deterioro de la memoria.
Encías inflamadas, un problema que va más allá de la boca
La gingivitis, esa inflamación de las encías que tantas personas naturalizan con un sangrado al cepillarse, aparece en distintos trabajos vinculada con enfermedades cardiovasculares, pulmonares, obstrucciones en vasos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares. Tampoco en estos casos quedó demostrada una causalidad directa, pero la acumulación de estudios llevó a la guía de Harvard Health Publishing a recomendar que los controles odontológicos formen parte del seguimiento médico habitual de los adultos mayores, al mismo nivel que los chequeos de presión arterial o de glucemia.
Cuando la gingivitis no se trata a tiempo, puede avanzar hacia los tejidos que sostienen las piezas dentales y transformarse en periodontitis, una afección que en etapas avanzadas termina provocando justamente eso que Don Vicente sufrió: la pérdida de dientes. Y aquí aparece un costado poco discutido, que tiene que ver con la vida cotidiana y no sólo con la biología. Varios adultos mayores conedentaduras incompletas evitan conversar, sonreír o sumarse a encuentros sociales porque se sienten incómodos con su boca, y ese retraimiento, con el paso de los meses, se convierte en aislamiento, un factor que la propiaOMS reconoce como un riesgo para la salud cognitiva y emocional de las personas mayores.
Otros malestares frecuentes después de los sesenta
- Sensibilidad dental: aparece cuando las encías se retraen y dejan expuesta parte de la raíz, o cuando la persona aprieta o rechina los dientes durante el sueño, algo que se conoce como bruxismo. En ese último caso, una férula nocturna puede reducir la presión sobre las piezas, siempre que sea indicada y ajustada por un profesional.
- Boca seca o xerostomía: ocurre cuando se produce menos saliva y se vuelve difícil masticar, tragar, hablar y hasta percibir los sabores. Es un efecto secundario habitual de varios medicamentos muy usados en la adultez, como algunos para la presión o para la ansiedad, y también aparece asociada a diabetes, accidentes cerebrovasculares, alzhéimer y enfermedades que afectan al sistema inmune.
- Pérdida de piezas: más allá del dolor o de la dificultad para masticar, impacta en la fonética, en la estética y, como vimos, en la vida social. Reemplazar las piezas perdidas, ya sea con implantes, puentes o prótesis removibles, no es sólo una cuestión de imagen: también es una decisión que favorece la alimentación y la integración social.
La guía de Harvard Health Publishing es bastante concreta a la hora de proponer hábitos cotidianos: cepillarse los dientes al menos dos veces por día con una pasta con flúor, usar hilo dental o cepillos interdentales para limpiar los espacios donde el cepillo no llega, mantener una alimentación baja en azúcar y rica en verduras y proteínas, y visitar al odontólogo al menos una vez al año, incluso cuando no haya dolor. A eso, los especialistas consultados por distintos portales agregan dos recomendaciones que parecen de sentido común pero que muchos adultos mayores dejan de lado: hidratarse bien a lo largo del día para favorecer la producción de saliva, y conversar con el médico de cabecera sobre los efectos bucales de los medicamentos que se toman de forma crónica, ya que en muchos casos se puede ajustar la dosis o cambiar la droga para reducir la sequedad bucal.
Antes de despedirme pasé otra vez por la casa de Don Vicente. Estaba por un culo tomando mates con un vecino, con la dentadura puesta, y me dijo, con una media sonrisa, que el martes próximo tiene turno en el centro de salud para empezar a hacerse la prótesis nueva y que ya le prometió a su nieta que va a ir al cumpleaños del club. Le dije que me contara cómo le fue, me dijo que sí, y me fui a la parada del colectivo pensando que, en el fondo, esta nota no habla tanto de dientes como de eso que muchos llamamos calidad de vida y que, cuando se pierde una ciudad adulta mayor, se reconstruye a veces con una consulta puntual a la clínica odontológica, con la asesoría del médico de cabecera y, sobre todo, con el compromiso de no resignar la sonrisa que, como él acaba de recordármelo, sigue siendo una de las formas más serias de decir acá estoy.
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